La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 24 La Visión de la Corona de Hierro
22%

Capítulo 24 La Visión de la Corona de Hierro

Doña Sancha despertó con un grito ahogado que quedó atrapado en los pesados tapices de su alcoba. No era la primera vez que la "visión" la asaltaba, pero esta vez había tenido una nitidez aterradora que todavía le hacía vibrar los párpados.

En su sueño una sala de piedra gris, húmeda, exhalaba el aroma denso de los bosques del Atlántico.

Vio a un hombre alto, de barba recortada y ojos devorados por la ambición, cuya corona de hierro le resultaba dolorosamente familiar.

Frente a él, un guerrero vestido con ropajes oscuros se arrodillaba, pero al levantar la cabeza para hablar, su acento no era el de los hijos del Profeta, sino el latín rudo que se hablaba en las tierras del Condado Portucalense.

—Traedme la Luz que Bernardo ha enviado a mi primo —decía el rey Alfonso Enríquez—. Si León pierde su protección sagrada, Galicia y el Bierzo caerán como fruta madura en mis manos. Que piensen que han sido los sarracenos. Que mueran buscando a un enemigo que ya no está allí.

—¿Señora? ¡Señora Sancha! ¿Se encuentra bien? —Elvira, su dama de confianza, entró corriendo en la estancia, apartando las cortinas de la cama con manos temblorosas.

Sancha se incorporó con el pecho agitado y el sudor frío empapándole la camisa de lino. Miró a Elvira, pero sus ojos seguían fijos en la traición que acababa de presenciar en el plano de los sueños.

—No es el sur, Elvira —susurró Sancha, apretando la mano de su dama con una fuerza inusual—. El enemigo no viene del sur. Viene de nuestra propia casa.

—Habéis tenido otra pesadilla, señora. Es el cansancio del viaje...

—No es una pesadilla, esta vez es una advertencia —Sancha se puso en pie, recuperando la compostura de reina en un segundo—.

Que avisen al señor de Carracedo. Debemos partir antes de que el sol esté alto.

La reliquia no está a salvo en León; hay demasiados ojos en los balcones y demasiadas lenguas en los pasillos.

Mientras tanto, en las caballerizas de San Isidoro, el aire era muy distinto.

Allí reinaba el sonido metálico de las cinchas y el rascado de los cascos sobre el empedrado.

Los tres caballeros del Císter, mudos y eficientes como sombras blancas, custodiaban el pequeño cofre de madera de cedro, protegido ahora dentro de una tosca alforja de cuero.No se separaban de él ni para beber.

El señor de Carracedo ya se encontraba allí, revisando personalmente la herradura de su caballo Cierzo.

Vio a los freires y asintió con un respeto seco.

Sabía que, aunque ellos portaran el cofre, la responsabilidad última de la ruta, de los senderos ocultos y de la seguridad de la infanta recaía sobre sus hombros.

—Hoy dormiremos en el Órbigo —dijo Carracedo con voz solemne, mientras su mirada se adivinaba tensa bajo la sombra de su yelmo—. El camino es largo y las sombras son traicioneras. Esperemos no encontrar sorpresas hasta que crucemos el puente.

La comitiva empezó a formarse: la infanta Sancha en su palafrenera blanca, escoltada por los tres monjes blancos, y el señor de Carracedo abriendo la marcha, con la mano siempre cerca del pomo de su espada de acero.

No viajarían solos. Por mandato expreso del Emperador, el séquito real se había ampliado para asegurar la legalidad y el orden de la futura fundación en el Bierzo.

Don Nuño, un veterano escribano de la cancillería imperial de rostro enjuto y ojos de lince, viajaba a lomos de una mula cargada de pergaminos y tinteros; él sería el encargado de redactar los fueros y registrar las donaciones de tierras cuando Carracetum volviera a la vida.

Junto a él, el monje García, un clérigo leonés conocedor de las lindes y la administración eclesiástica local, servía de enlace entre la corte y el clero berciano.

Cerraba el grupo Elvira, la leal dama de confianza de la Infanta, cuya presencia discreta pero firme garantizaba el decoro y el auxilio de doña Sancha en las duras jornadas que les aguardaban.

Salieron de León por la Puerta del Castillo justo cuando los primeros rayos de sol golpeaban las murallas, enfilando el camino rumbo a su primera parada: el paso del Órbigo.