Capítulo 21 Prada a Tope y Visiones de Cristal
Luis me guió por las callejuelas que rodean la Catedral hasta una tasca que parecía haber sobrevivido a varias guerras y a otros tantos olvidos.
Se llamaba El Tizón. El olor a embutido curado y a madera vieja nos recibió como un abrazo cargado de historia.
A través del ventanal, las vidrieras de la "Pulchra Leonina" brillaban como joyas bajo el sol de mediodía, lanzando destellos de colores sobre el serrín del suelo.
—Dos de Prada a Tope, de maceración carbónica —pidió Luis al camarero con un guiño de viejo conocido—. Y ponnos algo que nos dé fuerzas, que hoy el día va a ser largo.
El camarero nos sirvió dos copas de ese tinto del Bierzo, con su color violeta intenso y ese aroma a fruta fresca que llenó el espacio entre nosotros. Junto al vino, aterrizaron dos rebanadas generosas de pan de hogaza con unas rodajas de chorizo de León que sudaban pimentón.
Luis dio un sorbo largo y me miró con esa chispa de siempre. Estaba entusiasmado, como si estuviéramos a punto de abrir un regalo de cumpleaños en lugar de asaltar un archivo histórico. Su sonrisa habitual hacía que todo, incluso mis miedos más profundos, pareciera una aventura divertida.
—¡Vas a flipar, Luis! —le solté, incapaz de aguantar más—. No te imaginas lo que he visto en el autobús. Ha sido... real.
Luis dejó la copa en la mesa y se inclinó hacia delante, con los ojos brillándole de curiosidad.
—¡Cuenta, cuenta! —exclamó con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Estoy deseando saberlo, qué emocionante! Sabía que este viaje iba a traer cola, pero no pensaba que empezaría antes de bajar del bus. Dale, reinita, suéltalo todo.
Le conté la visión: la llanura infinita, el sol que pesaba como el plomo, el caballero caminando frente a mí guiando el palafrén de la mujer de la capa blanca.
Le hablé de cómo él se detuvo para mirarme, de esa complicidad silenciosa entre ellos que los hacía parecer dos islas en medio de un océano de secretos.
Luis escuchaba con los ojos muy abiertos, asintiendo a cada palabra, disfrutando de la historia como si fuera el mejor guión de cine.
—¡Es increíble! —dijo, dando un mordisco al chorizo picante—. Esa conexión... es como si te estuvieran abriendo paso desde el otro lado.
—Pero Luis, ¿qué buscamos exactamente? —pregunté, bajando la voz—. El chico de la biblioteca me habló de un pergamino, pero no sé nada más.
Luis se puso un dedo en los labios, manteniendo ese aire vivaracho.
—Mira, hace unos años salió una noticia.
Decían que al abrir el sepulcro de Doña Sancha, aquí en San Isidoro, encontraron un pergamino escondido justo debajo de su cabeza.
Estaba en un cilindro de madera. No se le dio mucho bombo fuera de los círculos de historiadores, pero yo me quedé con el detalle.
Si esa mujer decidió llevarse ese papel a la tumba, literalmente como almohada, es porque ahí hay algo que no querían que cayera en manos de cualquiera.
Se terminó el vino con un gesto elegante y me guiñó un ojo.
—Ese pergamino tiene que arrojar luz sobre este lío, Lucía.
Si tu caballero te está guiando hasta aquí, es porque la respuesta está en ese documento.
Mis fuentes me han informado de que para un certamen lo han traído a la sala de restauración del archivo capitular de la Catedral.
El archivero que tiene el turno de hoy ya debe estar terminando su café en el rincón de siempre.
¿Qué me dices? ¿Vamos a ver si podemos acceder a la sala?
—Pues… no sé qué decirte, me parece arriesgado, ¿no? — Le dije titubeando.
Luis hizo un gesto pausado, como si el tiempo se detuviera entre el ruido de los platos de la tasca.
Se metió la mano en el bolsillo de su chaqueta de cuero y, con la destreza de un prestidigitador, sacó un mazo de cartas envuelto en una tela de seda oscura.
Eran los Arcanos Mayores del Tarot de Waite-Smith.
—Tenemos dos opciones, reinita —dijo mientras empezaba a barajar con una agilidad hipnótica—.
O nos colamos mientras el archivero está almorzando, aprovechando que las sombras de la Catedral son traicioneras, o nos ganamos su confianza y dejamos que nos abra la puerta de buen rollo.
¿Qué dice el destino? ¡Vamos a preguntar a las cartas!
Puso el mazo sobre la barra de madera, justo al lado de los restos del chorizo y las copas medio llenas de Prada a Tope. Con un movimiento elegante, extendió las cartas en abanico.
—Saca tres, Lucía. Pero hazlo sin pensar. Deja que sea la sangre de los Carracedo la que elija el camino.
Alargué la mano, sintiendo un cosquilleo en las yemas de los dedos.
Mis compañeras de facultad estarían ahora mismo analizando eslóganes publicitarios, pero yo estaba en una tasca de León, decidiendo cómo asaltar la historia a través de tres trozos de cartón ilustrado.
Saqué la primera. La segunda. La tercera.
Luis las giró una a una sobre la barra, y su expresión se iluminó con una mezcla de sorpresa y deleite.