La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 22 El Salto del Loco
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Capítulo 22 El Salto del Loco

Mis dedos rozaron el cartón de las tres cartas. Al darles la vuelta sobre la madera de la barra, el tiempo pareció detenerse entre el ruido de los vasos y las risas de fondo del bar. Luis se inclinó, con los ojos brillando como los de un niño que acaba de descubrir un mapa del tesoro.

—Vaya, vaya... —susurró Luis, ensanchando su sonrisa vivaracha—. Mira qué tenemos aquí, reinita.

Las tres figuras reposaban junto a mi copa vacía de Prada a Tope:

El Loco: Un joven al borde de un precipicio, mirando al cielo, a punto de dar un paso hacia lo desconocido con un hatillo al hombro.

La Luna: Un perro y un lobo aullando bajo una luna inmensa, un cangrejo saliendo del agua y un sendero que se pierde en la penumbra.

La Torre: Una construcción alcanzada por un rayo, coronas cayendo y gente saltando al vacío entre llamas.

—¿Qué significa eso? —pregunté, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de León—. Parece... peligroso.

—Peligroso no, Lucía. ¡Es emocionante! —exclamó Luis, dando un toque juguetón a la barra—.

El Loco eres tú hoy. Has venido a León a dar un salto al vacío, sin red.

La Luna nos dice que el pergamino no se va a dejar ver a la luz del sol; la verdad está en la sombra, en lo nocturno, en lo que no se dice.

Y La Torre... ah, esa es la clave. La Torre es la ruptura con lo establecido.

Las cartas nos dicen que no podemos entrar por la puerta principal pidiendo permiso con una instancia oficial. Hay que romper la estructura.

Luis se terminó el último rastro de vino y se acercó más a mí bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador.

—El archivero es un hombre de costumbres, Lucía.

Todas las tardes, después de cerrar el despacho, el hombre se retira a descansar y deja las dependencias bajo candado, confiando en que nadie osará profanar la sillería.

Si las cartas nos piden ser "El Loco", vamos a serlo.

No vamos a esperar a que el papeleo nos dé permiso para investigar tu propia sangre.

Esta noche, cuando la Luna esté alta y la ciudad duerma, vamos a entrar a por lo que es tuyo por derecho.

—¿Entrar? ¿A la Catedral? ¿Sin permiso? —me sentí mareada solo de pensarlo. Estaba a punto de pasar de estudiante de Publicidad a profanadora de archivos.

—Tengo un par de trucos de... bueno, de mis tiempos —dijo Luis con un aire misterioso pero divertido—. Digamos que conozco a alguien que me ha prestado una "llave maestra" que solo funciona si se usa con fe. ¡Ay mare, mare!

Luis recogió las cartas con un movimiento rápido y las envolvió de nuevo en su seda oscura.

—Aprovecha la tarde en el festival de publicidad, pon cara de alumna aplicada y no digas ni una palabra a tus compañeras. A las diez de la noche, te quiero en la puerta del Archivo, la que da a la calle de los Cubos. Lleva ropa oscura y, sobre todo, trae esa intuición que te ha guiado hasta aquí.

Me quedé mirando la mancha púrpura que el vino había dejado en el fondo de mi copa. La aventura clandestina acababa de ser sellada por el Tarot. Un "Salto del Loco" hacia el corazón de un gran misterio.