Capítulo 20 El Espejo de la Carretera
El motor del autobús de la universidad roncaba de forma monótona mientras dejábamos atrás la silueta del Acueducto.
El ambiente dentro era eléctrico; mis compañeras de Publicidad no paraban de hablar y reír, repasando los nombres de los creativos que veríamos en el certamen.
Eran jóvenes, libres, con la mente puesta en las conferencias y en las noches de fiesta que prometía el festival en León.
Yo me sentía a años luz de todas ellas. Iba sentada junto a la ventanilla, con el libro de mi abuelo apretado bajo la carpeta de apuntes.
Miraba el paisaje pasar y, recordando el consejo de Luis en la taberna —no luches, deja que fluya—, cerré los ojos y me permití, por primera vez, no ofrecer resistencia a la pesadez de mis párpados.
El zumbido llegó rápido, pero esta vez no traía miedo. Me dejé caer en ese espacio grisáceo donde el tiempo parece detenerse. Y allí estaba él. De nuevo.
No era una visión borrosa. Lo vi frente a mí con una nitidez que me asustaba.
Estábamos en mitad de una llanura inmensa, bajo un sol que castigaba la tierra.
El caballero caminaba a pocos metros de mí, guiando por la brida a un palafrén blanco sobre la que cabalgaba una mujer de porte real.
No sabía en qué siglo estaba, pero sentía que los conocía de toda la vida.
Él se detuvo un segundo y me miró. Sus ojos claros color miel se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo vibrar el pecho.
No dijo nada, pero en su gesto había una lealtad absoluta hacia la mujer que escoltaba.
Se comunicaban sin hablar, con una complicidad que los aislaba del resto del mundo.
Parecían dos islas en medio de un mar de intrigas, unidos por un pacto que iba mucho más allá de las palabras.
—¡Lucía! ¡Despierta, que ya estamos llegando! —una compañera de clase me sacudió el hombro.
Abrí los ojos de golpe. León aparecía ante nosotros, majestuosa y antigua, recortándose contra el cielo del norte.
Mis manos temblaban un poco mientras guardaba el libro en la mochila.
Esa sensación de complicidad y confianza mutua que había visto en ellos era exactamente la misma afinidad que yo sentía con Luis.
Siempre lo vi como un tío, aunque fuera el amigo de mi tío Tito; en este tiempo de naufragio familiar, era el único adulto con el que podía contar.
Alguien que, mágicamente, aparecía siempre en el momento exacto.
Bajamos del autobús y el bullicio de la ciudad nos envolvió. El festival de publicidad lo llenaba todo, pero yo solo podía mirar hacia las torres de la Catedral.
—Tengo que ir a un sitio —le dije a mis compañeras mientras nos acercábamos al centro—. Es un asunto de mi abuelo. Luego os veo en el auditorio.
Me alejé caminando rápido por la Calle Ancha.
El corazón me latía con fuerza, preguntándome si sería capaz de encontrar aquel pergamino sola.
Pero al girar una esquina, me quedé clavada en el sitio.
Allí, apoyado en una farola, con su eterna chaqueta de cuero y esa media sonrisa enigmática, estaba él.
—¿Luis? —exclamé, sin podérmelo creer—. ¿Qué haces aquí?
Se despegó de la farola y se acercó, quitándose las gafas de sol. Su sola presencia me hizo sentir que, por fin, tenía un escudo en esta ciudad desconocida.
— Tras nuestro encuentro en la taberna del Duque contándome que venías al festival, no quise perdérmelo, reinita.
Quería darte una sorpresa —dijo con esa calma suya que siempre parecía ocultar algo más—.
Además, León es una ciudad demasiado vieja para recorrerla sola si no sabes qué piedras pisar.
El archivero capitular de la Catedral está a punto de salir a comer, y digamos que tengo una llave que abre más que solo puertas. ¿Vamos?.