Capítulo 13 House y Carajillos Matutinos
El sábado en el Black Rose fue, milagrosamente, solo una noche más de trabajo. Ni rastro de Luis, ni de mi tío Tito. Serví copas mecánicamente mientras mi mente repasaba el rostro del hombre del sueño, pero el estruendo del pub terminó por adormecer el misterio.
A las cuatro, cuando cerré el turno, me encontré con mi hermana Caty. Había venido de Madrid y me esperaba con esa sonrisa que siempre me recordaba que, pasara lo que pasara, seguíamos siendo un equipo frente al naufragio familiar.
—Vámonos al Paco Suárez —me dijo, enganchando su brazo al mío.
Paco Suárez era nuestro refugio clandestino en el Cuadro.
Un lugar bajo tierra, donde todo lo que era importante instantáneamente dejaba de serlo.
Nos pasamos horas bailando House en la pista rodeadas de amigos, conocidos y desconocidos.
Parecíamos una tribu en medio del bosque vibrando al mismo son entretejidos por un hilo invisible de ondas sonoras.
Me sentí por unas horas, una chica de veinte años disfrutando y sin ninguna preocupación.
Salimos a la calle a las diez de la mañana.
El sol de domingo en Valladolid nos recibió con esa luz dorada e intensa que no perdona.
Teníamos un hambre voraz, de esas que solo se sienten tras una noche de baile y una vida de incertidumbres.
Llegamos al bar de la calle Imperial junto a nuestra casa; el ambiente era el polo opuesto al after: puros señores octogenarios con sus boinas, tomando el carajillo de la mañana con su chupito de anís del Mono.
—Pide todo lo que veas, Lu, como siempre —me soltó mi hermana mientras se desplomaba en una mesa al fondo sin perder su sonrisa.
Me acerqué a la barra. Tras el cristal de la vitrina vi un desfile infinito de manjares: tortillas, torreznos, croquetas, canapés de todos los colores. Mi cuerpo, que llevaba días en modo supervivencia, reclamó su deuda.
—Póngame uno de cada. De todo lo que hay en la vitrina —le dije al camarero. —¿Cómo dices, hija? —un señor que apuraba su carajillo a mi lado me miró con los ojos como platos—. ¿Te vas a comer todo eso tú sola?
Se hizo el silencio en el bar. Los vejetes me miraban como si fuera una aparición.
—No, yo sola no —dije señalando a mi hermana—. Ella también ayuda.
Las carcajadas de los señores rompieron el aire.
Entre risas, el camarero empezó a llenar platos.
Nos lo comimos absolutamente todo. Cada bocado era un anclaje a la tierra, una forma de decir que, a pesar de todo, seguíamos vivas.
Después de aquel banquete épico, regresamos a casa y nos desplomamos en las camas.
Dormí como si me hubieran anestesiado. Sin parálisis, sin visiones. Solo oscuridad y descanso.
Pero el descanso terminó a las cinco de la tarde. Me desperté con el cuerpo pesado, pero con la conciencia clara de que el domingo no terminaba ahí. Me calcé las zapatillas, me puse el chándal y salí hacia el Nuevo Estadio José Zorrilla. Me tocaba el turno de la barra durante el partido del Pucela.
Llegué al estadio con el cuerpo todavía perezoso, pero el frío del páramo se encargó de espabilarme.
Valladolid es fría, pero el estadio es otro mundo; no por nada lo llaman "el de la pulmonía".
El viento del norte se ensaña con cualquiera que se atreva a quedarse quieto, y yo no pensaba quedarme quieta.
—¡Venga, Carracedo! ¡Que hoy el estadio ruge! Este partido dará que hablar ya verás, los hinchas del Madrid vendrán en bandada durante el descanso—me gritó mi compañero mientras empezábamos a colocar las cajas.
Había una norma que era nuestra auténtica pesadilla: ninguna botella podía entregarse con tapón.
Durante los quince minutos del descanso, miles de personas se apelotonaban frente a la barra, gritando a la vez.
En esos momentos, mis manos dejaban de ser mías.
Abría cientos de botellas de Coca-Cola de plástico, una tras otra, a una velocidad suicida.
El roce constante de los tapones dentados contra la piel de mis dedos me hacía heridas; a veces sentía el escozor de la sangre mezclándose con el azúcar pegajoso del refresco, pero no podía parar.
Si te parabas, la avalancha te comía, literalmente.
Para no congelarme durante el partido, cuando el murmullo de la grada era solo un eco lejano, recurría a los sprints de veinte metros detrás del mostrador.
Corríamos de un lado a otro solo para que la sangre circulara.
Bajo la barra, protegida por un par de cajas vacías, estaba mi mochila preparada con los apuntes de Marketing, el diario del abuelo y la ropa limpia.
Tenía que salir de allí como una bala en cuanto el árbitro pitara el final para no perder el último autobús de Linecar a Segovia.
Cuando el estadio empezó a vaciarse y el frío se volvió aún más cortante, me quedé un segundo mirando el césped iluminado por los focos. Mis manos me escocían y mi ropa olía a coca cola y café, pero al tocar el libro de mi abuelo dentro de la mochila, sentí una calidez extraña.
Corrí hacia la estación, llegué al bus con el corazón en la boca y me desplomé en el asiento mientras el vehículo enfilaba la carretera. Al ver las luces de Valladolid alejarse a través del cristal empañado, susurré de nuevo el nombre:
—Carracedo.
Esta vez no lo dije por miedo. Lo dije porque empezaba a entender que ser una Carracedo significaba, sobre todo, no rendirse jamás.