Capítulo 14 La Cruz en el Cristal
La Estación de Autobuses de Valladolid siempre me había parecido un lugar que emanaba la tristeza del ladrillo y el hormigón.
Caminé por el pasillo enorme, sintiendo el eco de mis propias zapatillas contra el suelo pulido.
A esa hora, el aire olía a una mezcla extraña: el aroma de los chorizos y jamones de la charcutería de la entrada que aún estando cerrada, asomaba por los huecos de la puerta de metal y el olor metálico y contaminante del motor de los autobuses que llegaban al andén.
Aquel olor a gasoil me revolvía las entrañas.
Me senté en uno de los bancos de madera a esperar el bus, observando a la gente que pasaba para distraerme.
Y ahí llegó. Lo supe por el cartel pegado con ventosas en la ventana junto al conductor que ponía en grande: SEGOVIA.
Me incorporé, me puse la bolsa al hombro y subí por las estrechas escaleras al interior del gigante con ruedas.
Me desplomé en el primer asiento libre con ventanilla que encontré, y puse mi bolsa en el asiento de al lado para evitar que alguien se sentara. Necesitaba mi espacio y lo último que me apetecía era que un desconocido se pusiera a contarme su vida. Ya tuve bastante vida social el fin de semana.
Me acomodé en el asiento aunque sentí ese tacto punzante.
Odiaba esa tapicería de terciopelo desgastado que parecía absorber décadas de sudor y humo; era una esponja áspera que, si llevabas pantalón corto, te pinchaba la piel con una textura hostil.
Mientras el vehículo arrancaba y el traqueteo se convertía en un zumbido constante, miré por la ventana.
Pasamos cerca de la plaza de Santa Cruz y un nudo se me formó en la garganta al ver las siluetas de los edificios de Las Carmelitas y el San José.
Allí estaban mis antiguos compañeros, los amigos que había ido perdiendo por culpa de este trajín de dos autobuses por semana, de trabajar cuando ellos salían de fiesta y de estudiar cuando ellos aún dormían.
Mi vida se había convertido en un exilio voluntario entre dos ciudades.
“¿Por qué no habré elegido Derecho o Empresariales como muchos de mis compañeros de BUP?”, pensé.
Apoyé la frente en el cristal frío que vibraba con la fuerza del motor. Mis dedos, con los cortes vivos de los tapones de Coca-Cola, me escocían al contacto con la mochila, pero el cansancio físico era tan abrumador que me dejé resbalar hacia ese estado de duermevela que tanto respeto me daba.
Y esta vez no luché.
Siguiendo el consejo de Luis, dejé que el cuerpo se volviera de plomo.
Cerré los ojos y busqué intencionadamente la imagen de aquel hombre.
Apareció de inmediato, como si estuviera esperando al otro lado de un telón de humo.
En esa penumbra grisácea, los detalles empezaron a revelarse con una nitidez hiriente.
El caballero ya no vestía con ropa de cuero oscuro; se dirigía hacia mí a caballo sosteniendo en alto una enorme espada plateada, llevaba una túnica de una blancura casi irreal, pura, que destacaba en mitad de la neblina.
Y sobre su pecho, ocupando todo el torso, brillaba una cruz carmesí de brazos iguales y extremos anchos.
Y de fondo más jinetes con las mismas vestiduras iban tras él.
Yo me quedé parada, observando cómo se acercaban más y más.
Cuando parecía que iba a chocar conmigo apreté los párpados de mis ojos para evitar ver y “pum” mis ojos abiertos mostrando la hilera de asientos que tenía frente a mi.
Un escalofrío me recorrió la columna, y no fue precisamente por las corrientes de aire que entraban por las ventanas abiertas del autobús.
Con el corazón martillando contra el terciopelo del asiento, y busqué a tientas dentro de mi mochila hasta que mis dedos tocaron el cuero viejo del libro de mi abuelo.
Encendí la pequeña luz de lectura sobre mi asiento y, bajo su foco mortecino, pasé la mano por la portada. Mis dedos recorrieron el relieve que tantas veces había acariciado: la cruz templaria.
En el relieve de la portada las líneas de la cruz patada se intercalaban con un entramado de curvas entretejidas creando una especie de laberinto hermosamente simétrico.
—Es la misma... —susurré, y mi aliento empañó el cristal, ocultando por un segundo las luces de la nacional.
La conexión me golpeó con la fuerza de un rayo.
El caballero de mis visiones, el hombre que parecía custodiar mis parálisis, llevaba la misma marca que el libro que mi abuelo me regaló a los nueve años en la calle Panaderos.
No era una coincidencia, ni un efecto secundario del cansancio.
El libro no era solo un diario que me ayudaba a sentirme cerca de la familia que perdí; era la búsqueda que mi abuelo hizo para ayudarme a encontrar las respuestas que necesitaba.
De repente, el miedo que me había acompañado durante meses se transformó en una curiosidad eléctrica, casi febril. Necesitaba saber quiénes eran esos hombres de blanco, por qué mi apellido estaba ligado a esa cruz roja y qué secreto guardaba el abuelo que solo Luis y su diario parecían conocer.
"Mañana", me prometí mientras el autobús enfilaba finalmente las luces amarillas que iluminaban los arcos del Acueducto. "Mañana, en cuanto termine la clase con el Rolex, me voy directa a la biblioteca".
Algo me decía que, al entender el origen de aquel señor medieval, mis noches dejarían de ser una maldición para convertirse en un descubrimiento.
Capítulo 15: El Silencio de los Libros
Segovia. Facultad de Publicidad. Lunes de primavera 1998
Logré sobrevivir a la clase de Marketing.
El profesor del Rolex seguía lanzando destellos dorados con cada movimiento de su muñeca, pero esta vez yo tenía un escudo: la imagen de la cruz carmesí grabada en mi mente.
En cuanto terminó la clase, mis compañeras de piso aparecieron por la puerta del aula con la energía de siempre, ajenas a la guerra que yo libraba por dentro.
—¡Venga, Lucía! —me dijo Martina mientras se retocaba el pelo—. Vamos de cortos a la zona de la Plaza. Dicen que en el bar de la esquina hoy ponen doble de tortilla gratis con la consumición.
Sentí un rugido en el estómago. Ir de cortos era nuestra religión de supervivencia en Segovia.
Por el precio de una cerveza pequeña, te daban una tapa que a veces servía de almuerzo completo.
Desde que mi padre desapareció y el grifo económico se cerró de golpe, mi vida se había convertido en una pieza de ingeniería financiera: mi sueldo del Black Rose y las palizas en el estadio apenas cubrían el alquiler y los libros.
Los cortos con tapa eran la salvación, aparte de las lonchas de queso y los helados que teníamos en la nevera para cuando el hambre apretaba a deshoras.
—Id yendo vosotras —les dije, tratando de sonar convincente mientras guardaba mis bolis de colores—. Tengo que devolver un libro y buscar unos apuntes de estadística. Os alcanzo luego.
Me miraron como si fuera una alienígena —perderse una tapa de tortilla gratis era un pecado capital—, pero se encogieron de hombros y se marcharon hablando de la fiesta del jueves.
En cuanto las perdí de vista, el ruido de sus risas se desvaneció y me colé en la biblioteca.
El edificio conservaba una estructura moderna de techos altos y metal, pero dentro el silencio era absoluto, denso.
Me dirigí hacia la bibliotecaria y le pregunté si podría indicarme algún libro que hablara de “Carracedo”.
Era el único punto de partida que se me ocurrió.
Pensé que me iba a mirar con cara de extrañeza; no era un término que mucha gente preguntara en Ciencias de la Información, pero sorprendentemente me respondió con naturalidad:
—Supongo que te referirás al Monasterio. El que está en León.
—Sí... —dije, intentando ocultar mi completa ignorancia. ¿Un monasterio? ¿Un lugar físico que se puede visitar?
Me condujo por las estanterías de la sección de Historia Medieval. Mis ojos recorrieron los lomos de los libros hasta que uno me detuvo el corazón: tenía la cruz roja templaria impresa y se titulaba: Las fundaciones monásticas de la Infanta Sancha en el Reino de León.
—¿Y este? —salté a viva voz, olvidando por completo dónde estaba. —Shhhhh… este está bien —me susurró la mujer—. Puede que aquí encuentres algo de información sobre el monasterio y el pueblo.
“¿El pueblo? ¿Es que también existe un pueblo?”.
Mi mente estaba en shock. Asentí con gratitud y me llevé el volumen a una mesa al fondo, donde la claridad de las claraboyas apenas llegaba.
Era un libro denso, lleno de facsímiles sobre cómo doña Sancha había participado en las reconstrucciones del Bierzo en el siglo XII.
Pasé las páginas con el corazón latiendo con fuerza hasta que el nombre saltó del papel: Carracedo.
“...fue deseo expreso de la Infanta que el monasterio de Carracedo fuera entregado a una nueva orden de monjes venidos de Borgoña. Para asegurar la paz en la zona, contó con la lealtad de un caballero de su círculo más íntimo, quien fue el primero en custodiar un secreto traído de Cíteaux por orden de Bernardo de Claraval. Los cronistas lo llamaron el Vigilante...”
Se me cortó la respiración. Hablaba de un "secreto" y de un "Vigilante". Ya no necesitaba más pruebas: ese caballero era el hombre de mi sueño. El hombre que me había mirado con un reconocimiento ancestral cuando pronuncié mi apellido en el vacío de mi habitación.
—¿Buscando algo sobre el Bierzo? —una voz suave me hizo dar un salto.
Era un chico un poco mayor, con gafas de montura metálica y una carpeta de arquitectura.
—Solo... curiosidad familiar —logré decir, cerrando el libro de golpe.