La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 12 El Eco de la Sala de Música
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Capítulo 12 El Eco de la Sala de Música

Salí de la habitación de mis padres con la boca pastosa y la mente en otra parte.

Busqué mi Alcatel amarillo en el bolso; era uno de esos primeros móviles que parecían un juguete, pero en ese momento representaba mi única conexión con la cordura.

Marqué el número de casa de Luis. Nada. Volví a marcar, esta vez al fijo de casa de mi tío Tito.

Seguramente se habrían quedado allí. Mi tío Tito permanecía viviendo en la casa familiar del abuelo, en la calle Panaderos, y Luis solía terminar las noches en el sofá de la sala de música.

Aquella habitación era legendaria en la familia; mi abuelo la había insonorizado a conciencia para que nadie le molestara mientras escuchaba sus discos de vinilo.

Recordé los domingos de mi infancia, cuando nos ponía música clásica a todo volumen a mis primos, a mi hermana y a mí.

Las paredes, sordas al exterior, contenían aquel torrente de sonido como si fuera un tesoro, dejándonos a nosotros en el centro de un océano de notas.

Nadie contestó. El pitido monótono del teléfono al otro lado me confirmó que o seguían durmiendo el exceso de la noche anterior, o que el estruendo de sus propios sueños era más fuerte que el timbre.

Colgué frustrada. Me moría de hambre, pero sobre todo, me moría por entender qué acababa de pasar bajo la luz naranja de las farolas.

Fui a la cocina y, viendo el desastre de platos sucios que mi hermano había dejado, no pude evitar sentir una mezcla de rabia y tristeza.

El hogar se nos deshacía entre las manos.

En lugar de fregar, cogí las llaves y salí a la calle.

Necesitaba aire, luz de verdad y un café que me devolviera a la realidad física de Valladolid.

Caminé por las calles sintiendo que el suelo no era del todo firme, como si todavía guardara un resto de la ingravidez del viaje.

Me imaginé a Luis durmiendo en aquel sofá de la sala de música, rodeado de los libros de mi abuelo, quizá soñando con las mismas montañas nevadas que yo había visitado.

¿Por qué él sabía tanto? ¿Por qué mi abuelo le confiaba sus secretos a él más que a sus propios hijos?

Entré en una cafetería cercana a la Plaza Mayor.

El olor a churros recién hechos y el vapor de la cafetera me dieron el primer gramo de normalidad del día.

Me senté en una mesa al fondo y saqué mi libreta de la mochila.

Necesitaba dibujar o escribir lo que había visto antes de que mi cerebro, en su afán por protegerme, lo borrara como si fuera un simple sueño de borrachera.

Dibujé la mirada de aquel hombre. Era una mirada lejana y cercana al mismo tiempo que parecía decir: "Te estaba esperando". De ojos claros, cansados, pero con un brillo que me resultaba más familiar que mi propio reflejo.

—Carracedo —susurré de nuevo, probando el sabor de la palabra ahora que estaba despierta y rodeada del murmullo de los clientes.

Ya no me asustaba. Pero sabía que aquel sábado no sería como los demás.

Por la noche me tocaba el segundo turno en el Black Rose, y el domingo los sprints en la barra del estadio de fútbol.

Había un partidazo, el Real Valladolid jugaba contra el Real Madrid así que me podía imaginar cómo estaría el estadio: a reventar.

Tenía que ver a Luis antes de tomar el bus para Segovia tras el partido. Tenía que acorralarlo y obligarlo a contarme todo lo que sabía y que aún no me había contado sobre todo este embrollo.