La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 7 El Silencio de Cíteaux
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Capítulo 7 El Silencio de Cíteaux

Tras semanas de cabalgar por senderos que se retorcían como serpientes entre los pasos nevados de los Pirineos y los bosques umbríos de Aquitania, el paisaje finalmente se abrió en una llanura infinita de un verde casi irreal.

Mayo había estallado en Borgoña con la fuerza de un milagro.

El aire, denso y cargado del polen de las flores silvestres, contrastaba con el polvo del camino que se les había pegado a la piel.

Frente a ellos, rodeada de marismas y bosques bajos que parecían susurrar con la brisa, se alzaba la Abadía de Cíteaux.

Allí no había torres doradas, ni los relieves suntuosos que adornaban la corte de León o las iglesias de Santiago; allí solo imperaba la piedra gris, la línea recta y un silencio que parecía pesar más que la propia armadura. Era la arquitectura del alma desnuda.

El caballero de Carracedo ayudó a doña Sancha a desmontar.

Sancha aceptó de buen grado su cortesía, aunque era sabido que era una experta jinete.

Sus manos aún temblaban ligeramente bajo sus guantes de cuero.

Aquella última noche, mientras acampaban en los valles del Loira, la parálisis lo había visitado de nuevo bajo un cielo cuajado de estrellas.

En su trance, había visto hombres vestidos de blanco, portando cruces carmesí, marchando por pasadizos que olían a piedra mojada.

Sancha, en cambio, parecía haber rejuvenecido.

El viaje, lejos de agotarla, la había purificado; su rostro, aunque curtido por el sol del camino, resplandecía bajo la toca.

Sus ojos color avellana estaban brillantes, escrutando el horizonte de la abadía como si ya supiera lo que el aire de Borgoña ocultaba.

—Venid conmigo caballero —ordenó ella con voz queda—. Este es un lugar de paz, mas sé que vuestra mano no soltará el pomo de la espada hasta que estemos bajo sagrado techo.

Entraron en el claustro, donde la luz jugaba a esconderse entre los arcos de medio punto.

Allí, bajo un arco de piedra desnuda, los esperaba un hombre cuya sola presencia parecía detener el flujo del tiempo.

Bernardo. No era alto, ni poseía la robustez de un guerrero, pero sus ojos tenían la intensidad de un fuego que no consume, una mirada que parecía atravesar la carne para juzgar el espíritu.

Sancha se inclinó levemente ante él.

—Padre Bernardo —dijo ella, y su voz resonó en la piedra como una campana de plata—, he cruzado reinos y dejado atrás la comodidad de mi palacio porque mi alma no halla sosiego.

Mi hermano, el Emperador, os ofrece tierras y emplazamientos en el Bierzo, mas yo vengo a mostraros una verdad: el Camino de Santiago se apaga, y solo vuestros monjes y la regla que disteis a los freires del Templo pueden volver a encender esa llama.

Bernardo la miró largamente, en un silencio que se hacía eterno. Luego, su mirada se desplazó hacia el caballero de Carracedo, que permanecía un paso atrás, rígido como una estatua de hierro.

—Habéis traído con vos a un hombre que camina entre dos mundos, Infanta —dijo Bernardo, con una voz suave que cortaba el aire como una hoja afilada—. Siento su fatiga. Siento el eco de su desvelo. Sabed, caballero, que vuestra carga no es vuestra solamente.

Sancha asintió, dando un paso hacia el Abad. —Él es el brazo elegido que guardará vuestro legado en mis tierras. Aunque hoy solo vista de escudero, su sangre ya conoce, aunque aún no lo entienda, el peso de lo que está por venir.

Bernardo sonrió de una forma que no parecía humana, sino cargada de una compasión angelical.

—Venid. La generosidad de vuestra estirpe merece un don que no se compra con oro ni se conquista con acero.

Habéis pedido monjes para Carracetum, y os los daré.

Pero también habéis pedido protección para los humildes que peregrinan a Compostela por la vía Jacobea.

El Abad los guió hacia una pequeña capilla interior, un espacio minúsculo apenas iluminado por la vacilante llama de una vela. Sobre el altar de piedra tosca y austera reposaba un pequeño cofre de madera de cedro, oscuro y antiguo.

—En este cofre viaja la luz que no proyecta sombra, un objeto traído por mis caballeros desde la Ciudad Santa de Jerusalén.

No es de este mundo, pues su poder descendería de la misma morada de Dios —susurró Bernardo, y su voz cobró un tono solemne—.

Es una ofrenda para vos, Sancha, y para el linaje de vuestro protector.

Llevadlo a Carracedo para la gloria de vuestro reino y ocultadlo en sus entrañas.

Será en la oscuridad donde obrará el milagro: transformar las ruinas y las sombras en el Decus Orbis de Hispania.

Mientras esta reliquia permanezca en vuestro suelo, el vínculo entre el cielo y la tierra no se romperá.

El caballero de Carracedo sintió que la vibración de su cabeza desaparecía de golpe, sustituida por una calidez reconfortante que emanaba del cofre de cedro. El peso en su pecho se disolvió. Sancha puso su mano sobre la madera y cerró los ojos, sellando un pacto invisible.

—Se hará como decís, padre. Es un honor sembrar esta semilla en el vientre de nuestro reino como bendición piadosa de vos y del Altísimo —declaró ella con firmeza—.

Yo me encargaré personalmente de que, aunque pasen miles de soles y el mundo olvide nuestros nombres, la luz de Carracedo nunca se apague.

A cambio mi hermano Alfonso, el emperador, y yo misma les ofrecemos enclaves y heredades para residencia de vuestros monjes y conversos de la orden del Cister. Espacios estratégicos y sagrados para proteger y reavivar la fe en el corazón de nuestro pueblo.