Capítulo 8 El Legado de Cuero y Ceniza
Me refugié en la pequeña cafetería de la calle peatonal, a pocos metros de donde el Restaurante Cándido servía sus famosos cochinillos.
Era un local con un aire moderno pero que conservaba una calidez entrañable; sus mesas de madera oscura parecían diseñadas precisamente para lo que yo iba a hacer: desaparecer del mundo real y sumergirme en otro.
Pedí un café con leche y, con las manos todavía temblando un poco por la vergüenza de mi caída en clase, saqué el libro de mi mochila.
Cerré los ojos y, por un instante, regresé a Valladolid.
Tenía nueve años. Mi abuelo estaba sentado en el sillón orejero de la casa de la calle Panaderos.
Él siempre era muy estricto con su biblioteca; cada vez que yo le "tomaba prestado" un libro, él lo reclamaba de vuelta a la semana siguiente con un rigor casi militar.
Pero con este fue diferente. Aquella tarde, mi abuelo vino a visitarnos a nuestra casa y al acercarse a mí me miró con una ternura inusual, una mirada que hoy, a los diecinueve, yo comprendía que era de despedida.
—Recuerda que este no volverá a mi estantería, Lucía —me había dicho, poniendo su mano grande sobre la mía—.
Llevas el apellido de los que no cerramos los ojos en la oscuridad.
Este libro no se lee como el resto, este, para comprenderlo has de escucharlo.
Llévalo contigo siempre, y aunque yo no esté, mi voz estará en estos márgenes.
Desde entonces, el libro había sido mi amuleto. Estaba lleno de anotaciones de su puño y letra en los márgenes, escritas con una caligrafía picuda y tinta azul ya desvaída. Había mapas dibujados a mano, fechas que no correspondían a batallas conocidas y poemas en un latín que yo no entendía.
Abrí el libro por la mitad. El olor a papel viejo y a resina inundó mi rincón de la cafetería. Pasé las hojas con cuidado, deteniéndome en los párrafos subrayados: “Ancla el cuerpo para que el alma vuele”.
De repente, al pasar una página que siempre me había parecido pegada, descubrí algo que nunca había visto.
Era un grabado pequeño, una ilustración hecha con un detalle microscópico.
Representaba una abadía rodeada de bosques bajos y marismas.
Dos animales tipo fénix sostenían un letrero: ABBATIA CISTERCIUM.
Debajo, con la letra de mi abuelo, rezaba una sola palabra: Cîteaux.
Sentí que el café se me enfriaba en la garganta. Esa era la abadía de mi sueño. Y justo al lado del dibujo, había una pequeña nota pegada con un sello de lacre rojo. Al levantarla, vi el dibujo de una mujer con una capa blanca entregando algo a un hombre que estaba de rodillas.
—Está claro que no fue el humo de la discoteca Canadá —susurré para mí misma, sintiendo cómo el vello de mis brazos se erizaba bajo el jersey. La visión no era una invención de mi mente. La mujer de la capa blanca era real.
—¡Aquí estás! ¡Te hemos buscado por todas partes!
La voz de Nuria, alta y cantarina, rompió el silencio sagrado de la cafetería.
Cerré el libro de golpe, con un movimiento casi instintivo de protección, justo antes de que mis tres compañeras invadieran mi mesa.
Nuria, espectacular con su melena rubia y ese aura de perfección inocente, se sentó frente a mí.
Martina, con su elegancia de porcelana, dejó su bolso de diseño sobre la mesa, mientras Claudia, tarareando algo que sonaba a Lenny Kravitz, buscaba una silla libre.
—¿Qué haces aquí encerrada con este trasto viejo? —preguntó Martina, señalando el diario con una mueca de curiosidad—. Venga, muévete, que habíamos quedado para ir a ver a los chicos.
—Es verdad —añadió Claudia—. Hoy toca cena en su piso. Dicen que van a hacernos una pasta que flipamos. ¡Hay competición de chefs hoy!
Sentí un mareo momentáneo. El dibujo de Cíteaux y el de las dos figuras del diario de mi abuelo seguía quemando en mi mente, pero la realidad de 1998 reclamaba su sitio. Miré el reloj de la cafetería y un pinchazo de ansiedad me devolvió a la tierra.
—Chicas, no puedo —dije, guardando el libro a toda prisa en la mochila—. Me encantaría, de verdad, pero es viernes.
—¡Oh, no! —se quejó Nuria con ternura—. ¿Otra vez te vas?
—Me toca el turno en el Black Rose —suspiré, colgándome la mochila—. El bus a Valladolid sale en cuarenta minutos y si lo pierdo, el jefe me despide fijo.
Me despedí de ellas con dos besos rápidos, dejando atrás la luz cálida de la cafetería y las risas de mis compañeras.
Mientras bajaba hacia la estación de autobuses, dejando atrás los arcos del Acueducto, sentía que vivía en dos líneas temporales que empezaban a solaparse.
Para ellas, el viernes era el inicio de la diversión.
Para mí, era el inicio de un exilio: el humo del pub, el frío del estadio y, sobre todo, la lucha por no dormirme para evitar que un caballero medieval me hablara desde el más allá.
Capítulo 10: Cardhu, Bombay y Rosas negras
Valladolid. Calle María de Molina. Noche de viernes. 1998
El Black Rose estaba en su apogeo. El brillo de las maderas nobles y el aroma a perfume caro se mezclaban con el murmullo de la élite vallisoletana. Cholo, mi jefe, pasaba por mi lado con esa energía incansable que lo caracterizaba.
—¡Venga, Mar Flores! —me soltó con un guiño mientras recogía unos vasos—. No me pongas esa cara de haberte caído de la silla, que estás mucho más guapa que la modelo. Si te viera ella, se retiraba. ¡Dale ritmo a esos combinados!
Sonreí a medias. El apodo de Cholo siempre me sacaba de mi ensimismamiento.
Pero la sonrisa se hizo real cuando vi entrar por la puerta a tres figuras que conocía de sobra.
Eran mi tío Tito, mi primo Petete y, cerrando el grupo, Luis.
Eran el trío inseparable de todos los saraos familiares.
Mi tío y mi primo venían con ganas de la primera de la noche y se acodaron en la barra con la confianza de quienes juegan en casa.
—¡Esa sobrina! —exclamó Tito—. Ponnos algo que nos alegre el alma, que venimos secos.
Ya sabía lo que tocaba. Sin que dijeran nada, saqué dos vasos on the rocks y serví el Cardhu con el hielo justo para Tito y Petete. Pero cuando llegué a Luis, me detuve un segundo. Luis era distinto. Siempre con esa media sonrisa, con un pie en la broma y otro en un lugar que nadie más alcanzaba.
—Lo de siempre, ¿no, Luis? —le dije, ya con la copa de balón en la mano.
—Tú lo has dicho, Lucía. Y con cariño, ¡eh! —respondió Luis frotándose las manos.
Le preparé su Bombay Sapphire como a él le gustaba: tónica muy fría y esa rodaja de piel de limón que pasé despacio por el borde de la copa para que el aroma cítrico lo recibiera antes del primer trago.
Se la serví con cuidado, y fue entonces cuando nuestras miradas se cruzaron.
Tito y Petete estaban en lo suyo, riendo y comentando algo sobre un negocio, pero Luis se quedó apoyado en la barra, observándome con una intensidad que traspasaba el humo y el ruido del pub.
Él sabía que yo no estaba bien. Luis siempre llevaba ese mazo de tarot en el bolsillo de la chaqueta, incluso para ir de copas, y sospeché que sus cartas ya le habían hablado de mí esa tarde.
Aprovechando que Cholo se fue a la otra punta de la barra y que mi tío se distrajo con un conocido, Luis se inclinó un poco hacia adelante.
—Llevas la marca del desvelo en la frente, Lucía —me susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo bajo el hilo musical—. ¿Estás durmiendo algo? Sé que no está siendo fácil para ti esta temporada.
Sentí que se me helaba la sangre de puro alivio. Alguien, por fin, lo había nombrado.
—Luis, yo... no sé qué me pasa. Creo que me estoy volviendo loca —alcancé a decir mientras fingía que limpiaba la barra con un paño.
Luis dio un sorbo a su Gin-tonic y apoyó su cálida mano sobre la mía por un segundo. Su tacto era suave y firme al mismo tiempo.
—No estás loca, reinita. Solo estás recordando —me dijo con una calma absoluta—.
No te sientas atacada, no te lo tomes así, lo que te ocurre en realidad es que estás experimentando una apertura.
No luches contra el cuerpo cuando se quede rígido, ¿vale?
; es solo tu armadura protegiéndote para que tu mente viaje a donde debe estar con libertad.
Esta noche, cuando llegues a casa, no tengas miedo.
Di el nombre de Carracedo antes de cerrar los ojos.
Verás cómo la oscuridad se aleja y verás con más claridad.
—¡Luis! ¡Deja de ligar con mi sobrina y cuenta lo que pasó el otro día en la bodega! —gritó Tito, dándole una palmada en la espalda.
Luis volvió a su faceta de tipo divertido en un pestañeo.
Sacó el mazo de cartas del bolsillo y le guiñó un ojo a una chica que pasaba por allí.
Se alejaron hacia una mesa, riendo. Yo me quedé allí, con el aroma del Bombay Sapphire de la copa de Luis flotando en el aire y una sensación de paz que no había sentido en años.
Luis me había dado la llave o al menos la esperanza de que mis sueños lúcidos no fueran simplemente pesadillas.
El resto de la noche pasó volando. El Black Rose se convirtió en un desfile de risas que subían de tono según bajaba el nivel de las botellas.
Cada vez que pasaba cerca de la mesa de mi tío, veía a Luis rodeado de gente.
Era tal cual lo recordaba: a medida que avanzaba la madrugada, él sacaba su mazo de cartas del tarot.
Con la gabardina echada hacia atrás, el pitillo encendido colgando de sus labios y su copa a medio terminar, barajaba las cartas con una agilidad hipnótica.
De vez en cuando, levantaba la vista y buscaba la mía entre la multitud.
No hacía falta que dijera nada; su mirada era un recordatorio constante: Carracedo.
Ese nombre que yo llevaba en mi DNI y que, según él, era mi escudo.
Cuando dieron las tres y media y Cholo empezó a encender las luces, mi tío y Luis se acercaron a despedirse.
—Nos vamos, sobrina. Cuídate mucho y no trabajes tanto, que te vas a quedar en el chasis —me dijo mi tío Tito dándome un beso sonoro.
Luis se quedó el último. Se puso la gabardina y me miró con una seriedad que contrastaba con las bromas de un minuto antes.
—Recuerda lo que te he dicho, Lucía. Esta noche, cuanto te acuestes, toma las riendas de la situación, eres la dueña de tu vida. Di el nombre. Confía en tu origen, reinita.
Se fue tras mi tío, dejándome con el olor a tabaco y la esperanza de que este mundo, por fin, empezara a tener un poco de sentido.
Capítulo 11: El Nombre en el Vacío
Valladolid. Casa familiar, Viernes de madrugada. 1998
Entré en casa a las cinco de la mañana. Esperaba el estruendo de una fiesta o el olor a tabaco de los amigos de mi hermano, pero me recibió un silencio pesado, casi fúnebre.
Las luces estaban apagadas. El alivio fue instantáneo, aunque breve.
Al llegar a la cocina, la realidad me golpeó: pilas de platos sucios, vasos vacíos y restos de una cena improvisada que nadie se había molestado en recoger.
El encuentro se había dado, pero todos se habían marchado dejando el rastro del caos atrás.
Mi prioridad era dormir. El hambre me atenazaba el estómago —llevaba quince horas sin probar bocado desde que salí de Segovia—, pero al abrir el frigorífico, el vacío fue absoluto.
Mi hermano, en su intento desesperado por complacer a los únicos que le hacían compañía en esta casa sin padres, les había dado todo lo que había.
No podía culparle; él solo intentaba sobrevivir a un abandono que a los quince años no se sabe gestionar.
Mi hermana estudiando en Madrid, mi madre trabajando a 700 kilómetros para cubrir gastos, mi padre en paradero desconocido, y yo en Segovia...
y él, aquí solo, convirtiendo nuestro hogar en un refugio para desconocidos.
Sentí una punzada de nostalgia por aquellos sábados de vermut y paseos por el Campo Grande. ¿En qué momento nos habíamos convertido en esto?
Sin fuerzas para limpiar, me lavé como pude y me dirigí a la habitación de mis padres.
Era el único cuarto que mi hermano respetaba, el único lugar que aún se sentía algo parecido a una "casa".
Me desplomé en la cama, todavía vestida con la ropa que llevaba desde la mañana en la facultad.
No bajé la persiana; necesitaba que la luz naranja de las farolas del barrio de San Nicolás se filtrara en el cuarto para protegerme de la oscuridad.
Boca arriba, cerré los ojos. Y entonces ocurrió.
El zumbido empezó en la base del cráneo. El hormigueo eléctrico recorrió mis brazos y mis piernas, soldándome al colchón. "No... por favor, solo quiero descansar", suplicaba mentalmente.
Pero ya no era dueña de mis músculos. Abrí un poco los ojos.
La luz naranja de la calle había desaparecido, sustituida por una tonalidad grisácea, una luz de otro mundo.
El terror me oprimió el pecho cuando sentí una caricia en mi brazo derecho.
No era una agresión; era un roce suave, como si alguien intentara calmarme, pero aquello solo disparó mis pulsaciones a mil.
Entonces sentí el peso. Alguien estaba sobre mí.
Estaba sola en casa, indefensa, atrapada en mi propio cuerpo.
"Deja fluir, no fuerces... confía en tu origen, mi reinita".
La voz de Luis en el Black Rose acudió a mi rescate.
Saqué el valor de lo más profundo de mi ser.
Me concentré en mi garganta, en la lengua que pesaba como el plomo, y con un esfuerzo sobrehumano que me dolió en el alma, logré articular una palabra:
—Carracedo.
En ese instante, la realidad se rasgó. Vi a un hombre.
Estaba tumbado, igual que yo, en un lugar que olía a pino y a tierra húmeda.
Él abrió los ojos de repente y me miró con una extraña lucidez, la misma que yo sentía.
No era un demonio. Sus ojos eran claros, de un intenso color miel; estaban cansados, muy cansados, pero llenos de una nobleza que me resultó familiar. No sentí miedo; sentí que le conocía.
El impacto de la conexión me devolvió a la habitación de golpe. Me encontré recostada de lado, respirando con dificultad, con el corazón todavía galopando. La luz tímida de la mañana vallisoletana empezaba a colarse por la ventana.
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Quién era en realidad ese hombre?
Ya no tenía miedo. Tenía hambre de respuestas. Me incorporé en la cama, busqué mi Alcatel amarillo y supe que lo primero que tenía que hacer era llamar a Luis. Necesitaba contarle lo que había pasado y lo que había visto. Era hora de levantarme y buscar el desayuno más grande de la historia.