Capítulo 6 Destellos de Oro y Sombras de Capa Blanca
Caminaba hacia la facultad con una ligereza que no sentía desde hacía meses. El aire de Segovia, aunque todavía fresco, me sabía a victoria. ¡Había dormido! Y lo más importante: me había despertado sin la sensación de haber sido arrollada por un tren.
"Vaya movida mental", pensé mientras cruzaba la plaza.
El sueño de la noche anterior seguía ahí, nítido: una mujer con una capa blanca, majestuosa, poniendo la mano en la frente de un guerrero medieval que parecía estar sufriendo un ataque.
Recordaba el rostro de aquel hombre, una mezcla de terror y devoción.
"Seguro que fue el humo del Canadá", me dije con una sonrisa.
Entre el Jack Daniels y ese tabaco verde, del caro, que flotaba en el ambiente de los músicos, mi cerebro debía de haber montado una película digna de Ridley Scott.
Pero no me importaba. Si el precio de ser una "persona normal" de nuevo era tener sueños raros de señoras con capa, lo pagaba encantada.
Entré en el centro comercial y me dirigí a mi clase.
A primera hora tocaba Dirección de Marketing.
El aula, que en otra vida debió de ser una tienda de ropa, estaba iluminada por un lucernario del patio exterior.
El profesor, un tipo que siempre nos recordaba que era un alto directivo de un banco importante, entró con su habitual aire de suficiencia bañado por un intenso olor a Crossmen.
Me senté al final, junto a mis dos mejores amigos, los "locos".
El profesor empezó su perorata monótona sobre el posicionamiento de marca y los nichos de mercado.
Pero lo que realmente captaba mi atención no eran sus palabras, sino su Rolex.
Cada vez que movía el brazo para señalar la pizarra, un rayo de sol del tragaluz chocaba contra el cristal de aquel pedazo de "peruco" de oro, lanzando destellos que me dejaban medio ciega.
Flash. Oro. Flash. Marketing.
El cansancio de la noche anterior, el calor del aula y la voz monocorde del estratega empezaron a crear un cóctel peligroso. A pesar de haber dormido, el agotamiento acumulado de meses era una deuda que el cuerpo quería cobrar.
Empecé a cabecear. El Rolex del profesor se convirtió en un punto de luz hipnótico que, poco a poco, empezó a transformarse en otra cosa. El destello dorado del reloj se volvió blanco, frío... como la luz que desprendía la mano del hombre de mi sueño.
—¡Lucía! —susurró uno de mis amigos.
Pero fue tarde. El sueño me venció con la fuerza de un rayo. Mis músculos se relajaron de golpe y, en un segundo de pérdida total de equilibrio, me escurrí de la silla y acabé en el suelo con un estruendo que resonó en todo el aula.
La clase estalló en carcajadas. El profesor del Rolex se detuvo, ajustándose el nudo de la corbata con cara de pocos amigos.
—Parece que mi clase sobre el comportamiento del consumidor es demasiado... relajante para usted, señorita Carracedo —dijo con sarcasmo.
Me levanté roja como un tomate, recogiendo mis bolis de colores bajo las burlas.
Pero, mientras me sentaba de nuevo, además de vergüenza sentí un intenso frío.
Porque en ese segundo en el que mi cabeza tocó el suelo vi el rostro del caballero tratándome de decirme algo en silencio desde lo alto de una montaña nevada.