La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 5 El Paso de las Sombras
4%

Capítulo 5 El Paso de las Sombras

El viento aullaba entre los desfiladeros como una manada de lobos hambrientos. La pequeña comitiva de doña Sancha se había refugiado en una hospedería de piedra, un lugar angosto y frío que olía a humo de leña verde y a cuero mojado.

El caballero de Carracedo, tras asegurar la puerta de la estancia de la Infanta, se dejó caer sobre su jergón en el pasillo.

Sus músculos ardían tras jornadas de cabalgata por senderos que apenas eran cicatrices en la montaña.

Estaba agotado, con ese cansancio que nubla la vista y hace que el acero de la espada pese como si fuera de plomo.

—Solo un poco de reposo —se dijo a sí mismo, cerrando los ojos.

Pero el sueño no fue un bálsamo.

Apenas su respiración se acompasó, el sonido del viento exterior se transformó.

Un zumbido eléctrico, una vibración que nacía en el centro de su cabeza se expandía por su columna como fuego helado.

Quiso incorporarse, echar mano a la daga, mas sus brazos eran de plomo.

Su pecho, antes amplio y fuerte, parecía estar bajo el peso de un caballo de batalla.

Abrió los ojos. En la penumbra del pasillo, las sombras parecían cobrar vida, estirándose hacia él. El terror, un terror antiguo y primario, le atenazó la garganta. No podía gritar. Solo podía mirar, con las pupilas dilatadas, cómo el mundo físico se desvanecía para dejar paso a una neblina rojiza.

De repente, la puerta de la habitación de Sancha se abrió sin ruido.

La Infanta apareció bajo el dintel, envuelta en su capa, iluminada por una luz que no procedía de ningún candil. Sus ojos de clarividente brillaban en la oscuridad del pasillo. Se acercó al cuerpo rígido de su protector y puso una mano suave sobre su frente.

—No luches contra la marea, noble caballero—susurró ella, su voz resonó en su mente—. Vuestro cuerpo guarda este lugar mas vuestra alma está vigilando el camino. Lo que sentís, señor, es un despertar.

Bajo el toque de Sancha, la vibración no desapareció, pero el terror sí.

El caballero sintió que, por primera vez, su vista se alejaba de la posada, elevándose por encima de las cumbres nevadas de los Pirineos.

Vio el camino que les quedaba por recorrer, vio los peligros que acechaban en los valles franceses y, muy a lo lejos, vio una luz blanca que palpitaba en el corazón de Claraval.