Capítulo 4 A Ritmos de Ska
La discoteca Canadá olía a una mezcla de cerveza derramada, tabaco negro y ese aroma metálico que desprende la gente cuando baila bajo las luces de neón.
En el escenario, los miembros de Ska-P estaban en pleno apogeo.
El ritmo frenético de la guitarra y la batería era una energía pura que hacía vibrar los vasos sobre la barra donde yo servía copas sin descanso.
—¡Lucía, otra ronda para los chavales! —me gritó el dueño por encima del estruendo de "Cannabis".
Asentí, moviéndome con la agilidad mecánica de quien lleva horas en pie. Mis manos llenaban jarras de cerveza mientras mi mente luchaba por no desconectarse. Llevaba más de veinte horas despierta. El miedo a ese hormigueo y a la parálisis me mantenía en un estado de alerta constante.
—¡Chiquilla, tráenos una de Jack Daniels! —gritó el cantante, apoyando las manos en la barra con una sonrisa eléctrica—. Pero de las grandes, que tenemos que afinar la garganta antes de subir de nuevo.
Bajé la botella cuadrada del estante superior. Al entregársela, mis dedos rozaron los suyos. Fue entonces cuando el músico se detuvo. El caos de la discoteca pareció congelarse un segundo para nosotros dos. Me miró fijamente a los ojos, con una mezcla de rebeldía y una extraña lucidez.
—Tienes una vibra muy loca, ¿lo sabes? —dijo él, bajando el tono—. Estás aquí, pero no estás. Tienes los ojos de quien ha visto a los fantasmas de la noche y no le han dejado sitio en la cama. Estás librando una guerra en otro plano, nena.
Me quedé helada. Sabía que no era una frase que una esperara escuchar en un antro de rock a las tres de la mañana.
—Es el trabajo —mentí, bajando la vista mientras cobraba la botella—. Mucho estudio y poco tiempo para dormir.
El músico soltó una carcajada ronca. —No es el estudio y lo sabes.
Es la lucha. Nosotros cantamos sobre romper cadenas, pero las cadenas más chungas son las que llevamos dentro, las que no nos dejan ser dueñas de nuestro propio cuerpo.
No dejes que el miedo te gane la partida; a veces el cuerpo es el que nos miente para que no veamos la verdad.
Si no duermes porque tienes miedo de lo que hay al otro lado, recuerda esto: a veces hay que soltar el cuerpo para que el alma aprenda a pelear.
Me guiñó un ojo y se llevó la botella al camerino.
Se la trincaron en menos de diez minutos y, cuando volvieron a subir al escenario, sentí que la energía era distinta.
Desde la barra, cada golpe de batería me parecía un martillazo en el muro que yo misma había levantado para no caer en el sueño.
Aquella frase, "el cuerpo es el que nos miente", se me quedó grabada como un tatuaje.
En un momento de respiro, saqué el diario de mi abuelo de la mochila que guardaba bajo la barra. Lo abrí al azar y mis ojos cayeron en una línea subrayada por su mano: "El Vigilante no duerme para que el mundo no despierte en sombras".
Sentí un escalofrío a pesar del asfixiante calor del local. En la discoteca Canadá, rodeada de gente que buscaba la libertad a través de la música, comprendí que yo estaba atrapada en algo que iba mucho más allá.
Cuando terminó mi turno, sobre las cuatro de la madrugada, salí a la calle con el eco del Ska aún en los oídos.
Caminé hacia casa bajo el cierzo de la noche, esperando que el cansancio y la luz del amanecer me permitieran dormir un poco antes de ir a clase.
Al llegar a mi piso, crucé el salón en silencio, subí las escaleras pasando por las habitaciones de mis compañeras y, al llegar a la mía, me dejé caer como un plomo en la cama.
Esta vez, el cuerpo se rindió antes de ni siquiera sentir temor.