La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 3 El Voto de la Infanta
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Capítulo 3 El Voto de la Infanta

El sol de la tarde se filtraba por las estrechas ventanas, dibujando lanzas de luz sobre los fríos muros de piedra.

Alfonso, el Emperador, permanecía inclinado sobre una mesa repleta de pergaminos y sellos de cera.

Su rostro reflejaba el cansancio de quien debe sostener un reino con una mano mientras blande la espada con la otra.

Doña Sancha entró en la estancia sin necesidad de ser anunciada. Su presencia siempre traía consigo una calma extraña, casi sobrenatural. Se detuvo a unos pasos de su hermano, aguardando a que él alzara la vista.

—Hermano —dijo ella con voz serena pero firme—, sabed que el Camino de Santiago se está convirtiendo en un sendero de sombras.

Las noticias que llegan del Bierzo son desoladoras.

Los peregrinos que buscan la salvación solo encuentran la muerte a manos de forajidos que no temen ni a Dios ni a vuestras leyes.

La arteria de vuestro imperio se desangra ante vuestros ojos, señor.

Alfonso suspiró, dejando caer un pergamino sobre la mesa.

—Sancha, bien sabéis que mis ejércitos están exhaustos. No puedo poner un soldado en cada recodo del camino mientras las fronteras del sur arden. Mi acero es menester en la batalla, hermana, no en la vigilancia de veredas y pasos.

Sancha se acercó a la mesa, fijando su mirada en el punto exacto donde los viejos escritos nombraban las tierras de El Bierzo.

—No os pido vuestros soldados, señor. He tenido noticia de unos monjes sagrados que están reformando la Cristiandad, regidos por la santa regla cisterciense que impulsa el mismísimo Bernardo de Claraval.

Con su labor y su fe, allí donde asientan sus casas logran lo que ningún ejército ha podido: someter el desierto, pacificar la tierra y amparar al humilde.

Si les ofreciéramos un lugar aquí, ellos serían vuestro muro.

Carracetum yace en ruinas desde los tiempos de Almanzor; otorgadles esas tierras, rehabilitad el monasterio, y su orden guardará la paz del Bierzo por vos.

El Emperador alzó una ceja, incrédulo.

—¿Y por qué habrían de querer esos caballeros extranjeros asentarse en las ruinas de un monasterio asediado? No tengo tiempo ni hombres para enviar una embajada a Francia y convencer al Abad Bernardo de tal empeño. Mis cuitas son otras, hermana.

Sancha entrelazó sus manos frente a ella, con la humildad de una sierva de Dios pero la determinación de una reina.

—Si vuestra merced no dispone de tiempo, contad con la voluntad de vuestra hermana. Yo misma emprenderé la jornada a Claraval. Es la voluntad de Nuestro Señor que esas piedras vuelvan a levantarse para gloria de Su nombre, y no descansaré hasta que el Abad Bernardo dé su bendición.

Alfonso la miró durante un largo silencio. Sabía que la intuición de su hermana era un don que rara vez fallaba, una guía que parecía susurrarle al oído verdades que a él se le escapaban.

—Es una locura, Sancha. Cruzar los Pirineos es una invitación a la muerte. Pero sé que no os detendré. Id, pues, si ese es vuestro deseo. Pero llevaréis con vos al caballero Carracedo. Es el más leal de mis vasallos y el único hombre en quien confío para que os traiga de vuelta con vida.

Sancha asintió levemente. Al salir de la estancia, se encontró con el caballero de Carracedo montando guardia. Lo miró a los ojos y vio en ellos una fatiga que no era de este mundo; vio el alma de quien no duerme, de quien teme el momento en que el cuerpo se rinde.

Él no sabía que ella conocía su secreto. No sabía que su "don" —esa capacidad de habitar entre dos mundos— era la señal de que él era el Vigilante Eterno elegido para el viaje que estaba a punto de comenzar.