Capítulo 2 El Peso del Cuerpo
El Acueducto de Segovia se alzaba ante mí como un esqueleto gigante bajo la luna de diciembre.
Caminaba rápido, con la bufanda dándole vueltas al cuello y el cuaderno de mi abuelo golpeando rítmicamente contra mi costado dentro de la mochila.
Cada paso que me acercaba al dúplex del centro era un paso hacia el matadero del sueño.
Al entrar, el calor del piso me golpeó junto con el olor a palomitas y el hilo musical de Are you gonna go my way que tronaba desde la habitación de Claudia.
—¡Lucía! ¡Ya estamos pidiendo las pizzas! —gritó Nuria desde el sofá.
Nuria estaba allí, tan perfecta como siempre, con su melena rubia cayendo sobre un pijama de seda rosa que costaba más que mi matrícula de medio curso.
A su lado, Martina repasaba una revista de diseño, ignorando los libros de Historia del Arte que yacían abiertos sobre la mesa de cristal.
Martina tenía esa belleza fría de las estatuas que estudiaba, pero su mente estaba ahora mismo más ocupada en decidir a qué fiesta irían el jueves.
—No tengo hambre, chicas. He merendado en el bus —mentí, intentando esbozar una sonrisa—. Me voy a la habitación a adelantar unas prácticas de Redacción.
Subí la escalera del dúplex sintiendo el contraste de mi vida con la suya.
Pasé frente a la puerta de Nuria —un santuario de peluches y colonias dulces—, la de Martina —con sus láminas de Matisse perfectamente alineadas— y la de Claudia —un altar a Lenny Kravitz y la Union Jack—. Finalmente, entré en la mía.
Mi cuarto era… nada especial. Una cama, una mesa de estudio, un armario empotrado con puertas correderas. No había pósters ni banderas. La única "personalidad" que habitaba allí era el silencio y, desde hacía unas semanas, una sombra que parecía esperar en las esquinas.
Me senté en la cama y saqué el diario de mi abuelo.
En estas últimas semanas se había convertido en una especie de amuleto protector contra el vacío y el terror nocturno.
Al abrirlo, me asaltó un fuerte aroma a pachulí, una fragancia densa y terrosa que me transportó de golpe a la calle Panaderos, a los últimos momentos que pasé en aquella casa antes de que todo se desmoronara.
Me perdí en sus páginas. Era una sucesión fascinante de mapas trazados con una precisión obsesiva, planos de iglesias que parecían laberintos y textos en latín que se entrelazaban con dibujos de iconografía celta.
Había espirales que no terminaban nunca y entrelazados de una belleza hipnótica.
Aunque no entendía el significado de aquellos símbolos, pasearme por esas páginas me reconfortaba; era como si, al tocar la tinta, pudiera sentir la calidez de la mano de mi abuelo y el orden que una vez reinó en mi infancia.
Aquel diario, que él me entregó hace años y que yo había ignorado durante tanto tiempo, se había vuelto mi único refugio tras la ruptura de mis padres y el fin de mi hogar en Valladolid. Me dejé llevar por las ilustraciones y, poco a poco, comencé a sentir el peso del cansancio.
De pronto, el ambiente cambió.
El ruido de la música de Claudia se volvió lejano, como si estuviera sonando bajo el agua. Un hormigueo, como cuando a uno se le dormía un pie, empezó a recorrer mi cuerpo comenzando en la parte superior de mi cráneo.
—Otra vez no… por favor… —susurré para mis adentros, sin darme cuenta había dejado el libro y me encontraba tumbada en la cama, como si en algún momento me hubiera quedado dormida, sin ser consciente de ello.
Mi cuerpo recostado de lado comenzó por si solo a colocarse boca arriba, ajeno a mi voluntad. Mi corazón comenzaba a galopar del pánico a pensar que pudiera estar poseída o algo peor, golpeando contra mis costillas como un pájaro enjaulado.
Abrí los ojos lentamente, temerosa de lo que me pudiera encontrar. Solo podía mover eso: los ojos.
El techo de la habitación parecía haber descendido. El aire se volvió espeso, cargado de una electricidad estática que me erizaba el vello de los brazos. Y entonces lo sentí: el peso. Una presión invisible sobre el esternón, como si alguien estuviera sobre mí, observándome con curiosidad.
En el silencio de mi mente, grité. Pero en la habitación de al lado, Nuria solo se reía de una tontería en la tele, sin saber que yo acababa de cruzar, una vez más, la frontera hacia lo desconocido.