La reina templaria y el custodio de Carracedo Capítulo 1 El Estadio de la Pulmonía
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La reina templaria y el custodio de Carracedo

La reina templaria y el custodio de Carracedo

Por Laura Carracedo

© inepub.com

Capítulo 1 El Estadio de la Pulmonía

Corría como si no hubiera un mañana de lado a lado para sentir que mi sangre aún estaba líquida y que mi cuerpo no se fuera a convertir en un cubito de hielo.

De un extremo a otro de la barra de hormigón del Estadio José Zorrilla, mis zapatillas derrapaban sobre el suelo mojado mientras el viento del Pisuerga se colaba por los pasillos, cortándome la cara como una navaja.

—¡Venga, Lucía, otra vuelta o se nos van a quedar los pies entumecidos! —me gritaba mi compañero entre dientes, con el vaho saliendo de su boca como el humo de una locomotora.

Era domingo. El Estadio de la Pulmonía hacía honor a su nombre.

Mientras los hinchas del equipo contrario gritaban en las gradas, yo solo pensaba en la bolsa de deporte que tenía escondida bajo el mostrador, con los libros de la facultad y la ropa limpia para mi semana en Segovia.

En cuanto pitara el final del partido, tendría que salir volando hacia la estación de autobuses.

Mi vida era un cronómetro que nunca se detenía.

En los últimos meses mi mente se había convertido en un rompecabezas de mundos opuestos que me agotaba:

Los jueves, me sumergía en el estruendo de la discoteca Canadá en Segovia.

Entre el sudor de la gente y las chaquetas de cuero, servía cañas a un ritmo de rock combativo que me dejaba los oídos pitando hasta el amanecer.

Los viernes y sábados, el escenario cambiaba radicalmente en el Black Rose, en Valladolid.

El DYC y los trujas segovianos se convertían en Cardhu y Marlboros en Pucela.

De un día para otro pasaba de las camisetas de grupos punk a las camisas impecablemente planchadas de la jet set de Valladolid.

Y luego estaban los lunes: el surrealismo de mi facultad en Segovia. Estudiar Publicidad en Domingo de Soto, metidos en unas aulas improvisadas en los sótanos del Centro Comercial Mahonías, me parecía una broma pesada.

Bajar aquellas escaleras al centro comercial y encerrarse en alguno de los locales comerciales reconvertidos le hacían sentir a una un maniquí de una tienda en liquidación.

Veía a los profesores llegar tarde de Madrid agarrados a sus maletines, con el estrés de la Complutense aún pegado a sus pies, para darnos clase bajo unos fluorescentes mortecinos que parpadeaban en el techo.

Pero el verdadero problema no era solo el pluriempleo; era el cansancio acumulado que empezaba a agrietar mi realidad. La falta de sueño se mezclaba con el miedo a que "aquello" me atrapara en cualquier lugar donde decidiera descansar.

Aquella noche, en el autobús de vuelta a Segovia, cerré los ojos un segundo, buscando un respiro.

Inmediatamente, el zumbido eléctrico apareció.

Era ese hormigueo otra vez que me recorría el cuerpo hasta la punta de mis dedos.

Sentí que mis manos se pegaban a mis rodillas, pesadas como el plomo.

A través de mis párpados cerrados, me pareció ver una luz roja, intensa, como el resplandor de una hoguera antigua quemándose en mitad de la noche y la imagen de una mujer solemne con una capa blanca.

—No... por favor… aquí no... —suplicaba mentalmente, luchando por recuperar el control de mi cuerpo.

Al abrir los ojos de golpe, sudando, me di cuenta de que el libro de mi abuelo se había resbalado. Un hombre sentado al otro lado del pasillo se agachó para recogerlo. Tenía una chaqueta desgastada y olía a tabaco viejo.

—Se te ha caído, chica —me dijo amablemente con voz ronca, entregándome el diario.

Me quedé helada. Por un segundo, en el eco de mi parálisis, me había parecido escuchar que pronunciaba mi apellido.

"Carracedo", había resonado en mi mente con la fuerza de un trueno.

Pero el hombre ya se había vuelto a recostar en su asiento.

¿Lo había dicho él o era mi propia mente que me estaba jugando una mala pasada? .