La reina eterna (Los mares eternos 2) Epílogo #2
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Epílogo #2

Pequeñas sonrisas y algunos destellos de emoción habían aparecido en su rostro últimamente, pero Livia me informó que seguía siendo diferente a la mujer que conoció la primera vez. Mi alondra estaba esperanzada, pero yo no estaba convencido de que esa mujer regresara.

Sacudí los pensamientos sobre la elfa y dirigí mi atención hacia la mesa.

Narza encendió las velas.

—Los vínculos no son poca cosa. Son conjuros complicados pero poderosos. Los vínculos del corazón provienen de sangre ofrecida voluntariamente por dos linajes distintos. Estos, cuando son valorados, amados y apreciados, son el corazón del Eterno. Son lo que da al linaje real todo su potencial.

Livia deslizó sus dedos entre los míos, sonriéndome; no pude evitar devolverle la sonrisa.

Narza tomó la mano de Livia .

—La sangre se ofrece, voluntariamente, con fervor y deseo. ¿Es ese tu caso?

—Sí. — Livia observó fascinada cómo gotas de su sangre caían en uno de los cuencos.

Mi abuela me miró.

—El vínculo de corazón de la Casa de los Reyes fue destruido, pero no hemos encontrado nada que diga que un nuevo vínculo no pueda formarse. ¿Reclamas voluntariamente la Casa Ferus como tuya, con fervor y deseo?

Tragué saliva; la garganta se me tensó de golpe. Algunos, como Joron , verían esto como una traición a la Casa de los Reyes. Dirían que el rey eterno se vendió a los elfos de la tierra. Me importaba poco. Mi lealtad estaba con la mujer a mi lado, malditos sean los tronos y coronas.

Significaba mucho para mí que cada alma de la Casa Ferus estuviera allí para demostrar que ellos también lo aceptaban.

Asentí y extendí mi mano hacia mi abuela.

—Con cuidado.

Narza sonrió suavemente.

—He vendado más de un raspón en tus rodillas, nieto. Aunque no lo recuerdes. No le tengo miedo a tu sangre.

Mi sangre cayó en el cuenco opuesto. Uno a uno, los miembros de nuestras familias de sangre fueron agregando la suya. Tavish me guiñó un ojo antes de hacer lo mismo. Nunca nos habíamos confesado la verdad, ni yo había dicho nada a Torbellino.

Simplemente se sabía por la forma en que comenzaban a contar historias sobre mi madre, ya fuera por una mirada mía, tras la cual Torbellino decía: «Dioses, así es como Oline solía fruncir el ceño», o si algo les recordaba a ella, como su odio por las escamas de los peces o cómo una vez se había propuesto ser la primera Dama de las Espadas, y que hubiera estado orgullosa de saber que su hijo hizo posible tal cosa.

Thorvald se sentiría decepcionado, y eso hacía que los nuevos lazos fueran aún más poderosos.

Narza calentó la sangre con hierbas e incienso, luego vertió cuidadosamente ambas cosas en un solo mortero, dos líneas de sangre unidas.

—Tocaos las manos.

Livia y yo sostuvimos nuestras palmas unidas sobre el cuenco. Narza comenzó a cantar una melodía suave y dulce.

La piel se erizó; nuestras palmas se calentaron. Cuanto más cantaba Narza , más cálida se volvía nuestra piel.

Livia hizo una mueca. Yo casi hago lo mismo cuando la mordedura en mi antebrazo llegó hasta el hueso.

No como una espada, más bien como una leve quemadura que se extendía por la carne hasta la médula, luego las venas, hasta que mi pecho floreció en calor.

Un calor reconfortante, como un sorbo de té caliente, que se sentía hasta el fondo del estómago.

El canto de Narza se fue apagando poco a poco. Se limpió una lágrima del rabillo del ojo y señaló nuestras manos.

—Que siempre honréis el lazo entre vosotros.

El aire se quedó quieto en mis pulmones. Bajé la mirada a la piel desnuda de mis brazos y solté un suspiro áspero.

Livia rio, limpiándose las lágrimas. Marcado en nuestra piel, en el mismo lugar que una vez llevó el signo rúnico de la Casa de los Reyes, había uno nuevo enredado en lo que parecía ser hiedra.

—Casa Ferus —susurró Elise , sonriendo—. Ese es el sello.

Seguí frotándome el lugar sobre mi pecho, deleitándome en la familiar plenitud. Dioses, lo había echado tanto de menos.

Livia se levantó sobre las puntas de los pies y me besó, sus lágrimas empapando mi rostro. Cuando se apartó, nuestras familias aplaudieron. Solo la miré a ella, mientras sus delicados dedos trazaban la línea inferior de mi labio.

Mil ciclos no serían suficientes con ella, pero sería un comienzo.

Mientras nuestra gente vitoreaba y, torpemente, se reunía, las casas se unían y todo lo demás, aparté el cabello de Livia de sus ojos y sonreí.

Sin palabras, solo usando lo que se sentía, susurré: «Hola, amor».

Los ojos de Livia brillaron con un nuevo ardor. «Hola, Serpiente».

El príncipe pesadilla

Habían pasado siglos desde la última vez que había recorrido los pasillos de mi propio maldito palacio.

Casi siempre me divertía mucho cada vez que regresábamos del Festival Carmesí. Demonios, incluso había planeado irritar a Sander al «presumir de nuestras heroicidades» una vez que decidimos liberar al rey eterno y luchar junto a los elfos del mar.

Pero este regreso… Nada era como lo había imaginado.

Sin duda, nada en mi vida sería como había imaginado después de esta noche.

Vacilé frente a la puerta que conducía a la amplia cámara en la que un extenso hogar calentaba los niveles inferiores.

Nuestra ciudad principal, Klockglas , a menudo estaba cubierta de nubes y solía hacer frío, al igual que entre los muros del palacio.

Apropiado para nosotros, la realeza, ya que el rey manipulaba los miedos de otros y sus hijos creaban pesadillas.

Aun así —y se lo atribuía completamente a mi madre— el palacio resultaba acogedor gracias a la risa y la lealtad.

Me aferré a la esperanza de que así seguiría siendo, después de admitir ante mi madre y padre lo que había hecho.

Ya había enviado noticias al Eterno, para que no se sorprendieran cuando regresara. Una vez confesados los detalles, Erik pensaría que había perdido la cabeza, pero no era un hombre de muchas palabras. En verdad, vería las ventajas antes que Livia .