La reina eterna (Los mares eternos 2) Epílogo #3
100%

Epílogo #3

Livie sería como mi madre —lo sentía en el estómago—, pero no tenía derecho a protestar. Por los dioses, se había enamorado irremediablemente y estaba en la cama con el hombre que la había secuestrado y planeado asesinar a su padre.

Ni el más mínimo derecho a protestar.

Exhalé y entré sin hacer ruido. Como hijo de ladrones, había aprendido hace tiempo a moverme como una sombra. Me alegraba no ser notado, porque eso me daba un momento para contemplar lo que más amaba del palacio.

Sander , ya bastante recuperado, picoteaba algunas pasas mientras leía algo nuevo sobre los elfos del mar enviado por las brujas. Él era quien más me preocupaba. Tal vez viera esto como una traición.

Aunque, pensándolo bien, mi gemelo era el más indulgente de los dos.

Observé a mis padres durante un par de latidos. Siempre había pensado que mi madre era la mujer más hermosa. Cabello color fuego que mantenía un poco salvaje, sonrisa mitad traviesa, mitad cariñosa. Reía, como siempre lo hacía cuando mi padre le susurraba al oído —cabeza hacia atrás, ojos cerrados.

Incluso Daj sonreía. Kase Eriksson era quien yo aspiraba a ser, distintos como éramos.

Mientras yo disfrutaba asistiendo a los bailes de máscaras y rodeándome de compañía, mi padre estaría contento de nunca dejar este palacio y de no ver otra alma más allá de las de su familia.

Posible exageración; casi había hecho pedazos el palacio Kunglig —o eso me habían dicho— cuando Livia fue secuestrada, y otra vez cuando supo que sus hijos habían desaparecido.

Tenía una relación estrecha con cada una de las casas reales de nuestros reinos. Simplemente disfrutaba quejándose de ellas.

Con un brazo rodeando los hombros de mi madre, la acercaba, solo para besar su sien una y otra vez, como si nunca pudiera tener suficiente de ella. Era un vínculo en el que nunca había pensado.

Hasta ahora, cuando me había dado cuenta de que ciertamente nunca lo tendría.

Me aclaré la garganta.

— Jonas . Ven a sentarte con nosotros. —Mi madre palmeó el lugar a su lado—. Te he echado demasiado de menos.

—No tant o como Daj, se guro. —Le di un empujón a mi padre en el hombro mientras pasaba a su lado.

—Francamente, no sé por qué seguís aquí —dijo mi padre, con una sonrisa astuta—. Pensé que había dejado claro que disfrutaba de los pasillos vacíos y del tiempo a solas con tu madre.

—Por favor, contente. —Me senté en un banco frente a ellos y entrelazé mis dedos, fijando la mirada en los hilos de la alfombra tejida bajo mis botas.

—¿ Jonas ? —Mi madre inclinó la cabeza hacia un lado—. ¿Estás bien?

—Tengo algo que debo deciros. A todos vosotros.

Sander cerró de un golpe su libro y se apoyó en el brazo del sofá, la preocupación surcando su rostro.

Mi padre no dijo nada, pero sus ojos se volvieron tinta negra, oscureciéndose hasta quedar vacíos de toda luz.

—Daj, por favor.

—Tienes miedo de contárnoslo. ¿Por qué?

Dioses, era increíblemente frustrante que tu familia pudiera literalmente conocer tus miedos. Dejé que mis hombros cayeran.

—Porque no os va a gustar escucharlo.

—Hijo —dijo mi madre con suavidad—. Sea lo que sea, siempre puedes contárnoslo.

—Este vínculo con el Eterno… sabéis que me obliga a protegerlos.

Mi padre frunció el ceño. Se cabreó —más bien, se enfureció— cuando se enteró de que yo estaría vinculado de por vida.

No soportaba nada que quitara un ápice de libertad.

Quedar atrapado por la oscura magia mesmer durante muchos ciclos cuando era niño había hecho que se pusiera como una furia ante cualquier cosa relacionada con la falta de libertad.

Solo después de explicarle una docena de veces que no se trataba de un vínculo forzado, y que simplemente surgía de la necesidad de hacer lo posible por ayudar a los elfos del mar, encontró algo de consuelo.

—El príncipe elfo desaparecido me ha dejado intranquilo. Sus ambiciones, la forma en que hablaba no solo del mar, sino también de nuestros reinos, no me dejan en paz.

— Jonas —dijo Sander —. Sabes tan bien como yo que el rey Eldirard dijo que su padre lo mantendrá a raya durante algún tiempo.

—El riesgo permanece. Si no fuera así, no creo que el vínculo…

me hiciera sentir así. —Mi estómago se encogió—.

Pero ya he descubierto cómo puedo protegerlos.

Ya he puesto todo en marcha, he enviado mis misivas y lo hago voluntariamente.

Por todos nosotros. No solo por Livie y Cantasangre, sino por nuestro pueblo y nuestros reinos.

— Jonas , dioses, estás empezando a asustarme. —Mi madre se inclinó hacia delante—. ¿Qué pasa?

Contuve la respiración hasta contar cinco.

—Convertirnos en parientes de los elfos de las sombras significa que su magia dejará de ser una amenaza. Tras su batalla fallida, el compromiso concertado con el príncipe puede ser impugnado por alguien de rango equivalente.

— Jonas …

Mi madre se interrumpió cuando negué despacio con la cabeza, suplicándole en silencio que me dejara continuar.

—Fui a ver al rey de los elfos de las sombras para pedirle la mano de su nieta. Para hacerla nuestra pariente. —Vacilé—. Y él aceptó.