La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

La serpiente

Nos saludaban desde los drakkars al otro lado del Abismo. Elegantes y estrechos, con gritos y vítores en la cubierta. La Nave Eterna, las velas azules de la nave de Gavyn y la lona cenicienta del barco de Narza rompieron la superficie de los mares de los elfos terrestres.

Hasta que se construyera la nueva nave de la Casa de las Espadas, Celine viajaría a bordo de la Nave Eterna, como siempre.

Junto a Sewell, Celine se encargaba de vigilar a Skadi . Todavía no confiaba en que la mujer permaneciera sola en el Eterno. Eldirard había firmado una alianza con nosotros en su nombre y en el de su nieta. No era una amenaza, pero la mujer… No la entendía y, hasta que lo hiciera, era un peligro.

Skadi se mostró bastante indiferente ante la idea de navegar por el Abismo. Aunque, a decir verdad, se mostraba indiferente ante casi todo. Se quitó la capucha de lana de su capa, dejando caer su cabello plateado, y contempló la línea de la costa, sin que su rostro mostrara la menor reacción.

Cuando las escamosas velas carmesíes de la Nave Eterna rompieron la superficie, los cuernos sonaron y la gente corrió hacia los muelles, las playas y las aguas poco profundas.

Desde que puso un pie en mi nave, nunca había visto al maestro de tierra tan lleno de expectación. No me habría sorprendido si Valen Ferus se hubiera lanzado por la borda para nadar a tierra firme.

Y eso fue exactamente lo que hizo cuando, desde una chalupa, vio el cabello pálido de su mujer aparecer entre las olas.

Livia inhaló con fuerza, todavía en cubierta, observando cómo su madre se recogía la falda de su vestido azul con una mano y se lanzaba a los brazos de Valen antes de que él emergiera por completo de las mareas.

Cayó hacia atrás, sosteniendo a su reina, devorándola con la mirada, sin importarle el constante vaivén de las olas sobre sus cabezas.

Livia se secó una lágrima de la mejilla.

—¿Alondra? —Toqué la parte baja de su espalda.

—Llegué a pensar que nunca volvería a verlos. —Un destello de culpa me atenazó el pecho, pero se desvaneció cuando Livia abrazó mi cintura—. No hay arrepentimientos, Cantasangre. Estoy en mis tierras natales, pero mi hogar está bajo el mar.

Le di un beso en la sien, con el estómago en un puño cuando Tait nos llamó para que subiéramos a los botes y llegáramos a la orilla.

Nos habíamos quedado intencionalmente atrás, sin querer entrometernos en los reencuentros. Se habían librado batallas codo a codo, pero las tensiones aún se sentían, aún se saboreaban, como manzanas agrias.

—¡ Livia ! —gritó Elise Ferus desde las aguas poco profundas cuando estábamos a mitad de camino a la orilla.

Valen cargaba al príncipe Rorik sobre su hombro, dejando que su esposa se abriera paso entre las mareas. Como su padre, Livia se preparó para saltar por la borda. Extendí la palma de mi mano, haciendo retroceder a las corrientes, brindándoles un suelo más firme para que corrieran.

Livia sollozaba, llamando a su madre. Elise era un poco más baja, pero acunaba la cabeza de Livia contra la suya, temblando. Una y otra vez, la reina del pueblo de la Noche se retiraba, secaba las lágrimas de su hija, reía entre las suyas propias y luego la estrujaba de nuevo en otro abrazo.

—¿Listo para esto? —susurró Tait .

—Para nada.

Cuando pisé tierra firme, el agua me llegaba a los tobillos.

Tait estaba a mi lado. Pasados unos instantes, Celine se colocó al otro lado con Portatormentas, su padre y la princesa elfa.

Detrás de nosotros, sirenas y cantoras, tritones y brujas, Narza e incluso Tavish , aguardaban una invitación para unirse a los elfos de la tierra en la orilla.

Aleksi estaba atrapado entre dos hombres. Aparté la vista al ver al hombre al que había salvado durante la guerra. Era un encuentro que haría todo lo posible por evitar. La vista no mejoró cuando me giré y vi a los gemelos saludar a su gente.

Jonas y Sander estaban esculpidos a imagen de su padre, altos y anchos, pero yo conocía a la reina de cabello rojo entre ellos. Una mujer que había rescatado a un niño roto de su tortura.

También la evitaría.

—¿Por qué me está mirando ese? —murmuró Tait .

Cierto, mientras la madre de Mira sostenía a su hija, un hombre, con un tatuaje de cuervo en el costado del cuello, fulminaba con la mirada a mi primo. No pude determinar si era sorpresa o desdén.

—¡Cantasangre! —Una tropa de jóvenes elfos, liderados por el príncipe Rorik , embistió contra la fila de elfos marinos.

Dioses. Pequeños.

El príncipe, con los ojos oscuros entrecerrados y lleno de determinación, empujó a una niña que iba a su lado.

Sus largas trenzas color canela revolotearon por sus mejillas antes de que tropezara y cayera de bruces al agua.

Rorik soltó una pequeña risa traviesa hasta que él también tropezó frente a mí. Lo sostuve bajo el brazo.

—Príncipe.

—Cantasangre —tartamudeó, quitándose el agua salada de los ojos—. ¿Puedo… puedo pilotar la nave? No dejes que lo haga Alva , pero… ¿puedo yo?

—¡Yo he preguntado primero! —La delgada niña se había recuperado y avanzaba hacia el príncipe, seguida de más jóvenes elfos.

—¡Cállate, Alva ! —gruñó Rorik —. Yo voy a pilotarla primero. Lo ha dicho Cantasangre.

— Rorik . — Livia sujetó a su hermano de la túnica, tirando de él hacia atrás—. Deja en paz al rey.

El niño gimió.

—Solo quiero pilotar la nave.

Mi alondra me miró, con un brillo en sus pestañas.

—Pareces incómodo, serpiente. ¿Dónde está el hombre enmascarado que me llevó lejos?

—Me temo que se topó con las hachas de tu padre y las amenazas de tu madre.

Livia tiró de mi mano.

—Vamos.

Tait se sacudió las manos, revisó su reloj de bolsillo y asintió.

—Ninguna amenaza.

—¿Qué pensabas ver, Caminacorazones? — Livia sacudió la cabeza y nos condujo hacia la orilla—. No hay peligro aquí. Ya no.

Alguien tiró de mi brazo libre hacia atrás. Rorik , con una mirada astuta en el rostro, tiró con fuerza suficiente para que me inclinara por la cintura.

—¿La nave? —susurró—. Me dejarás pilotarla, ¿verdad?

—Navegaremos. Y cuando lo hagamos, prepárate para enfrentar el viento.

El labio del niño se curvó, y luego salió disparado, persiguiendo a los demás pequeños en una carrera de regreso a la orilla. Una orilla bordeada de guerreros, reyes y reinas, y pocas sonrisas.

Era extraño cuánto había cambiado todo: cuando el maestro de tierra dio un paso adelante, sentí alivio. Valen me miró, luego señaló con el brazo los montículos que se extendían frente al fuerte.

—Elfos marinos, me han dicho que nos espera un banquete. Estáis invitados a nuestra mesa.

Criado para ser un rey brutal y abandonado a mi suerte a tan corta edad, no era de extrañar que el comportamiento regio no fuera instintivo para mí.

Tampoco lo era para Celine .

Se abrió paso entre las filas, empujando al rey del pueblo de la Noche a su paso.

—Ya era hora. Mis botas están empapadas y estoy hambrienta, maestro de tierra.

Livia se aferró a mi brazo y nos condujo tras la nueva dama de las espadas.

El gran salón estaba lleno, prácticamente igual que el día que nos colamos en él, aunque con menos veneno y menos cuchillas ocultas.

Las ovaciones estallaron, haciendo temblar la lámpara de hierro sobre las mesas, y los cuernos se alzaron cuando Valen y Elise hicieron su entrada. El rey del pueblo de la Noche quedó de inmediato rodeado por los suyos: manos golpearon antebrazos, espaldas y hombros en saludos efusivos.

Me aferré a la mano de Livia como un maldito necio, temeroso de soltarla hasta que nos indicaron que tomáramos asiento en las mesas repartidas por el salón.

Habría podido besarla, profunda y salvajemente ante todo su pueblo, cuando Livia nos acomodó junto a la realeza de sus dominios, pero también al lado de Sewell, Tait y los demás nobles marinos.

No quería que nos dividiera una línea, pero, aun así, agradecí que hubiese cierto equilibrio.

A mitad del banquete —de raíces especiadas, una bestia de sabor fuerte y arenque en escabeche—, el padre de Mira, el rey del tatuaje de cuervo, golpeó el borde de la mesa y señaló a Tait .

—Eso es. Ya recuerdo por qué conozco a este elfo. Destierro.

A su lado, la madre de Mira soltó una risa suave.

—¿Hasta ahora no lo habías reconocido, Ari ?

La reina tenía el cabello largo y espeso como el de su hija, aunque más oscuro, y mostraba algunas cicatrices, similares a las mías, que asomaban por el escote de su vestido.

—Malditos dioses. — Tait soltó un largo suspiro, haciéndose crujir los nudillos.

La princesa Mira pareció satisfecha con la repentina palidez de Tait , pero miró al rey del cuervo.

— Daj, ¿c onoces al primo del rey eterno? No sabía que os habíais cruzado antes.

—Nos hemos conocido —respondió el rey, tamborileando los dedos—. Es el muchacho al que desterré personalmente, devolviéndolo al mar. Veo que se le han ensanchado los brazos. La última vez que lo vi no era más que huesos y un poco de carne.

—¿Un momento…, el rey Ari te desterró, Caminacorazones? —Los ojos de Aleksi se abrieron de par en par—. Ari , nunca lo has mencionado, y te encanta presumir.

—Así es, Alek. Me temo que fue una época bastante caótica, y el recuerdo de mi grandeza se me escapó. —El rey hizo una mueca y se aseguró de que viéramos la daga dentada de hueso y oro que llevaba encima—. ¿No es así, hijo de Harald?

—Mi nombre es Caminacorazones —gruñó Tait .

— Ari —dijo la madre de Mira con un suspiro—. Nada de amenazas.

—¿Amenazas? Yo intimido, y lo haré cuanto me plazca, sobre todo cuando tenemos una hija condenadamente encantadora y merodean ladrones de princesas.

—Daj. —La voz de Mira tembló, no por inquietud, sino por una risa mal contenida—. Ellos nos han traído de vuelta.

—Cantasangre ha devuelto a su princesa raptada. ¿Cómo sé yo que el hijo de Harald haría lo mismo?

Tait palideció.

—No estoy aquí para raptar a nadie.

—¿Por qué? —Los ojos dorados del rey del cuervo se entrecerraron mientras se inclinaba hacia él—. ¿Tiene algo de malo mi hija, hijo de Harald?

—¿Qué? No. —El rostro de Tait ardió en un rojo intenso—. No he dicho eso.

—Entonces… ¿sí la raptarías?