La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

—Son tu familia, lo sabes, ¿no? —dijo Livia , tocando la tierra, con los ojos cerrados, invocando su magia de furia.

Soltó un suspiro suave cuando un nuevo brote verde surgió del suelo—.

Celine se preocupa por ti como se preocupa por Gavyn , y él hace lo mismo.

¿Pasaste tiempo con Tait después de la guerra?

—Rara vez —respondí, dejando que un matiz áspero se colara en mi voz—. A veces Gavyn lo traía sin decírmelo. —Alcé la mirada hacia Livia —. Me criaron para no tener corazón, amor, pero siempre quise que mi primo viviera.

—¿Por eso mataste a Harald? —Su voz era suave, como un susurro a través de un sueño.

No había miedo en su tono. Sin duda, ella ya lo sabía, solo quería escuchar la historia de primera mano.

Se la conté. Cada momento. Le describí cómo Harald se había aferrado a una cruel creencia tras la muerte de mi padre, cómo ansiaba la destrucción de los reinos de la tierra.

Nunca me permitió vivir un día sin recitar mi odio forzado hacia Valen Ferus .

Le conté los golpes que sufrió Tait . Cómo, cuando mi primo dormía, medio en el Otro Mundo, Gavyn me ayudaba a irrumpir en sus cámaras de la torre. Lo sanaba lo suficiente para que sobreviviera, pero no tanto como para que un Harald borracho sospechara de mi intervención.

Tait nunca lo supo. O si lo supo, nunca dijo palabra.

—Casi le rompe el cuello a Tait durante la guerra —dije, sin poder detenerme una vez que la verdad empezó a fluir—. Harald descargaba su ira por las vidas perdidas en la batalla sobre Tait . Yo no estaba allí.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

Hice una pausa.

—Sanando a tu tío —le dije, esbozando una rápida sonrisa—. Y amenazando a tu padre por si acaso, por supuesto.

—Por supuesto. — Livia puso los ojos en blanco.

—Un miembro de la tripulación intervino por Tait , insistiendo en que estaba protegido por los lazos de sangre del barco.

Eso le salvó la vida. Cuando regresé al campamento y supe lo que había ocurrido, algo terminó de romperse dentro de mí.

Cuando todos dormían, envenené a Harald y luego le corté la garganta para que nadie supiera que había sido yo.

Livia me había visto masacrar hombres. Me había visto torturar. Sabía que no se estremecería ante los detalles de la muerte de Harald, pero no esperaba encontrarme con su mirada empañada, como si le hubiera confesado haber salvado a cientos de pequeños indefensos de un incendio.

—Eres un hermoso monstruo, Erik Cantasangre —dijo, cubriendo mis dedos con los suyos manchados de tierra—. Bien, ¿qué más, además del asesinato, te da paz?

Me desplacé hacia un nuevo tramo de tierra, junto a un arbusto más salvaje.

—El mar. Sé que suena obvio, pero me siento vivo a bordo del barco.

—Lo vi —respondió ella—, incluso la primera noche que me llevaste a bordo. Tu semblante cambió.

—¿Cuándo te llevé a bordo? Qué manera de suavizar lo que hice, alondra. —Me reí—. ¿Es eso lo que le diremos a los pequeños algún día? ¿Que simplemente te llevé conmigo para embarcarnos en un viaje placentero?

Livia volvió a sentarse sobre los talones, con una sonrisa tímida en los labios.

—¿Pequeños?

Vaya, maldita sea. Ni siquiera me había dado cuenta de que se me había escapado.

Seguí dándole palmaditas a la tierra.

—Si tú quieres, claro.

—¿Lo que tú quieres no importa?

—Nunca te pediría tal cosa. —Sentí un cálido cosquilleo en la nuca—. Pero no negaré que estos endemoniados reinos estarían mejor si hubiese más como tú.

Livia vaciló, sonriendo mientras daba golpecitos a una hoja puntiaguda.

—Días futuros. Me gusta hablar sobre ellos contigo. Nos da más a lo que aferrarnos durante todo esto.

—Tú siempre me has dado eso, la ilusión de un nuevo amanecer. —Alcé la vista—. Cuando venías a leerme, esperaba todo el día a que aparecieras. Incluso cuando la ira me consumía, mantenía un ojo atento en el talismán, ansiando días futuros.

—Días violentos.

—Eso pensaba —reconocí—, pero ahora no estoy seguro de que no fueses siempre tú a quien esperaba.

En el momento en que te vi, mi plan de décadas se esfumó, Livia .

Cuando te llevé en nuestro pequeño viaje placentero, no después de secuestrarte, claro.

—Me reí y esquivé una ramita que me lanzó—.

Consumías mis pensamientos igual que cuando leías para mí.

Me dabas un motivo para reconocer que el día tenía partes buenas, para imaginar algo distinto.

Livia se deslizó por la tierra hasta que sus labios quedaron a centímetros de los míos.

—Imagina muchas cosas, Erik Cantasangre. Aún nos quedan mil ciclos por vivir.

Con las palmas manchadas de tierra, le tomé el rostro y la besé. Livia gimió y entreabrió los labios, su lengua rozando la mía. Jamás, ni una sola vez en los mil ciclos que nos esperaban, me cansaría del beso de esta mujer.

Livia me empujó hacia atrás. Siseé cuando me dio un calambre en la pierna. Sin pausa, como por instinto propio, su palma recorrió mi muslo, calmando el dolor. No separó sus labios de los míos mientras yo me recostaba, colocando sus muslos a cada lado mío.

Sus manos se dirigieron a la cintura de mis pantalones, y tiraron de los cordones. Mis palmas subieron por su piel tersa, por debajo de su camisón.

La puerta del jardín que conducía al dormitorio se abrió de golpe.

—¡ Erik , velas en el horizonte! —La voz de Celine rompió nuestra soledad.

Nos separamos torpemente. Livia tropezó con su camisón de noche; la sostuve del brazo y la puse de pie. Celine bajó los escalones hacia el jardín de dos en dos, corriendo hacia nosotros.

Respiró hondo por la nariz, señalando la oscuridad de la noche que se desvanecía.

—Velas negras… Guardahuesos… está aquí.