La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

Apliques clavados en la roca dejaban un rastro de luz dorada sobre nuestros cuerpos medio desnudos.

Charcos de agua cálida y cristalina lamían nuestros tobillos.

El aire húmedo nos acariciaba la frente, y en un instante parecía que ya habíamos pasado innumerables campanadas abrazados, fundidos el uno en el otro.

De vuelta contra las rocas, Erik desanudó mi vestido, dejando que se deslizara por mi cuerpo hasta amontonarse alrededor de mis tobillos.

Mi cabeza cayó en el suave hilo de agua que caía por las piedras, y Erik lamió las gotas que resbalaban por mi cuello descubierto, bajando por los contornos de mi clavícula y entre la hendidura de mis pechos. Pellizcó uno de ellos entre el pulgar y el índice, y el otro lo tomó entre sus dientes.

Jadeé, sujetándole por la nuca, deseando que me devorara por completo. Con una sonrisa traviesa y cruel, el rey eterno giró la punta de mi pecho entre sus dientes delanteros, ajustando la boca hasta que la punta afilada de su colmillo rozó el pezón.

Un grito escapó de mí ante el inesperado dolor vibrante, seguido de un placer ardiente que me recorrió.

Erik aplanó la lengua y lamió la gota de sangre de mi piel, luego besó y succionó, calmando la punzada.

Con la mirada —ahora de un negro intenso como el carbón y no ya de un rojo incandescente—, Erik dirigió su atención al otro pecho, mordiendo, besando y succionando mientras la mano rugosa masajeaba el que ya había sido consumido.

—Necesito que mi nombre resuene en cada rincón de esta cueva. Necesito estar dentro de ti pronto.

—No esperes, Erik .

Me besó de nuevo. No era un beso; era una dominación asombrosa y atenta. Sin separarse, se quitó los pantalones con un movimiento rápido, y luego clavó mis muñecas por encima de mi cabeza, presionando sus caderas desnudas contra mi centro ardiente.

Su boca se deslizó por mi garganta, siguiendo la curva de mi cuello. Mis pensamientos se disolvieron en sensaciones. Cerré los ojos y me entregué, dejando que mi cuerpo se moviera, se meciera, se frotara contra mi serpiente hasta que el calor se acumuló en mi vientre bajo.

Los labios de Erik se entreabrieron, y sus respiraciones eran ásperas, entrecortadas.

—Tan perfecta, alondra.

—Te necesito —supliqué, la mente envuelta en una neblina de deseo.

Un gruñido bajo emergió de su garganta, más grave que un bufido, un rugido oscuro. Esperaba que levantara mi pierna de nuevo sobre su cintura, tal vez que me tumbara sobre las piedras, usando mi vestido como único resguardo entre la roca y la piel.

En cambio, Erik me giró, apoyando mi mejilla y mis pechos contra las rocas.

—Dioses —murmuró, arrastrando boca y nariz por mi espalda, inhalando mi aroma—. Mírala. Caderas atrás, amor —susurró, poniendo mi parte inferior en el ángulo que deseaba—. Mantén las manos en la pared. No las muevas, alondra. Ni una sola vez.

Dioses, su voz, áspera como arena seca, encendió mi sangre de la coronilla a los pies. El choque del frío de la roca con el calor del aire y el cuerpo de mi serpiente me mareó, haciendo que los dedos de mis pies se arquearan.

Con su rodilla, Erik separó mis piernas.

Gemí cuando la punta de su longitud alcanzó mi centro.

Instintivamente quise arquearme hacia atrás; quise aferrarme a su cintura o sujetarle la nuca.

Cerré los ojos y apoyé las palmas con fuerza contra la pared, tal como él había exigido, hasta que las puntas de los dedos se pusieron blancas por la presión.

Erik rio, un sonido oscuro y denso que surgió de su garganta.

—Bien, alondra. Eso es.

Una de sus manos cubrió la mía sobre la pared. Entrelazó nuestros dedos mientras guiaba mi cuerpo para inclinarme y apoyarme contra él. Jadeé al sentir que su longitud parecía querer atravesar la piel de mi vientre, tan profundo había llegado.

Durante un instante eterno, Erik nos mantuvo así, inmóviles, nuestros cuerpos fundidos el uno en el otro.

Luego, retiró lentamente sus caderas hasta que su miembro casi salió por completo, y volvió a penetrarme con fuerza.

Clavé mis uñas en la pared de roca, sollozando ante la intensidad de la invasión.

La manera en que me llenaba, entera y perfecta, recorría cada fibra de mi ser como un deseo insaciable.

Erik embistió de nuevo. Su boca siguió la curva de mi espalda. No podía respirar, no podía moverme; ninguna parte de mí quería hacerlo, temiendo romper el delirio de sentir el cuerpo de mi rey reclamándome, poseyéndome, amándome con cada embestida brutal.

Su mano abandonó mi cadera y se deslizó por mis costillas, rodeando la base de uno de mis pechos. Tiraba de mi pezón al compás de cada movimiento. Respiraba su nombre entre jadeos.

—Ecos…, alondra —gruñó—. Quiero… que mi nombre llene… esta maldita… caverna.

Apretaba y giraba el pezón entre el pulgar y el índice, mientras sus caderas golpeaban las mías. Abrí las piernas, deseando que se hundiera más en mí.

—¡ Erik ! —grité su nombre, una y otra vez. Una punzada de placer se me clavó en el bajo vientre, descendiendo hasta mi centro.

Las embestidas de Erik se volvieron más frenéticas.

—Conmigo. Córrete conmigo.

Como si sus palabras tuvieran la llave a una parte oculta de mí que no podía hacer otra cosa que obedecer, una ola sobrecogedora me recorrió del vientre a la cabeza, y me hice añicos con el eco de su nombre resonando a dúo con el mío, que escapaba de su boca.

Erik se dejó ir después de mí, en un ataque de locura. Hizo girar sus caderas, estrechándose contra mi culo, arrancándonos una euforia compartida mientras se derramaba en mi interior, ardiente. Temblé, sonriendo cuando el exceso se deslizó por mis muslos.

Permanecimos quietos; Erik encorvado sobre mí, mi cuerpo lacio en su suave abrigo. Repartió besos por mi columna, mi cuello, y luego pegó mi espalda a su pecho mientras se calmaba y nos separábamos lentamente.

Con delicadeza, Erik me dio la vuelta y me sostuvo cerca. Enredé mis dedos en su pelo, besando su mandíbula, sus labios.

—¿Crees que se habrán dado cuenta de que nuestra ausencia se ha prolongado? —pregunté, refiriéndome, más concretamente, a un rey del pueblo de la Noche. Dioses, sin falta me perdía en el rey eterno y, de algún modo, fingía que mi padre no notaría ciertas cosas sobre su hija y Erik Cantasangre.

Al menos, Valen Ferus era lo suficientemente sabio como para no mencionarlas jamás.

Aun así, un calor me subió a las mejillas.

Erik besó cada lado de mi rostro.

—Dudo que alguien haya notado nuestra ausencia. Si acaso, pensarán que estábamos cansados y nos fuimos a dormir.

—Oh, sí, estoy segura de que los hemos engañado a todos —dije, sonriendo.

Me besó con dulzura.

—Bueno, si prefieres no volver y enfrentarlos, podríamos irnos a la cama. De hecho, apoyo este nuevo plan. Renuncio a la idea de regresar siquiera. A la cama, entonces.

Reí y le pellizqué las costillas, perdiéndome nuevamente cuando Erik me besó, primero con suavidad y ternura, y luego con la pasión y la necesidad que solo había sentido por este hombre.