La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

La serpiente

Las aguas verdes permanecían inalteradas, una sábana de esmeraldas sobre la arena blanca. La quietud y el color de la cala eran lo que más había amado mi madre. A veces, al pisar la estrecha playa, podía escuchar su voz, recuerdos lejanos que se aferraban a la mente de un niño pequeño.

«¿Puedes imaginarlo, amor mío? Estas aguas son como mirar a un mundo nuevo, un lugar lleno de aventuras maravillosas. Eso es lo que me gusta imaginar aquí: tú y yo, embarcados en un gran viaje por un mar lejano».

Había pasado muchas noches en ese lugar, soñando con esas aventuras después de la guerra, solo y lleno de rabia.

Estas costas siempre habían sido un recordatorio cruel de lo que se había perdido por mi culpa.

A decir verdad, pensé que quizá venía aquí a torturar mi propia cordura, como una penitencia por ser la causa de la muerte de mi madre.

Hasta que una persistente y hermosa alondra rasgó las últimas capas que cubrían mi corazón chamuscado, transformando esta cala —desde los muros de piedra erosionados por el viento hasta la arena de alabastro— en un santuario. Un nuevo lugar de recuerdos que atesoraría hasta mi último aliento.

Extendí la mano, guiando a Livia por un escalón cubierto de musgo que conducía a la playa. Valen estaba junto a Celine y, por instinto, extendió la mano para ayudarla.

Celine contempló la palma del maestro de la tierra durante un instante antes de que una sonrisa iluminara sus labios. Alzó el mentón con la elegancia de una dama de casa noble y aceptó.

—Muchas gracias, maestro de la tierra.

Tait se situó frente a la princesa Mira. Ella entrecerró los ojos, se recogió la falda y pisó la orilla por sí misma.

—No te preocupes, Hablacorazones. Puedo arreglármelas sola.

—No tenía intención de entrometerme —gruñó Tait —. Y es Caminacorazones.

Me adentré en el agua hasta las rodillas y pasé el pulgar sobre la punta de mi diente.

Los hechizos de las brujas a menudo requerían sangre.

Sin duda, Narza tendría algún truco preparado, así que no perdí tiempo cuestionándolo y dejé que unas gotas de mi sangre cayeran sobre la superficie cristalina del agua.

Un anillo de espuma se formó alrededor de las gotas, burbujeando y creciendo.

Retrocedí. Livia se agarró de mi brazo y miró por encima de mi hombro, con los ojos abiertos de par en par.

El agua se arremolinaba y burbujeaba, como un banco de peces atrapados acercándose a la superficie.

Pronto, el agua volvió a calmarse, pero el anillo seguía brillando tenuemente.

Livia apretó mi brazo con fuerza.

—¿Eso… son… voces?

Desde el agua, surgieron murmullos. Entrelazando los dedos, empujé suavemente a Livia hacia el agua y observé el anillo de espuma en la superficie. Un corto y jadeante suspiro se escapó de Livia , un sonido a medio camino entre un sollozo y una risa.

—¡Maj!

Allí, entre las ondas, apareció el rostro fragmentado de la reina Elise . La reina parecía mirar a través de un espejo en el suelo.

Me quedé boquiabierto, sorprendido; nunca había visto un hechizo así. Había muchas formas de hablar a través de las mareas, mediante la voz o los trucos de una bruja, pero ¿ver un rostro? Cuanto más aprendía de mi abuela, más me daba cuenta de lo poco que sabía de ella.

No era de extrañar que mi padre sintiera algo de miedo ante la señora Narza .

—¡ Livia ! —La voz de Elise flotaba como un eco en el viento, un sonido sacado de un sueño.

Aun así, era lo suficientemente clara. La reina extendió los dedos.

Su toque hizo ondular la superficie, distorsionando la imagen por un instante.

Cuando se estabilizó, la reina sonreía con los ojos entrecerrados, y si el agua no estuviera tan difusa, habría jurado ver lágrimas en sus mejillas—. Mi niña… realmente estás allí.

Elise sollozó y extendió las manos hacia Livia , desesperada por tocarla. Se detuvo antes de enturbiar de nuevo la imagen acuosa.

Livia se arrodilló en la orilla, con voz suave:

—Te he echado de menos.

Elise aspiró con fuerza.

—Te he echado de menos cada instante de cada día. Dime que estás bien. Dime que estás a salvo.

—Estoy a salvo —respondió Livia , alzando la vista y sonriendo—. Tan a salvo como puedo estar , Maj.

Elise se quejó cuando Rorik se interpuso.

—¡ Livie ! —dijo el muchacho, sin aliento—. ¡Maldita sea! Quiero decir… ¡hala! Te puedo ver. ¿Está Cantasangre ahí? Quiero mostrarle cómo puedo lanzar el cuchillo que me dejó. Ah, y mi daj …, también quiero ver a Daj.

Elise despeinó a su hijo y pidió, también, ver a Valen. Algo sorprendidos, el maestro de la tierra y Stieg se unieron a Livia al borde del reflejo espectral.

Elise soltó una risa al ver a su esposo, pero pronto se desató una encarnizada disputa entre el príncipe Rorik y su madre sobre quién tenía el privilegio de hablar primero.

Al final, Valen se conformó con observar a su hijo lanzar el cuchillo, sin revelar que en realidad no podía ver dónde caía fuera del hechizo proyectado sobre el agua.

—No vas a regresar ya, tal como yo desearía, ¿verdad? —preguntó Elise , con voz más suave que antes.

—Todavía no, mi amor. Quedan algunas batallas por librar aquí.

El rostro de Valen, cada vez que hablaba con su reina, distaba mucho del enemigo que yo había imaginado en mis recuerdos. Miraba a su esposa con la misma suavidad y asombro que yo esperaba demostrar ante su hija, en cada gesto y en cada mirada.

Valen y Stieg explicaron brevemente los planes de Larsson , su amenaza contra el Eterno, contra Livia . No le ocultaron los riesgos; el maestro de la tierra no protegía a su esposa de lo sombrío, la trataba como a su igual en el campo de batalla. Una reina guerrera.

—¿Todavía no has matado al rey eterno? —En la voz de Elise se percibía un atisbo de risa.

—Maj —se quejó Livia , tomando mi mano.

Valen me echó un vistazo por encima del hombro.

—No lo he hecho. Es extraño, pero el rey del mar casi termina cayéndote simpático.

Aparté la mirada, con ganas de volver al palacio para evitar otro medio cumplido. Sin embargo, me vi obligado a quedarme cuando Livia comenzó a hablar entre lágrimas con su madre y su hermano.

En medio de su charla, los dos padres de Aleksi se acercaron al grupo.

El príncipe comenzó con disculpas, como Livia , y pronto las palabras se tornaron en afirmaciones afectuosas, promesas grandiosas de regresar entero, y risas sobre las damas del pueblo de la tierra que ya habían acudido a sus padres para elogiar la valentía y audacia de su hijo frente a los horribles elfos del mar.

Jonas observaba las interacciones con su habitual valentía, pero el rostro del príncipe palideció cuando una voz profunda y áspera pronunció su nombre, seguido del de Sander .

Jonas agitó las manos y golpeó el pecho de su hermano.

—Está bien, hablas tú prime ro con Daj. Haz que se ablande un poco. Yo me encargo de Maj.

Al final, enfrentaron a sus padres y a su gente como uno solo. Su padre, aunque no vi su rostro, habló con voz ronca y grave, reprendiendo a sus hijos por su estupidez, mientras exigía que regresaran a casa para continuar regañándolos cara a cara.

Luego, Mira se acercó al agua. Su gente era más frenética, más caótica. Gritaban, maldecían, reían juntos, para repetirlo todo al instante siguiente.

El hechizo sobre el agua comenzó a desvanecerse y los miembros de la realeza se reunieron, lanzando apresurados adioses.

—Extraño, ¿verdad? —susurró Celine , acercándose a mí mientras Livia despedía a su madre entre lágrimas—. Hace no tanto, queríamos que todos estos tipos estuvieran muertos y enterrados. Ahora, es como si… siempre hubieran estado aquí.

—No te pongas sentimental, Cantamareas.

—Está bien —dijo Celine , levantando las manos—. No voy a terminar lo que iba a decir. Guardaré mis pensamientos sobre lo maravilloso que es ver estos cambios en el reino. Me morderé la lengua antes de atreverme a decir que sé que tú eres el rey que el Eterno necesita.

No la miré, ni aparté la vista del mar. Apenas incliné el mentón y murmuré:

—Sabia decisión. Mejor guardarte esos pensamientos.