La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

La alondra

Una bruma espesa me impedía ver con claridad, pero aun así reconocí los cristales de la ventana de la cámara del rey en la Nave Eterna.

Estaba sangrando, tendida sobre la suave colcha azul del lecho del rey.

Logré entreabrir los ojos lo suficiente para ver unas manos fuertes sobre mi piel empapada de sangre, limpiándola con ternura con un fino lienzo de lino.

Conocía esas manos. Me habían amado desde mis recuerdos más tempranos.

Intenté llamarlo, quise ver la risa que conocía tan bien en aquellos ojos oscuros, pero las palabras se volvieron ceniza en mi garganta y me hundí de nuevo en una negrura densa y embriagadora.

Cuando desperté de nuevo, no supe cuánto tiempo había estado dormida; solo que debía de haber sido mucho. Tenía los labios agrietados y secos, la garganta abrasada y desesperada por agua.

Entrecerré los ojos y miré a través del vidrio de burbujas. Mar —el hermoso Mar Eterno, de un azul cerúleo— me rodeaba por todos lados. Una bruma fantasmal flotaba sobre las crestas blancas de las olas, pero una franja de luz dorada estaba ahuyentando la noche turbia.

Un gemido suave se me escapó al rodar sobre el hombro. Junto a la cama había una palangana de barro y un aguamanil. Con manos torpes y urgentes, agarré el aguamanil y lo incliné contra mi boca, bebiendo y bebiendo, hasta que la lengua dejó de pegarse al interior de mis mejillas.

Cuando volví a dejarlo en su sitio, me sobresalté.

Allí, sentado en una silla de madera, con el mentón oscuro y cubierto de barba apoyado en la garra de su mano, estaba el primer hombre al que amé.

El rostro dormido de mi padre mostraba cansancio, pero seguía siendo fuerte como siempre.

Joven y, al mismo tiempo, envejecido por la preocupación.

Sus manos estaban manchadas de sangre —mía o suya, no lo sabía—.

Su respiración era regular mientras dormía, pero su cuerpo permanecía tenso, inquieto, como si estuviera listo para entrar en batalla ante el menor sonido.

Me incorporé, y el crujido de la cama hizo que abriera los ojos. Mi padre dejó caer el brazo y, durante un instante, recorrió la habitación con la mirada hasta que sus ojos se encontraron con los míos.

Un latido, y su rostro se contrajo. Dos latidos, y salió disparado de la silla. Tres, y sus brazos, seguros y fuertes, me rodearon, tal como siempre lo habían hecho.

Me aferré a su cuello, desesperada por contener el sollozo húmedo que me traqueteaba en el pecho.

— Livie —susurró contra mi cabello—. Dioses, cuánto te he echado de menos.

Mi empeño por mantener la compostura se resquebrajó. Más bien, se hizo añicos.

Me aferré a la túnica de mi padre y rompí a llorar.

Lloré por el dolor de haberlo extrañado a él y a mi familia, por el dolor que ellos debieron sentir.

Lloré sabiendo que había venido a buscarme, por la verdad que tendría que contarle y por cómo volvería a romperle el corazón.

Porque los quería a todos con una ferocidad inmensa, pero el Eterno era mi hogar.

Durante todo ese tiempo, Valen Ferus no dijo nada; simplemente me dejó llorar.

Me sequé los ojos.

—Daj … est ás aquí.

Tomó mi rostro entre sus manos, con una sonrisa húmeda en los labios.

—Siempre.

—¿Cómo… cómo es posible que siga viva? —pregunté. Apenas quedaban rastros de los cortes carnosos que habían surcado mis brazos cuando sentí que todos los huesos de mi cuerpo se hacían añicos.

Mi padre dudó un instante.

—Parece que a bordo de esta nave corre sangre con un poder curativo extraordinario.

Erik . Para sanar tanto, aquello debió de haber sido peligroso para él. Abrí la boca para preguntar por mi rey —necesitaba verlo, tocarlo, tenerlo ante mis ojos cuanto antes—, pero unas voces al otro lado de la puerta me interrumpieron.

—¿Hola? Ya hemos esperado lo suficiente.

Me llevé una mano al pecho. Reconocí ese tono burlón.

Unos cuantos chasquidos, unos segundos después, y la puerta se abrió de golpe. Una avalancha de cuerpos irrumpió tropezando, todos hablando a la vez, aunque una voz atronó por encima de las demás.

— Livia , quiero que conste que he luchado con más ahínco que nadie por volver contigo: primero herí a tu amante, en tu honor, por supuesto, luego complací a una encantadora Rave para liberarlo…, no se lo digas a mi madre, Valen, y espero el agradecimiento más feroz.

—Jo… —No llegué a terminar su nombre antes de que Jonas Eriksson se abalanzara sobre mí como una tormenta desatada. Me estrechó contra su ancho pecho y juraría que hubo un leve temblor en la forma en que soltó el aliento.

—Te he echado de menos, Liv —susurró.

Me quedé con la boca abierta, estúpida y atónita, cuando Sander fue el siguiente en abrazarme, mascullando todo lo que había estado estudiando sobre el Eterno, teorías sobre la isla que se desvanecía y sobre lo que le gustaría investigar después, antes de que Mira se abriera paso a empujones.

Me aplastó la garganta contra su hombro.

—No nos van a dejar entrar en un baile jamás —dijo, riendo entre lágrimas—. A menos que lo organices tú, claro. Reina.

Dioses…, lo sabían todo.

—¿V… vinisteis todos a por mí?

Jonas puso los ojos en blanco.

—Lo dice como si de verdad creyera que no lo haríamos.

—Es probable que me nombren traidor, o que al menos pierda mi posición entre los Rave, pero valió la pena.

En el umbral de la puerta, Aleksi sonreía, apoyando un hombro contra el marco.

Mi padre me ayudó a ponerme de pie. Cada articulación dolía, cada músculo protestaba, pero había un dolor agudo que ardía con mayor ferocidad en mi pecho, uno que no podría calmar si no lo encontraba pronto.

—Os quiero a todos —dije, vacilando—. Pero necesito…

—Allí fuera. —Mira señaló hacia la cubierta principal—. Quiero saberlo todo.

Miré a mi padre de reojo; parecía debatirse entre dejarme salir de su vista o no. Tal vez era egoísta por mi parte desear estar en cualquier otro lugar, pero cuando negó con la cabeza y me hizo un gesto para que fuera, mis pies no tardaron ni un segundo en obedecer.

La tripulación andaba ocupada con sus tareas. Al verme, inclinaban el mentón, sonreían, me saludaban con un suave:

—Bienvenida de vuelta, querida.

Hice lo posible por responder, pero mi pulso iba desbocado. Examiné los cuerpos, miré hacia el timón, desesperada por encontrar…

Unos ojos carmesíes se alzaron por encima del hombro de un hombre al que no conocía.

En aquellos ojos habitaba un hambre hermosa, devoradora, mía. El rey eterno llevaba la camisa desatada sobre el pecho, dejando al descubierto sus cicatrices y la tinta oscura de las olas sobre su piel.

—Estoy intentando fijar el hechizo. Quédate quieto —ladró órdenes el hombre alto que estaba frente a él.

Erik no le prestó la menor atención y se abrió paso con la fuerza de una docena de hombres.

No me encontré con mi rey con delicadeza. Mis brazos, mis piernas, todo mi cuerpo se enroscó en torno a él, obligándolo a chocar de espaldas contra la borda.

Erik me rodeó con los brazos y apoyó el rostro en la curva de mi cuello.

Su cuerpo descendió hasta la cubierta; yo quedé sentada a horcajadas sobre sus caderas, con su espalda apoyada contra el costado del barco y sus brazos firmes alrededor de mi cintura.

Aspiró profundamente. Sus manos se agarraron a mí con intensidad contenida.

Deslicé una mano entre su cabello y luego me aparté apenas lo suficiente para contemplar su rostro.

Lo atravesaban líneas severas, la cicatriz que cruzaba el labio superior y los colmillos alargados apenas visibles entre los labios entreabiertos.

Su pulgar rozó mi mejilla, una vez, dos veces, y luego su boca se precipitó sobre la mía.

No había dulzura ni delicadeza en aquel beso: estaba cargado de deseo, de la urgencia de un anhelo contenido demasiado tiempo.

Sus labios reclamaban los míos una y otra vez, fundiéndose en un beso tras otro en un ritmo que no admitía pausas.

—Alondra —murmuró contra mi cuello, en voz baja, casi un gruñido.

Mis dedos se deslizaron bajo el escote de su camisa, recorriendo las cicatrices de sus hombros, de su espalda, deleitándose en el calor de su piel después de tanto tiempo sin él, mientras me preguntaba si alguna vez volvería a sentirlo así.

Erik se estremeció y me atrajo con más fuerza hacia su cuerpo, profundizando el beso.

Su lengua rozó la mía. Dioses, su sabor. Sal y fuego, todo colisionó en mi boca, y dejé escapar un gemido. No podía tener suficiente.

Hasta que alguien se aclaró la garganta.

Nos separamos, su frente apoyada en la mía, nuestras respiraciones agitadas componiendo una canción entre los dos. Erik no apartó la mirada; me sonrió. Una sonrisa auténtica, la vista más hermosa.

—Quiero decir que asesinaré a quienquiera que nos haya detenido —susurró—, pero apenas puedo reunir una gota de ira contigo aquí.

Sus palmas recorrieron mi cabello, mi cuello, mis hombros, como si estuviera demostrando la verdad de sus palabras.

Besé la curva de su mandíbula.

—No deseo estar nunca en ningún otro lugar.

—Buenos infiernos. Son horribles —gruñó Jonas a nuestra espalda, provocando algunas risas.

Entonces me di cuenta de que mi padre había sido un espectador involuntario de mi momento de pasión. Y, además, Stieg también estaba allí, por todos los dioses. El rostro se me encendió. Me aclaré la garganta y me aparté del regazo del rey eterno.

—¡ Erik Cantasangre! —Le di un manotazo en las costillas. Sangre fresca empapaba su túnica—. ¿En qué estabas pensando?

El hombre alto siseó una maldición.

—Esta es la última vez que te coloco esta maldita venda. Si tu horrible sangre me mata, que sepas que mi compañera irá a por ti por haber privado a mis hijos de su padre. Catriona es bastante hábil con los hechizos, y no se contendrá siquiera ante la realeza.

—¡Si vas a seguir gimoteando, deja que lo haga uno de nosotros, los tripulantes! —gritó Devoracráneos—. Mientras estemos en nuestra nave, estaremos a salvo.

—No. Ahora esto se ha convertido en un desafío que debo superar, imbécil —replicó el hombre, hurgando de nuevo en la herida de Erik .