La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Pero ese tal Hesh … —murmuró Jonas , acariciándose la barbilla—. ¿Sospechas que estaba intranquilo?

—Es el Navegante Supremo de la flota del reino, un hombre de guerra. Vive para la batalla, el acero y el poder. No quiere que el Eterno cambie, así que no, no le agradó en absoluto.

—Entonces ya despierta mis sospechas —dijo Jonas .

El príncipe podía alimentar todas las sospechas que quisiera, pero hasta que encontrara a mi reina, cada casa del Eterno era culpable por defecto, y solo probarían su inocencia al arrodillarse a sus pies.

La luz de las velas en los apliques bañaba las paredes de la Torre, castigadas por el mar, en un resplandor dorado. Conchas y piedras le daban un aire extravagante a los restos y al polvo acumulado en la entrada de la taberna.

— Pesha es quien mejor conocía a Larsson .

Suele quedarse cerca de las salas principales —dijo Tait —.

Pero podría estar en la casa de las damas.

Tendremos que enviar a Cantamareas a buscarla.

Mejor aún: mandemos a la princesa. Me encantaría ver a una real consentida poner un pie en esas habitaciones.

—¡Hablacorazones! —gritó Mira—. Tomarme por una princesa mimada que juega con cuchillos de cristal será un error monumental.

—Caminacorazones —rezongó Tait por lo bajo—. Mándala a la casa de las damas, Erik . Te lo suplico.

—Primero vamos a la taberna —dije—. Portatormentas.

—Sí, mi rey. —Los hombros anchos de Portatormentas se abrieron paso rápido entre la tripulación. Inclinó la cabeza mientras ajustaba el parche sobre su cuenca izquierda—. ¿Cuál es la orden?

—Mantén a los hombres cerca del barco. Informa a Tavish que estaremos en la taberna y que, si alguien encuentra a Pesha , me la traiga.

Portatormentas se llevó dos dedos a la frente en un saludo sencillo y luego ladró las órdenes al resto de la tripulación.

Dentro de la taberna principal, la sangre me ardió.

No hacía tanto que había probado por primera vez a mi pajarilla entre estas paredes.

Sus suspiros, el dulzor de su piel en mi lengua, la forma en que enredó mis cabellos entre sus dedos delgados para reclamar lo que quería…

Era un recuerdo que no pensaba olvidar jamás.

Por todos los dioses, necesitaba tenerla de nuevo en mis brazos.

El aroma salado de las raíces de las calas y las hierbas secas de las orillas se entremezclaba con el olor de cuerpos sudorosos y llenos de deseo.

Las puertas de las habitaciones con catres y mantas ásperas de arpillera estaban cerradas.

Llenas. Cada espacio ocupado por marineros y por el cuerpo que hubieran elegido amar esa noche.

Me volví para advertir a la realeza sobre la inminente depravación —no necesitábamos más miradas sobre nosotros—, pero Mira avanzaba entre la multitud con Sander y Aleksi, completamente indiferente al caos.

Jonas , en cambio, se perdió enseguida; charlaba con una de las muchachas de la taberna que limpiaba una mesa.

La mujer se recogió tras la oreja su cabello liso y llamativo.

Medio sirena, apostaría, por esos labios carmesí y la forma en que seguía tarareando mientras rozaba la piel sobre el corazón del príncipe.

—Dioses. — Tait lo agarró del brazo—. ¿Eres de la realeza o no?

Jonas le guiñó un ojo a la muchacha y siguió a Tait .

—Mis padres eran ladrones. Aún lo son, en el fondo. Sander y yo nos sentimos más cómodos entre rufianes. Esto es como volver a casa.

—¿Ladrones reales? — Celine puso los ojos en blanco—. No me lo creo.

—Créelo —dijo Sander —. Nuestro «tiempo en familia» consistía en tramar locuras para conseguir cualquier cosa: un pastel de miel de las cocinas, un libro de historias nocturnas del archivo, un modo nuevo de colarnos en el mercado.

—Nuestro padre aún no ha aceptado que es un rey, ¿verdad, Alek?

Aleksi asintió, riendo por lo bajo.

—De donde nosotros venimos, los miembros reales no son tan rígidos ni tan dados a la grandilocuencia como los vuestros, Cantamareas. Quizá por eso Livia te resulta más cercana que él.

Celine se mordió el labio para contener la risa y sacó una silla de una de las mesas grandes.

Si Harald estuviera aquí, me exigiría arrancar un pedazo de carne a cada uno de ellos. No se tolerarían actitudes despreocupadas durante una misión. ¿Cuántas veces me arrojó al suelo, gritándome que debía ser despiadado, hasta que su saliva me corría por la cara?

¿Cuántas veces demostró cómo debía comportarse un rey siendo brutal con Tait ? Era su modo de asegurar mi obediencia: torturar a mi primo hasta que yo cediera para que su dolor terminara. Y, de paso, dejar claro lo débil que era.

Si un padre podía quebrar a su propio hijo, ¿por qué un rey no habría de quebrar a sus súbditos?

Resultaba inquietante observar cómo la realeza del pueblo de la tierra era capaz de burlarse y provocarse entre risas, para al instante siguiente volverse afilada y peligrosa.

Yo no era ligero ni dado a la jovialidad, y no me importaba.

Livia , en cambio, podía arrancarme una risa, una sonrisa. Nadie más necesitaba eso de mí.

Pese a todo, supe entonces que Harald estaba equivocado. La lealtad se construye sobre el respeto y la confianza, jamás sobre el miedo.

La taberna estaba iluminada por velas de sebo que ardían en el centro de las mesas mugrientas, mientras las cartas de papel y las fichas de madera repiqueteaban contra ellas.

Las armas chocaron entre sí cuando los demás dejaron sus hojas sobre la mesa.

Yo, en cambio, permanecí de pie, atento, vigilando el lugar.

En distintos rincones, mujeres de faldas ondulantes se acomodaban en los regazos de hombres absortos en el juego, mientras otros se inclinaban para besar los cuellos de sus compañeras junto al mostrador.

Algunas miradas se cruzaron con la mía; tras un leve gesto de respeto, se apartaban de nuestra mesa como si esta ardiera.

—Mi rey, bienvenido. Siempre es un placer servir a la Nave Eterna. —La patrona de la taberna llegó contoneando sus caderas generosas hasta nuestra mesa—. Ha llegado el mejor vino de pera salvaje desde las islas de Cristal. ¿Una ronda para tus muchachos?

Celine carraspeó.

La patrona resopló.

—Y para vuestras delicadas damitas, claro está.

Un siseo se escapó entre los dientes de Celine al mismo tiempo que lanzaba uno de sus cuchillos. La punta se clavó en la pared de listones de madera, a un dedo de la oreja de la patrona.

—Ah, qué modales, muchacha. —La mujer apenas pestañeó y arrancó el cuchillo de la madera. Señaló con él a Celine —. Recuperarás esto cuando te largues de mi taberna. Ni un instante antes.

Golpeé la mesa con la palma abierta.

— Mariope . Necesito a Pesha . ¿Está aquí esta noche?

—Ah. No sabía que andabas buscando compañía, mi rey.

— Pesha , mujer. ¿Dónde está?

Mariope se agitó y pasó un paño deslucido por la mesa, como si frotar le aliviara los nervios.

—Estuvo visitando la aldea al caer la tarde. Seguro que ya ha vuelto.

—Mándala llamar.

La mujer inclinó la cabeza y se alejó.

—¿Quién es Pesha ? —preguntó Aleksi.

—La compañía favorita de Larsson cada vez que atracábamos.

Una ronda del vino prometido llegó a nuestra mesa justo cuando Pesha entró en la taberna. Sus rizos dorados coronaban su cabeza, sujetos con flores silvestres de los arbustos cercanos a la costa. Su piel, tostada por el sol, brillaba bajo un exceso de polvos, y sus labios rojos relucían.

Alisó su vestido azul marino, bajando el escote hasta que se hundió entre sus pechos, y posó una mano sobre mi hombro.

—Rey Erik . Me dijeron que solicitaste mi presencia. Es un honor, mi señor.

Intentó avivar mi ego, pero el temblor de su voz la delataba. Sin duda, sabía de mis cicatrices y de los rumores sobre mi supuesta brutalidad con mis amantes.

Aparté la silla a mi lado.

—Siéntate, Pesha . Estoy aquí por tus palabras, no por ti.

—No… —El rostro de Pesha se encendió—. Mi rey, con todo respeto, tengo que ganarme la moneda como todos. Tengo un encuentro en un toque de campana y, si esto se alarga…

Tait dejó caer sobre la mesa una bolsa de cuero de cerdo repleta de monedas de cobre y fichas de plata.

—Siéntate.

La mujer obedeció, aferró su nueva bolsa y la escondió entre el busto de su vestido. Con una sonrisa amplia, dejó relucir sus dientes afilados como agujas.

—Bien, ahora que está todo en orden, ¿en qué puedo servirte, rey Erik ?

—¿Has oído algo de Guardahuesos últimamente?

Las pestañas espesas de Pesha aletearon sobre sus ojos como alas.

—Oh, Alteza… no lo he visto desde hace tiempo. Pero… —hizo una pausa— he estado en compañía de algunos hombres que han estado enmarañados con mi Guardahuesos. No estoy segura de recordar todo lo que pudieron haber dicho.

Con una mueca coqueta, Pesha sacó una moneda de la bolsa y la hizo rodar entre el pulgar y el índice.

—¿Te atreves a guardar secretos? Hablas con tu rey, mujer —dijo Tait , la voz grave y espesa.

—Lo sabe —reí, con una clase distinta de malicia, y pasé el pulgar por la punta de uno de mis colmillos hasta que una gota de sangre afloró.

Pesha trató de apartarse de la mesa. Ya me lo imaginaba. Le sujeté la nuca y acerqué su rostro pintado al mío.

—Querida Pesha … ¿quieres saber qué espero de ti?

Ella cerró los ojos, temblando, y dejó escapar un gemido cuando marqué su mejilla con mi sangre.

Apreté más los dedos sobre su cuello.

—¡Respóndeme!

—S-sí… —sollozó—. Sí, mi rey. ¿Q… qué… qué es lo que esperas?

—Espero —dije, acercando mi rostro al suyo— que cuando pregunte algo, algo como dónde está mi reina… lo respondas. Verás, estoy cansado de mentirosos, tramposos y traidores. No tengo paciencia para esa ralea, y prefiero sacarlos de mi reino que negociar.

Bajé la voz hasta un susurro y hablé directamente en su oído.

—¿Comprendes?

Pesha asintió con un temblor.

—S-sí, mi rey. Sí.

La solté, dejándola a un brazo de distancia.

—Bien. Ahora dime lo que sabes.