Capítulo 13
La alondra
Las voces retumbaban a la vuelta de la esquina, como marea que avanza lenta, dispuesta a tragarme entera. Mi corazón se me pegó al fondo de la garganta, latiendo con cada paso que daba por el corredor.
—Aquí. — Gavyn me empujó por el hombro, metiéndonos pecho con pecho en un estrecho hueco a diez pasos de una escalera en espiral.
Habían tallado hendiduras en las paredes, una especie de espacio de almacenamiento. En cada nivel se alineaban viales, canastos de cuerda y bolsas de cuero llenas de hierbas aromáticas.
—Ponte detrás del cesto —ordenó Gavyn con un siseo entre dientes.
No me dejó tiempo para protestar antes de doblar y girar mis extremidades como si estuviera hecha de cuerda. Un murmullo suave, casi tierno, quebró el silencio justo antes de que Gavyn se transformara en un pequeño charco, tras extraer un poco de humedad del musgo de las piedras.
Era bastante asombrosa la poca agua que necesitaba para fundirse con las mareas, y no era de extrañar que muchos elfos del mar sintieran cierto temor por un buscador.
Los pasos se unieron a las voces. Pesados, atronadores, como si ya me pisotearan el cráneo. Todos mis sentidos se agudizaron, ardiendo y helándose de una respiración a la siguiente. El miedo luchaba con la ferocidad; el pánico chocaba con la determinación.
—Dije lo que dije —gruñó un hombre con la voz áspera de quien ha abusado demasiado del humo de hierbas fuertes. Sonaba doloroso, como si cada palabra le costara un gran esfuerzo—. Un tipo apareció de la nada, y luego no fue más que agua cada vez que intentamos cortarlo.
Otra voz gruñó y resopló.
—¿Tienes algo del vatska de Idun en la sangre? Preparó un lote nuevo hace tres amaneceres y…
—Conservo el juicio, imbécil. Te lo demostraré…
Contuve el aliento, llevándome una mano al corazón como si pudieran oír el latido contra mis costillas, cuando dos guardias vestidos de oscuro pasaron a toda prisa junto al hueco.
No salí de mi escondite hasta que el agua del suelo comenzó a arremolinarse y agitarse, formando a Gavyn como si fuera una estatua tallada en el mar.
—Ven, deprisa. —Me agarró la mano de nuevo y me arrastró al corredor—. Estamos en un promontorio rocoso. Este palacio o fuerte, o lo que sea, parece construido en parte dentro de una ladera, como el palacio de la ciudad real.
Gavyn me apremió a pegar la espalda a la pared y me tocó la muñeca hasta que saqué la punta de la daga.
—Debajo hay un bosque. Tenemos que llegar a la orilla.
—De acuerdo —dije en jadeos tensos y ásperos—. Ya atravesé el bosque con los elfos antes. Creo… creo que podría guiarnos otra vez.
—Puede que tengamos que derramar más sangre. — Gavyn se detuvo cuando alcanzamos el último escalón—. ¿Estás conmigo, Livia ?
Lo que quería decir era: ¿seré capaz de soportarlo? Podía quedarme allí, dejando que el miedo y la inquietud me paralizaran hasta que Larsson me encontrara, o podía alejarme lo suficiente para hallar un camino de vuelta a Erik .
«Eres la reina eterna».
Hice girar la daga como me enseñó mi tío Tor .
—Estoy lista.
Gavyn pateó la puerta que daba a un vestíbulo abierto que conducía al exterior y, como era de esperar, nos recibieron nuevas hojas.
Los guardias eran lo suficientemente pocos como para darnos una oportunidad de escapar, pero tres hombres contra dos seguían siendo una barrera que quizá no cruzáramos intactos.
—¡La elfa se ha soltado! —gritó un hombre.
El acero salió de las vainas. Las espadas élficas eran anchas, delineadas en bronce y plata desde la empuñadura hasta la punta. Cada una parecía forjada para su portador y era tan imponente como letal.
Los ciclos entrenando con mi padre, mis tíos y el primer caballero de nuestro reino me habían dado cierta destreza y rapidez, que empleé contra el guardia más cercano.
Con un movimiento ágil, él usó su brazo grueso para bloquear mi golpe, desviándolo hacia un lado.
Con una mano, me agarró del cabello y me estampó contra la pared.
Antes de que pudiera rematarme, Gavyn hundió la punta de su arma en la columna del elfo.
El señor de los huesos le tapó la boca para ahogar su grito y luego le torció la cabeza con un crujido atroz.
El guardia se desplomó, el cuello torcido en un ángulo imposible.
Recogí mi daga del suelo y corrí tras Gavyn , que se convirtió en bruma en una respi
ración, solo para materializarse en la siguiente, directamente detrás de uno de los guardias restantes.
Sin emitir sonido alguno, Gavyn abrió su garganta de un tajo.
El otro hombre se volvió hacia mí. Sus ojos se engancharon en los míos, ámbar con hebras rojas, como un cielo incendiado.
Casi elfo del mar, casi elfo de tierra…, pero la perfección afilada de su mandíbula, el tono suave y bronceado de su piel, el brillo oscuro de su cabello demostraban que era un elfo.
Me dejé caer al suelo, a la altura de la pequeña lámina que protegía su sexo, el punto donde las correas de cuero de los muslos se unían a las protecciones del vientre y la cintura.
Un lugar vulnerable. Mi padre, mi madre, Sewell, Erik …
las formas en que todos me habían enseñado a ser rápida y certera se agolparon en mi mente.
Me aparté del borde de su espada y hundí la punta de mi daga en el lugar en el que la pierna se encuentra con el torso. Un chorro de sangre brotó de la herida, empapándome los dedos.
El guardia aulló de dolor y cayó de rodillas. El acero chocó contra la piedra con un estruendo violento cuando su espada se le escapó de las manos. Liberé la daga y, con la cabeza del guardia inclinada, le clavé la punta por la parte trasera de la garganta.
El guardia bufó y escupió sangre. Un latido, dos… y se desplomó de bruces en el suelo.
Retrocedí, arrastrándome, el carmesí caliente y pegajoso manchando mi camisón.
— Livia . — Gavyn cayó de rodillas frente a mí, sus manos recorriendo la falda—. ¿Es tuya?
Negué, tragando aire hasta que el corazón empezó a calmarse.
—N-n-no estoy herida.
Satisfecho con mi respuesta, Gavyn volvió a aferrarme la mano y nos lanzó de nuevo hacia el bosque.
Nuestros pasos eran rápidos y pesados, golpeando las tablas de las pasarelas entrecruzadas. Al cabo de un tiempo, Gavyn ignoró mis protestas por mantenernos en el sendero; insistía en que podía «saborear» el mar en el aire, y se lanzó por el bosque salvaje.
A nuestro alrededor crecían árboles frondosos, helechos con hojas negras y brillantes que parecían fragmentos del cielo nocturno.
Cuanto más avanzábamos, más arbustos aparecían, con espinas gruesas como dedos.
En cada rama colgaban jugosas bayas ámbar a punto de estallar.
El aire se volvió más denso, saturado de perfumes florales, luego mezclado con un deje de sal y un sabor a arena.
Mis piernas ardían, y mis pulmones parecían a punto de estallar en llamas cuando Gavyn redujo el paso y nos guio entre dos árboles cuyas raíces retorcidas se extendían como anguilas agitándose en la superficie del mar.
En silencio, Gavyn se asomó por un saliente.
—La orilla no está lejos, pero si bajamos quedaremos expuestos.
—Entonces corremos rápido —respondí.
Los dientes de Gavyn brillaron, pura ferocidad.
—Como digas, mi reina.
La ladera era rocosa y serpenteaba alrededor de árboles encaramados al borde de barrancos profundos.
Avanzábamos más despacio que antes, pero conforme los árboles se dispersaban, mantuve la vista fija en el vidrio negro del mar, como si pudiera ver velas carmesí acercándose.
El aire frío me cortaba las mejillas; un viento traía consigo el olor de hojas húmedas y corteza, y un extraño parpadeo de luces verde espuma titilaba entre las copas, como estrellas. Los destellos surgían cuando estaba a unos cinco pasos de distancia, y se apagaban en cuanto pasaba junto a ellos.
Como un poco de magia guiándome hacia delante.
Casi como imaginaba a las estrellas guiando a Fuego de la Noche hacia su amor perdido en el cielo.
El pensamiento insufló nueva vida en mis pulmones; lo tomé como una maldita señal de las Nornas del Destino, indicándome que este era mi camino para encontrar el amor que otros me habían arrebatado con su crueldad.
Cuando el viento se espesó con un leve toque de sal y musgo, las lágrimas se me escaparon de las comisuras de los ojos.
El mar. Olas suaves rompían sobre grandes bancos de arena curvos cubiertos de pequeños cristales, de modo que cada vez que la marea los cubría, la playa parecía un reflejo de las estrellas del cielo.
—Deprisa —me apremió Gavyn .
Mis pies descalzos levantaban arena con cada paso furioso.
—Será incómodo —advirtió Gavyn sin mirarme—. El desplazamiento. Mi hermana dice que sientes pequeños cortes de una hoja durante el viaje.
Me daba igual si parecía que me arrancaban los huesos del cuerpo. Si podía salir de aquí, si podía volver a los brazos del rey eterno, atravesaría los tres infiernos sin una sola queja.
Desde la torre del palacio, una campana —estridente y furiosa— estalló en medio de la noche. En la oscuridad, gritos, cuernos y más alarmas resonaron por todas partes.
—Prepárate —gritó Gavyn . Sus pasos pesados rompieron la orilla.
Mi cuerpo salió despedido hacia atrás. Durante demasiadas respiraciones agónicas, pensé que la piel se me derretiría sobre los huesos. El sabor metálico de la sangre me llenó la lengua. Una neblina hirviente me nubló el cerebro. Parpadeé a través del aturdimiento y oí gritos amortiguados.
Allí, con el agua hasta las rodillas, Gavyn embestía con el hombro contra una barrera invisible, como si intentara derribar una puerta.
— Livia , me está empujando hacia atrás. No puedo atravesarla.
El miedo habitaba en la sombra oscura de sus ojos. Intenté correr de nuevo hacia la orilla, pero una descarga de fuego me atravesó el brazo. Caí hacia delante y aspiré arena húmeda. La sangre goteaba de mis palmas. Por el aspecto de la carne, parecía haber hundido los puños en brasas encendidas.
— Gavyn . —Mi voz se quebró—. No puedo irme. No… no puedo seguirte.
—No. —Su voz sonó como si hubiera quedado sumergida bajo el agua—. No. Inténtalo otra vez.
Le mostré las palmas destrozadas.
—Es el hechizo. La elfa me dijo que… que es mortal, Gavyn .
Sus labios se torcieron, como si quisiera gritar su rabia, maldecir la maldita suerte o rogarme que lo intentara de nuevo.
—Vete —pedí con suavidad.
Él negó con la cabeza.
—Por favor, Gavyn . Encuentra a Erik . Yo buscaré la forma de romper este encierro. Haz tu parte y tráeme a mi rey, y yo haré la mía.
—No puedo dejarte —dijo, golpeando con los puños la pared invisible que nos separaba.
—Sí puedes, y lo harás. No tenemos otra opción.
Su mandíbula se tensó. Una rabia roja y cruel se dibujó en los rasgos amables de su rostro. Lanzó otra maldición con un rugido.
—Escóndete. Por mucho tiempo que debas hacerlo, no dejes que te encuentren. Prométemelo.
—Conozco bien los caminos de la tierra, señor de los huesos.
—Más te vale. —Y por fin Gavyn se desvaneció entre las mareas.
—Serpiente, te amo —susurré desde lo más profundo de mi pecho, aun sabiendo que jamás llegaría hasta mi rey.
Las campanas de alarma seguían sonando en la noche. Pronto la orilla se llenaría de guardias o, peor aún, llegaría Larsson . Me aparté de las negras mareas vacías y corrí hacia las sombras del bosque.