La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

—Le prometí a Livia que, si el hombre que bailó con ella en el baile de máscaras la lastimaba, le cortaría la polla. Y espero que lo tengas claro, Cantasangre: cumplo mis promesas.

—Cuidado con lo que dices, Mira —intervino Jonas , pasando un brazo por los hombros de la mujer—. Alek cree que esa podría ser la parte favorita de Liv del Cantasangre ahora mismo.

—Estos son los grandes herederos de los reinos de los elfos de la tierra, rey eterno —murmuró Alek, poniendo los ojos en blanco.

Un crujido de pisadas sobre la grava anunció la llegada de alguien más. Retrocedí hacia la penumbra instintivamente al ver una figura con capucha acercarse.

— Sander —murmuró Jonas con prisa—. ¿Está hecho?

El recién llegado se quitó la capucha y reveló un rostro muy parecido al de Jonas , con el mismo kohl que enmarcaba unos ojos color verde musgo. Luego guardó un libro de tapas de cuero en el cinturón.

—Dormirán hasta bien entrada la mañana. Y sabes que Ash nos matará por dejarlo fuera de combate así.

— Ash no me preocupa —replicó Jonas —. Pero Tova… es muy rencorosa.

No conocía a esa gente. Ni falta que me hacía.

El príncipe Sander se plantó frente a mí.

— Junie dijo que decía la verdad, ¿cierto?

—Eso dijo —respondió Jonas , cruzándose de brazos, con la boca tensa, como si no terminara de aceptarlo.

—Da gracias por que la catadora de mentiras se tomara la molestia de oírte, Cantasangre —dijo Sander —.

Hemos puesto elixires para dormir en la cerveza de quienes prácticamente nos vieron crecer.

Ahora dependemos de que seas tú quien nos conduzca hasta Liv .

Sabemos que no podemos aguardar a un consejo y, créeme, si nuestros padres y los de Mira llegan antes, también tendrás que encararte con su ira.

Y lo único que lograrán será retrasarlo todo.

—Pensé que a todos os encantaría algo así.

—Créeme, nos encantaría —respondió Jonas —. Pero Sander encontró cierta información sobre esto del vínculo de corazón. Parece que debió de ser intenso…, es decir, que de verdad te importa Liv , si logró hacerte sangrar de ese modo. Y luego, con la garantía de Alek…

—Que deberían haber creído desde el principio —interrumpió el aludido.

—Mira, llevo semanas esperando que Valen haga pedazos a este bastardo —dijo Jonas —. Y ahora me has arrebatado el único placer que tenía, así que deja de quejarte.

—Puedo mantener la ilusión unos momentos más para despistar a los Rave —gruñó Mira—. ¿Queréis quedaros aquí charlando como idiotas, o nos vamos ya?

Por primera vez, comprendí que aquella espesa neblina no era real. No había rastro de sal en la lengua. Era una ilusión. Los dedos de la princesa temblaban, y gotas de sudor perlaban su frente.

—¿Conocéis vuestras posiciones? —preguntó Jonas .

Los tres herederos asintieron. Aleksi chocó el dorso de su mano contra mi pecho.

—Mantente en las sombras, Erik .

Se subieron las capuchas una vez más y rodearon la torre, avanzando hacia una pequeña plaza escondida en la parte trasera de la fortaleza.

Había establos con techos de paja, montones de heno e hileras de avena seca. Armerías repletas de hachas, espadas y escudos rodeaban la plaza, y cajas llenas de tubérculos y peras dulces yacían cubiertas con lienzos, listas para el mercado matutino.

Sombras de guardias corpulentos, armados con lanzas y hojas, se mecían a la luz de las antorchas sobre los muros de piedra.

—Rave —susurró Alek.

Nos ocultamos todos entre un corral de cabras y el establo, donde criaturas extrañas —como una versión más robusta de los horthane, con pezuñas y largas colas agitadas— resoplaban inquietas.

Presioné un puño contra el músculo agarrotado que se me encogía bajo la cadera, y mordí el interior de mi mejilla cuando sentí que el calambre podía partirme el hueso. Contuve el aliento mientras dos oficiales Rave pasaban a zancadas durante su ronda.

—Rápido —apremió Jonas , guiándonos hacia un edificio cuadrado con techo cubierto de césped y ventanas estrechas alineadas solo en la parte superior.

Me mantuve cerca de Aleksi. No pensé que pudiera tratarse de una trampa, ni intenté analizar por qué estos herederos, de pronto, estarían dispuestos a volverse contra los suyos —sus reyes y reinas— para ayudar a un enemigo.

Sabía que Aleksi amaba a Livia , y empezaba a sospechar que los demás también.

No estaban aquí por mí; hacían esto por ella.

Jonas levantó un puño al llegar a la esquina del edificio.

—¿Quién está de guardia, Mir?

— Edda .

Jonas se quitó la capa y se la pasó a su hermano. Ajustó el cuello de su túnica oscura y, con ambas manos, despeinó su cabello castaño ondulado.

—Perfecto.

No hubo tiempo de preguntar qué pensaba hacer. Jonas salió de nuestro escondite tambaleándose lo justo para parecer alguien que había bebido demasiada cerveza fuerte.

—¿ Edda ? —llamó, con la voz arrastrada, cargada de un deseo extraño—. Por todos los dioses…, ¿cómo es posible que estés aún más hermosa con ese cuero puesto que sin él?

La respuesta de la mujer fue apenas un murmullo, pero su risita se escuchó con claridad, y el plan se volvió evidente.

Negué con la cabeza.

—No puede ser que esto funcione.

Aleksi sonrió.

—Es que no conoces a Jonas .

Durante lo que parecieron respiraciones eternas, esperamos. Por los dioses, yo habría podido envenenar a la guardia y estar en camino mucho antes que esto.

Una mano pesada golpeó la pared.

—Está listo. Pasos silenciosos —susurró Sander , saliendo de las sombras y acercándose a la puerta del edificio.

Lo seguí, agachado, pegado al suelo.

Al doblar la esquina, Jonas entró por fin en mi campo de visión.

Por los dioses sangrantes…, tenía a la guardia acorralada contra el muro opuesto.

La encerraba con su cuerpo, ella de espaldas a él, su largo cabello dorado enredado entre los dedos de él.

La cabeza de la mujer cayó sobre su hombro, y sus jadeos se filtraron en la quietud de la noche mientras el príncipe recorría su piel con las manos y la boca.

Si no estuviera desesperado por abandonar estos reinos para encontrar a mi alondra, quizá me habría reído de la facilidad con la que el príncipe desvió la atención de la guardia.

El aire dentro de la nueva estructura olía a humedad rancia, moho y tierra empapada. Desde las sombras, una voz seca rompió el silencio.

—¿ Erik ?

La sangre se me heló.

— Tait .

Encadenado, sujeto como una bestia a un poste en lo que evidentemente era un cobertizo de almacenamiento, Tait levantó la cabeza. El príncipe Sander ya estaba arrodillado frente a mi primo.

—¿Qué está pasando? —gruñó Tait , mostrando los dientes.