La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

La serpiente

—¡Uff, mierda… digo… por poco!

Alcé la cabeza de golpe. La nuca me latía. No sabía cuánto tiempo había pasado apoyado contra la puerta, pero mi soledad se vio interrumpida por una voz joven y suave al otro lado de la ventana.

El amanecer gris empezaba a abrirse paso entre la noche aterciopelada, aunque la ventana seguía cubierta por gruesas nubes venidas del mar. Sentí unos golpes apagados en el cristal, pero nada apareció hasta que la ventana gimió al abrirse un poco.

Me levanté de golpe, los dientes tensos al sentir cómo un dolor afilado me sacudía por dentro.

De entre la bruma del alba surgió una cabeza encapuchada que se asomó al interior de la habitación.

Un cuerpo pequeño cayó torpemente sobre el alféizar.

Nada elegante, acompañado de más de un improperio corregido de inmediato, como si temiera que yo pudiera ofenderme.

Un segundo después, la capucha cayó hacia atrás, y el hermano menor de Livia me lanzó una mirada desde el otro extremo de la habitación.

¿Pero qué demonios…?

—He mejorado. —Sacó una navaja de su bota—. Así que ni se te ocurra hacer nada.

—Príncipe. —Extendí una mano hacia él—. ¿Sabe tu madre que estás aquí?

El chico mantuvo el ceño fruncido y alzó el cuchillo; trazó un par de cortes en el aire, como si estuviera probándolo, y luego negó con la cabeza.

—¿Tú qué crees? Estoy vestido como si fuera a asesinarte… como si maj creyera que estoy preparado para algo así.

—Ah, ¿sí? —Reprimí una risa.

Si el hermano de Livia quería atacarme, que lo intentara. Él mismo había abierto la ventana; mi salida estaba justo ahí. Ya lo había derribado una vez. Mi alondra tendría que perdonarme, porque lo haría de nuevo.

El joven príncipe soltó un bufido y guardó el cuchillo en el cinturón, con el ceño aún fruncido.

—Todos dicen que tú eres el único que puede llevarnos hasta Liv .

—Ah, ¿sí? ¿Y tú qué piensas? —Di un paso lento hacia la ventana abierta.

El muchacho se encogió de hombros y dio una patada a las tablas del suelo.

—Maj lo cree. Estaba discutiendo con Daj por tu culpa. Creían que no los escuchaba, pero el tío Sol dijo que todos están inquietos, que la espera hasta que lleguen los demás reyes y reinas tiene a todos con el genio corto.

Imaginé que quería decir «mal genio», pero no lo corregí. No tenía tiempo para eso. Aun así, algo en su voz —tal vez el temblor leve, o esa necesidad de aferrarse a una verdad distinta— me detuvo.

—¿Por qué estás aquí, príncipe? ¿Has venido a asesinarme o hay otro motivo?

El chico se detuvo un instante.

—Me voy a meter en un lío enorme, pero Alek dice que tienes que largarte.

Creo que mi maj y mi daj piensan lo mismo, pero hay normas y…

mierda, digo… cosas. Como todos los reyes y reinas mandan por igual, tienen que trazar un plan antes de que cualquiera de ellos se vaya, para que la gente mala no intente quedarse con los tronos.

—Suena complicado, pero no explica por qué has venido tú.

El chico puso los ojos en blanco, como si por un segundo se olvidara de que me odiaba.

— Jonas dijo que parecía que estabas a punto de llorar cuando te dijeron que no podías ir a buscar a Livia en el salón principal. ¿Era verdad?

—No lloré.

El chico resopló con una mueca de burla.

—Pues no es lo que dice todo el mundo. Mi maj dice que tienes debilidad por Livia , y cada vez que lo dice, mi daj asegura que va a matarte. Maj siempre le recuerda que ellos también fueron enemigos.

Aproveché que el príncipe se entretenía con un clavo suelto en el suelo para avanzar otro paso hacia la ventana.

—No conozco esa historia —murmuré—. ¿Tus padres se detestaron alguna vez?

Me detuve en seco cuando el chico sonrió. Una sonrisa lenta pero auténtica. Bajó la voz como si fuera a revelarme un gran secreto.

—Mi maj y mi daj vienen de familias que fueron enemigas durante mucho tiempo. Deberían haberse odiado. Pero Maj le salvó la vida a Daj, y al final acabaron jurándose lealtad. Eso fue hace mucho, en las guerras entre el pueblo de la Noche y los mortales.

Se me escapó una sonrisa.

No había duda de dónde había heredado Livia su carácter.

La voz del chico se fue apagando hasta quebrarse en la garganta. Presionó los puños contra los ojos, incómodo por dejar ver las lágrimas. Los hombros le temblaron y apretó los labios con fuerza.

—No quiero que nadie más se vaya…, pero tampoco quiero perder a mi hermana y… ¿por qué te la llevaste, Cantasangre? ¿Qué te había hecho ella?

Cada palabra me golpeó como un cuchillo.

—Me la llevé porque creí que así complacería a mi familia. Pero me equivoqué.

El joven príncipe se limpió la nariz con la manga de la túnica. Cuando alzó la cabeza, tenía los ojos brillantes, oscuros como el ónix.

—Sigo pensando que si yo… si hubiera sido más fuerte, podría haberla protegido y…

—Nada de lo que pasó fue culpa tuya —dije con sinceridad.

Ya estaba a tres pasos de la ventana y no sabía cómo escabullirme sin herir al chico de nuevo. Desde luego, no quería hacerlo, pero no veía otra salida.

—La única razón por la que te sorprendí aquella noche fue simplemente que soy más alto.

Él resopló.

—No fue la única razón.

—Vi cómo manejabas esa hacha. Tu hermana tiene suerte de tener un hermano como tú. Créeme cuando te lo digo, sobre todo considerando que estoy casi seguro de que mi propio hermano intenta matarme.

El joven príncipe cruzó los brazos y alzó una ceja.

—¿Por qué te estás acercando a la ventana como si no pudiera verte?

Me detuve de golpe, con un pinchazo en la pierna. No tenía alternativa.

—Escucha, príncipe…

—Me llamo Rorik . Dioses, ¿acaso Livia no te lo dijo?

— Rorik —repetí a la vez que me acercaba un poco más—. No quiero volver a hacer esto, pero necesito llegar al mar, y necesito reunirme con tu hermana. Espero que puedas perdonarme, pero…

—¿Por qué demonios crees que estoy aquí? —El joven príncipe dio un paso a un lado, con la ceja arqueada como si yo hubiera perdido la cordura de repente—. Formo parte del plan.

¿Plan?

Rorik señaló la ventana con un gesto exagerado, como si lo que pensaba fuera evidente. Y entonces, casi para respaldarlo, un extraño arrullo llegó desde fuera, similar al de las palomas de los reinos terrenales.

—Por todos los infiernos… —rezongó Rorik , llevándose la palma a la frente—. Sabía que acabaría hablando. Alek me dijo que no lo hiciera, pero tenía que saber por qué te la llevaste y todo eso.

—Príncipe…

— Rorik. ¡Roooorik, Cantasangre!

— Rorik , ¿de qué estás hablando?

El príncipe puso los ojos en blanco y soltó un quejido.

—Alek y los demás saben que no puedes quedarte esperando a que lleguen los reyes y las reinas.

Vamos, Ari y Saga no estarán aquí antes de mañana al amanecer…

y eso con suerte. Kase y Mal tardarán todavía más.

Y bueno, supongo que Calista y Silas llegarán en el próximo tañido, pero son solo una pareja.

Rorik volvió a señalar la ventana con un gesto exasperado.

—Así que anda, vete ya. Me estoy jugando el cuello, y seguro que me quedo sin pastelitos de miel durante todo un ciclo por tu culpa. Me debes muchísimas.

El chico se dejó caer sobre la cama y empezó a enumerar cada ofensa en su contra: el golpe en la parte posterior de la cabeza, que me hubiera llevado a su hermana, el hecho de que llorara frente a sus jóvenes compañeros cuando ella desapareció y, ahora, al parecer, hasta el riesgo de quedarse sin sus dulces.

No entendía nada. ¿Una artimaña? ¿Una prueba? No, ni Elise ni el maestro de tierra se arriesgarían a dejar a su hijo a solas conmigo.

Me incliné hacia atrás, despacio, con cuidado, y eché un vistazo por la ventana abierta. Una densa neblina cubría los senderos de piedra más abajo. ¿No había guardias? ¿Ningún guerrero?

—Ve. — Rorik agitó las manos—. Mira no puede mantener la ilusión durante mucho tiempo.

Un siseo reptó desde la oscuridad bajo la ventana. La niebla se deshizo a su paso, dejando entrever a tres figuras envueltas en negro, con capuchas semejantes a la de Rorik .

— Erik . —Alek se bajó la capucha—. Baja de una vez, maldito idiota. Tenemos un margen de tiempo muy pequeño.

Por todos los dioses sangrantes. El príncipe estaba ayudándome a escapar de su propia fortaleza.

Miré al hermano de Livia con los ojos abiertos de par en par.

—No nos engañes, Cantasangre —susurró.

¿Qué podía decirle? El chico no tenía motivo para confiar en mí y había puesto toda su fe en las palabras de su primo.

Incliné la cabeza en señal de acuerdo, y pasé las piernas por el alféizar de la ventana. Aleksi era como una sombra en la noche. Su entrenamiento como guerrero se notaba en cada movimiento silencioso, en la facilidad con la que apoyó una escalera de madera contra el borde del tejado.

Salté los últimos peldaños y caí en cuclillas, aunque perdí el equilibrio en cuanto reconocí los otros rostros.

Los ojos del príncipe Jonas estaban delineados con un trazo grueso de kohl, y daba la impresión de que alguien había pasado los dedos manchados de tinta negra por sus mejillas.

—¿Aún te duele un poco después de nuestra presentación, Cantasangre?

—¿Qué significa esto? —pregunté a Aleksi, con la voz áspera.

—Una idea terrible —fue lo único que respondió, mientras asomaba la cabeza por el muro curvo de la torre.

Jonas se inclinó hacia mí, con una sonrisa astuta dibujada en el rostro.

—Queremos traer a Liv de vuelta. Y sí, Alek ha estado hablando en tu favor, así que agradéceselo. Escucha bien: te ayudaré a escapar, me arriesgaré a cometer traición y toda esa mierda, pero no voy a disculparme por dejarte las costillas moradas. Te lo tenías bien merecido.

—¿Podemos irnos ya? —intervino una voz femenina, cansada y cargada de fastidio.

Era la misma mujer que antes me había observado con evidente desagrado. Ahora reposaba sobre una gran roca, llevándose los dedos a las sienes.

Su cabello castaño, con leves toques rojizos, caía en una apretada trenza sobre el hombro. Al verme, se le estrecharon los ojos en un gesto difícil de interpretar.