La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

La serpiente

—Levántate, Cantasangre.

Un guerrero de Rave me golpeó la cadera con la punta de la bota, justo en el lugar en el que había caído después de salir del gran salón a duras penas y terminar de espaldas en el suelo.

El fuego me recorrió las venas. Con los puños cerrados a los lados, dejé escapar un rugido de dolor. No por la pierna, ni por las cicatrices, ni por los golpes de los elfos de la tierra. Era el grito de un corazón hecho pedazos.

La última vez que había sentido algo así fue el día en que murió mi madre. Mi alma de muchacho creyó entonces que jamás volvería a recomponerse cuando la luz se apagó en sus ojos.

Esto era peor.

Un tormento asfixiante se enroscó en torno a mi corazón, mis huesos, mi propia alma. Sabía que su gente me odiaría, que me querrían muerto, pero creí… dioses, creí que con Alek, con mi rendición, se lanzarían de inmediato a las mareas.

Yo había provocado esto. Rechacé cada intento de paz, amenacé toda mi vida con volver para destruirlos, y lo hice. Robé sus corazones bajo el mar. Creé una división tan profunda que ni siquiera pudieron unirse a mí cuando más lo necesitaba.

Le había fallado. Pero no volvería a hacerlo.

—Te he dicho que te levantes.

En cuanto el guardia asió mi túnica, me incorporé de un tirón y cerré el puño en torno a su garganta hasta dejarle sin aliento.

—¡ Erik ! —La voz de Tait sonó como una advertencia. Los guardias que lo custodiaban venían hacia mí.

Llegarían demasiado tarde.

El guerrero forcejeó para liberarse de mi agarre. Sus ojos se abrieron de par en par y el color le inundó el rostro; apreté todavía más.

Le arrebaté un pequeño cuchillo de trinchar, enfundado en su cadera, y me corté la carne por encima de la muñeca. El guerrero emitió un gruñido al ver cómo mi sangre brotaba y caía sobre las losas. Unas gotas alcanzaron su uniforme.

Con los dientes apretados, me puse en pie y coloqué al guardia delante de mí del mismo modo en que lo hice con Livia la noche en que la secuestré.

Con la punta ensangrentada del cuchillo dirigida al rostro de mi nuevo prisionero, los demás guerreros se detuvieron a cinco pasos, las manos en alto en un gesto de tensa paz.

—Cantasangre —dijo el guerrero más cercano—. ¿Cuál es tu plan? Estás rodeado.

—¿Mi plan? —La oscuridad borró de mi voz todo rastro de sumisión, de compromiso—. Mi plan es volver al mar. Mi sangre puede acabar con todos vosotros en cuestión de segundos. Soltadnos a mí y a mi primo, y nos iremos. Nadie tiene que morir.

—Nos atacaste, Cantasangre. Te llevaste a un miembro de la realeza. Sabes que no podemos dejarte marchar.

—Fue ella quien se apoderó de mí. —Mi voz retumbó contra los candelabros, contra las puertas.

Con cada respiración sentía que la cordura se me escapaba un poco más.

No me importaba descender a los infiernos, no me importaba que mi alma se ennegreciera en el proceso—.

Yo le pertenezco. No esperaré en una celda.

Moriré antes. Y aun muerto, la buscaré en el Otro Mundo.

—Baja el cuchillo. — Stieg salió del gran salón y me fulminó con la mirada—. No te equivoques, Erik . Otra vez no.

—Haré lo que sea necesario, por cruel que resulte, si eso la trae de vuelta.

Giré el cuchillo hasta apuntarme con la hoja y, con un par de movimientos rápidos, la agarré por el filo. Apreté el puño hasta que la sangre brotó entre mis dedos, espesa y ardiente.

El guardia que tenía apresado dejó escapar un jadeo áspero al sentir cómo más sangre resbalaba por su pecho.

—Mantente firme, Frey —ordenó Stieg al hombre que retenía.

Ya no lo escuchaba. Giré el cuchillo, aferré el mango con firmeza y levanté la hoja hasta su garganta. La sangre que corría por mis propios dedos heridos se deslizó por su piel. Él se estremeció e intentó apartarse, pero lo sujeté con mi brazo con más fuerza y lo obligué a acercarse.

Tait forcejeó con su captor. Le asestó una patada en la rodilla, y el hombre gritó de dolor, aunque logró mantenerlo sujeto hasta que otro guardia acudió en su ayuda.

—Corre —gruñó Tait , los dientes descubiertos—. Déjame y vuelve a las mareas, Erik .

Maldita sea. Después de todo lo que había pasado, lo último que quería era dejar a Tait en manos de los elfos de la tierra, pero lo haría.

No vacilaría. Si la elección era huir hacia el barco para buscar a Livia o abandonar a Tait como prisionero, tendría que resignarse a esperar con su culo en una celda hasta que regresáramos con mi reina a mi lado.

Si la gente de Livia iba a pasar días tramando cómo atravesar el Abismo y no era capaz de anteponer la vida de ella a mi culpa y a su odio, entonces lo afrontaría solo.

Ya había malgastado demasiado tiempo en un intento inútil de unir fuerzas.

El guardia que tenía en mi poder resollaba y tosía mientras lo empujaba hacia una de las ventanas y lo mantenía como escudo.

La posibilidad de escapar me mareaba, pero la necesidad de alcanzar el mar anuló toda razón.

— Erik , no hay salida —insistió Stieg —. No huyas de nuevo. Te ayudaremos.

—¡No estáis ayudando! —grité.

Mi voz abrió de par en par las puertas del salón. En el umbral, junto al rey del pueblo de la Noche, aparecieron rostros semifamiliares que recordé de los campos de batalla de mi infancia.

—Te mataré si derramas una sola gota más de nuestra sangre —dijo Valen, con los dientes apretados.

—Mátame —gruñí. Alejé al guardia de mí con un empujón al llegar a la ventana—. Si no la encuentro, te ofreceré mi garganta para que la atravieses. —Con el pomo del cuchillo ensangrentado hice añicos el cristal tras de mí—. ¿Qué no entendéis? No valgo nada si ella no forma parte de mi vida.

El suelo se estremeció como si la piedra se hubiera convertido en un mar embravecido. Perdí el equilibrio y me apoyé en la pared para no caer.

—¡No! —maldije.

Del hueco de la ventana brotó una columna compacta de tierra y raíces; se levantó de golpe y me cerró el paso.

Valen me fulminó con la mirada, arrodillado en el suelo y con la palma extendida sobre las losas.

—Un poco de tierra no será suficiente para detenerme, maestro de la tierra —dije mientras abría las manos a cada lado.

Igual que aquella vez en el jardín, cuando llené de agua los pulmones del asesino, ejercí el mismo poder sobre los guardias.

Activé mi canto mudo —el don de los dioses que mi padre explotó sin reparos—, una habilidad que permite hablar con la sangre y el agua que sostienen un cuerpo; ello, sumado a mi voz, me convertía a mí, su heredero, en un arma que pretendía usar contra todo el que se opusiera al rey.

Ahí, en los reinos de la tierra, mi influencia era más débil que en mi hogar; aun así, los guerreros del pasillo empezaron a toser. Algunos se llevaron las manos al cuello mientras un hilo de agua les humedecía las comisuras de los labios.

Valen los observó con una mezcla de estupor y espanto mientras sus hombres caían de rodillas, incapaces de respirar con el fluido que les llenaba el interior.

Apenas tenía unos instantes. Solo unos cuantos latidos para encontrar otra ventana, saltar por el marco astillado, confiar en no destrozarme la pierna otra vez al caer y, con suerte, burlar las flechas y lanzas de los elfos de la tierra hasta llegar al mar.

Con una pierna herida.

Sin más arma que un simple cuchillo.

Cada paso de mi temerario plan estaba lleno de grietas, pero el pensamiento se ahogaba en la urgencia frenética de actuar. Seguí adelante.

A mitad del nuevo corredor, un ardor brutal me atravesó el pecho.

—Maldita sea… —murmuré a la vez que me encorvaba.

—¡ Erik ! —gritó Tait .

Apenas oí su voz. El dolor me calaba hasta los huesos, como si alguien me hubiera abierto las costillas, arrancado la médula y reemplazado esta por metal fundido. No lograba tomar aire. Unas manchas oscuras nublaron mi vista. Las rodillas me fallaron y golpearon el suelo de piedra.

En algún punto entre la niebla, unas manos firmes sujetaron mis brazos.

—¡La sangre le brota del pecho!

—Guerrero… —Mi voz se quebró.

— Erik . —La figura borrosa de Stieg se inclinó sobre mí—. ¿Qué ha pasado?

Tosí. El sabor metálico y caliente de la sangre me llenó la boca. Una fuerza invisible me desgarraba el cuerpo. Me llevé la mano al pecho, como si así pudiera contener ese latido desenfrenado.

—¿Le has dado?

Por los infiernos, aquella voz solo podía pertenecer al maestro de la tierra. No me importaba. Algo similar a una peste pútrida me rompía las costillas por dentro. Cuando retiré la mano, la encontré cubierta de sangre fresca.

A través de los cordones de mi túnica, un corte irregular se abría paso por mi carne. Lo observé con un espasmo de horror. Entre el rojo se encendía un destello dorado, como una chispa de sol.

—No lo toquéis. —La voz de Tait rasgó la bruma.

Los elfos de la tierra seguían aturdidos y no lo detuvieron; Tait se abrió paso hasta mí y pronto su rostro quedó suspendido sobre el mío, parpadeando—. ¿Qué le habéis hecho?

—No le hemos hecho nada —respondió Stieg mientras se inclinaba aún más—. ¿Por qué sangra así?

—Toca su sangre y morirás, guerrero —advirtió Tait . Después observó el torrente que me corría por el pecho—. Erik , esta sangre no es normal. Hay una maldición…, algún tipo de hechizo.

Un hechizo. Un vacío. Algo dentro de mí había desaparecido.

La verdad me atravesó sin piedad, como una hoja que se clava en el corazón.

No. Por los dioses, no.

El lazo, la atracción, la débil certeza de que su belleza aún brillaba más allá del mar y del cielo… se había desvanecido.

—Se ha ido —musité a la vez que dejaba caer la cabeza contra el suelo, con la mirada perdida en las vigas del techo—. Livia … nuestro vínculo del corazón… ha desaparecido.