La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

La serpiente

Vigas y travesaños bellamente tallados enmarcaban cada pasillo. El tapiz que había a lo largo del corredor tenía un aire místico y cautivador: mostraba acantilados bajo la noche, flores de un púrpura intenso abiertas bajo la luz de la luna y mares de medianoche que golpeaban una costa lejana.

Skadi avanzaba con el mentón erguido, su andar ligero, casi como si danzara. Había nobleza en su porte, aunque el leve temblor en su mandíbula delataba su inquietud.

La estancia era amplia, con un diseño poco común: una terraza en el nivel superior y, más abajo, una larga mesa de madera. La mitad de los muros estaban hechos de piedra, como si aquella parte del palacio hubiera sido excavada en el costado de los oscuros acantilados del exterior.

En un rincón de piedra fluvial ardía un fuego que desprendía un aroma reconfortante a humo y ceniza. Algunas paredes conservaban la roca natural; otras estaban recubiertas de arcilla y madera clara salpicadas de musgo húmedo por la lluvia.

A lo largo de la mesa de madera negra se extendían tapices con motivos de montañas nevadas en tonos azulados y runas entrelazadas cuyo significado desconocía.

Sobre la superficie descansaban platos de plata con un festín sencillo —pescado ahumado y tartaletas de mermelada—, mientras un candelabro de ébano sostenía velas negras que titilaban suavemente sobre nuestras cabezas.

Sentado en el extremo opuesto de la mesa, un hombre con un tricornio azul en la cabeza devoraba raíces machacadas y trozos carnosos de pescado.

El corazón me ardía por Erik . Tenía que saberlo. Debía ser advertido.

—Señor Hesh .

Hesh , señor de la Casa de las Espadas, engulló otro bocado. Poseía un cuerpo de guerrero, una mandíbula tan cuadrada que parecía tallada en piedra; aquel bastardo tenía más de ogro que de elfo.

—Elfa de la tierra —gruñó.

—Creo que me conoces como reina.

Hesh soltó una carcajada grave, amenazante.

—Ambos sabemos que ese título estaba destinado a durar poco, elfa de la tierra.

Apreté los dientes para contener la respiración entrecortada. No mostraba miedo alguno, ni la menor inquietud ante una posible represalia de Erik . ¿Qué significaba eso? ¿Acaso todo el reino del Eterno estaba en contra de mi serpiente?

En medio del entumecimiento que me invadía el pecho, el terror logró abrirse paso hasta la superficie.

«Este miedo tomará tus pensamientos, y no te diré que lo rechaces, pero sí te recordaré quién eres. Porque eres una adversaria formidable».

Erik había demostrado su confianza en mí, con sus palabras y con sus actos. Podía morir allí, y si ese era mi destino, lo haría mientras defendía al rey eterno, apoyándolo, dispuesta a luchar por la vida que habíamos soñado vivir juntos.

Larsson apareció por una puerta lateral, y el estómago se me encogió.

Había sido un amigo alguna vez, un hombre que reía con nosotros, que me había ayudado a escapar de una cantora del mar.

Ahora, en cambio, se había convertido en algo cruel, casi irreconocible.

Su sonrisa —aún hermosa, aunque envenenada— se abría paso sobre la sombra de la barba, y su cabello oscuro, despeinado, le caía en torno al rostro como un halo deshecho.

—Hola, mi señora. — Larsson ocupó la silla de alto respaldo en el extremo de la mesa—. Qué alegría verte despierta, aunque me decepciona no haberlo sabido antes.

Dirigió la mirada hacia Skadi . La mujer se limitó a alzar un hombro con una calma insolente.

—¿Tan indiferente? — Larsson chasqueó la lengua—. Casi podríamos decir que somos familia.

—Aún no —fue todo lo que respondió Skadi .

Con estrépito, las mismas puertas por las que Larsson había entrado se abrieron de golpe contra la pared. Más guardias, más espadas… y, entre ellos, el príncipe élfico, con Fione del brazo.

La bruja del mar era de una belleza terrible. Llevaba el cabello pálido engominado y recogido en un nudo en la base del cuello. Vestía un traje negro de satén y encaje, y se movía como si caminara entre mareas suaves.

—Es un verdadero placer ver a una elfa de la tierra en el lugar que le corresponde —dijo la bruja del mar, asintiendo hacia mí mientras aceptaba la mano de Larsson —. A nuestra merced.

—Qué ingeniosa, Fione. —Apreté los puños—. Ahora que has terminado de suspirar por ser la amante de un rey, parece que por fin has encontrado tiempo para practicar tu ingenio.

—Vamos, mi señora —dijo Larsson cuando Fione tomó asiento a la mesa—. La reprendes, pero tú no eres tan distinta.

—Soy reina.

—Eres una ilusión —replicó Larsson —. Una fantasía que mi hermano menor se inventó para convencerse de que alguien podría desearlo tal como es.

La ligereza con que Larsson despreció mi vínculo con el rey eterno me dejó sin aliento. Había pasado semanas con Erik y conmigo. Conocía nuestra devoción.

Con un gesto de la mano, me indicó una silla.

—Siéntate. Tenemos mucho de qué hablar. Veo que ya has conocido a la princesa de esta isla, pero ¿has tenido el honor de conocer a su prometido? El príncipe Arion , mi primo.

El labio de Larsson se curvó, como si esperara que me sintiera impresionada. No lo estaba. Solo me sentía desconcertada.

—¿Prometido? —susurré a Skadi .

La princesa se estremeció, pero apartó el rostro y fijó la mirada en el suelo.

No obtuve más ayuda de ella, al menos no con los demás presentes.

Skadi creía que el conocer el poder de este lugar era la clave para encontrar mi libertad, y me aferré a esa idea.

Cuanto más supiera sobre Larsson Guardahuesos, más podría usar en su contra.

—Eres élfico —dije en voz baja.

Larsson tomó una fruta verde y húmeda del plato en el centro de la mesa.

—A medias, sí.

— Erik … —Tragué el dolor que me raspaba la lengua al pronunciar su nombre—. ¿ Erik no lo sabía?

—Nadie lo sabía, salvo Fione. — Larsson se limpió los dedos con un paño de lino—. Soy hijo del caído rey eterno y de una noble elfa del clan Ljosalfar , los de la luz…

—Conozco los clanes —interrumpí con brusquedad—. Skadi me los explicó.

—Una combinación poderosa, ¿no te parece?

La ira, tan familiar ya, ardió débilmente en mi interior, pero esta vez apenas pude soportarla.

—Y, aun así, no tienes voz marina.

Larsson golpeó con la palma el borde de la mesa. Una carcajada ronca brotó de su garganta. Arion exhaló por los labios y vació de un trago una copa del licor perfumado que tenía delante. Luego se unió Hesh , entre risas y resoplidos. El señor de las espadas sonaba más a cerdo marino que a hombre.

—Tengo una voz, mi señora —dijo Larsson —. Solo olvidé revelarla. —Hizo un movimiento con los dedos junto a la sien—. Se me habrá pasado. Sin la interferencia de Fione, no me cabe duda de que Caminacorazones habría sentido cada deseo… y habría descubierto la verdad.

Una punzada me atravesó el pecho al oír el nombre de Tait .

—También era tu primo.

—Cierto. —La sonrisa de Larsson se desvaneció—.

No me desagradaba, en realidad. Por eso odié tener que matarlo.

Pero era tan condenadamente fiel a Cantasangre que, al final, fue lo mejor.

Jamás llegó a descubrir mi voz. Resulta curioso que los dos hijos de Thorvald compartan un don de sangre.

Guardahuesos quizá sea un título adoptado, pero mi don no reside en los huesos.

Mi voz salió seca, cortante.

—Tan orgulloso y, aun así, no admites nada.

—La sangre élfica es interesante —continuó Larsson —. Mi primo toma de la luz, como su futura esposa toma de la oscuridad. Yo, en cambio, al ser elfo del mar, tomo sangre.

—¿Tomas qué? —Odié el temblor que me estremeció la mandíbula.

—Habilidades. Voces. Magia. — Larsson alzó las cejas, como si esperara que aquello me resultara fascinante.

—Robas la magia de la sangre.

—Así es. Cuanta más sangre devoro, más tiempo puedo robar las habilidades de otro.

Funciona mejor con los elfos del mar. —Alzó la cadena de huesos que llevaba al cuello—.

La muerte es el modo más eficaz de obtener la sangre que necesito.

Con el tiempo, empecé a conservar los huesos. Un recuerdo, si lo quieres llamar así.

Dioses, estaba completamente demente.

—Me intriga cómo tus hermanos élficos confían en que no les arrebatarás su magia.

—Las alianzas se han sellado con sangre —dijo Larsson , con el ceño endurecido—. Pero aun sin esos pactos, no dañaría a Arion ni a su corte. Ni siquiera a su prometida. Somos de la misma sangre.

—¿Y tu hermano?

Desvió la mirada, tal vez confundido, tal vez avergonzado.

—Un desafortunado daño colateral en mi camino hacia la corona. Guarda tu furia para Thorvald , mi señora. Él es el verdadero culpable.

Desde luego, Larsson jamás se consideraría el villano.

—¿Y cuál es tu propósito, entonces?

—Reclamar mi derecho de nacimiento. Ya te lo dije en el barco.

—No puedes tomar la corona de sangre. No puedes apoderarte del Eterno. Erik no lo permitirá.

La corona del rey eterno no era una joya común. Forjada con la misma fiereza que el propio Eterno, castigaba a todo aquel que, sin pertenecer al linaje de los herederos directos, osara ceñírsela: ardía sobre la piel hasta pudrirla.

El rostro de Larsson se endureció.

—Cantasangre no tendrá elección. Solo me queda una tarea antes de que las protecciones que me impiden actuar se disipen, y entonces podré tomar la corona de sangre sin sufrir daño alguno.

—¿Protecciones contra ti?

—Un afectuoso obsequio de mi padre. —La mandíbula de Larsson se tensó—. Al parecer, prefería la idea de un heredero más débil, como Cantasangre, así que se aseguró de que yo jamás pudiera regresar al Eterno.

Fione soltó un resoplido.

—Qué necio.

—Sí, lo era —replicó Larsson —. Llevamos años destruyendo las defensas de Thorvald .

Si hubiera sabido que debía esperar a que ese maldito Abismo completara el hechizo, habría degollado a Cantasangre hace mucho y confiado en que la corona me pasara por derecho natural.

Me habría ahorrado incontables años de sus rabietas y de su enfermiza obsesión con los elfos de la tierra.

Tenía que abandonar aquella maldita isla. Tenía que encontrar a Erik .