Capítulo 2
La alondra
El aire era extraño, suave y demasiado cargado de especias como el cardamomo y los cítricos. Inhalé otra larga bocanada, buscando el aroma limpio del mar y el calor en la brisa de la ciudad real.
Solté un gemido al moverme sobre una superficie blanda. Era mullida, como racimos de musgo bajo mi espalda, pero el dolor se encendió en mi pecho, como si alguien me hubiese atravesado con una estaca oxidada, dejándome clavada en el sitio.
Entorné un ojo. Las pestañas estaban endurecidas por la sal; no recordaba si por las lágrimas o por el mar. A decir verdad, al principio no recordaba mucho, hasta que…
« Larsson ».
Abrí el otro ojo de golpe, dejando atrás unas cuantas pestañas secas en mis mejillas húmedas. Me incorporé de un salto, casi esperando que alguien me tirara hacia atrás con cadenas de hierro o un collar alrededor del cuello.
No había nada de eso. A mi alrededor se alzaban ventanas ojivales abiertas, por donde entraba la brisa matinal en una… habitación. Los bordes redondeados de una torre se estrechaban hasta alcanzar un techo puntiagudo sostenido por vigas firmes.
De los cuatro postes finamente tallados de la cama pendían pesadas cortinas verdes y doradas.
Una alfombra tejida con tonos rosados, naranjas y azules, como un atardecer sobre el mar, cubría las tablas toscas del suelo.
Contra una de las paredes se alzaba un tocador de madera castaña, con sus cepillos y peines de plata, y frascos de aceites para perfumar la piel.
Alguien me había vestido con una túnica ligera, limpia y tejida a mano en seda.
Llevaba el cabello trenzado y enredado sobre el hombro, como si hubiera dormido más de una noche sobre él y necesitara un cepillo.
Solo quedaban leves moretones en la cadera, recuerdo de cuando me habían arrojado sobre la cubierta del barco de Larsson .
¿Cuánto tiempo hacía que me había secuestrado?
¿Qué clase de juego era este?
Había esperado celdas húmedas, orina y desechos bajo los pies, quizá incluso despertar en el Otro Mundo; no una estancia lujosa que recordaba a mis habitaciones en palacio.
Durante un momento, dejé los pies colgando sobre las tablas del suelo, como si una criatura escamosa y dentada pudiera surgir de entre las sombras para morderme.
Al final los dejé caer, moví los dedos, y los fragmentos del momento en que me arrancaron de la ciudad real empezaron a encajar en mi mente.
Un engaño. Larsson me había sacado de las cámaras del rey, pero…
Por los dioses, ¡ Tait !
Caminacorazones, desangrándose en los escalones de piedra cerca del muelle. La imagen se grabó en mi mente, tan vívida y feroz que juraría poder saborear su sangre en mi lengua.
Cerré los puños y los presioné contra la frente. Tait , ese maldito de ceño fruncido. Siempre creí que me despreciaba, pero comprendió que algo andaba mal y aun así vino a buscarme. Vino para protegerme.
Me incliné sobre las rodillas, con los dedos entrelazados frente a la boca. ¿Por qué tenía que ser Larsson ?
—Hermanos.
La palabra escapó de mis labios, una confesión apenas audible en el vacío de la habitación. El pulso se me aceleró. La idea se formó en mi mente con claridad venenosa: Larsson había llamado «hermano» a Erik .
Los rumores sobre Thorvald y el supuesto hijo que habría engendrado nunca habían preocupado a Erik ; estaba convencido de que, si aquel niño hubiera existido, su posición como rey ya habría sido desafiada.
Pero yo lo había presentido: esa extraña amargura, ese reclamo por un derecho de nacimiento perdido, enterrado bajo la tierra corrompida por la oscuridad.
Por los dioses, todos habíamos sido unos ingenuos.
Una sonrisa pequeña y desconocida se tensó en la comisura de mis labios, una chispa de esperanza: cuando Erik encontrara a Larsson , le arrancaría la carne de los huesos. Hermano o no. Esta vez, cuando el lado más oscuro de mi corazón alzó la cabeza, no intenté apartarlo.
Presioné los pulgares sobre el arco de mis cejas para calmar el dolor en el cráneo y continué separando lo que encajaba con la verdad de lo que aún permanecía confuso. Larsson creía ser el verdadero rey, y no estaba solo.
Dejé caer las manos sobre el regazo; los dientes chocaron cuando cerré la mandíbula con fuerza. Otros habían ayudado a Larsson en su traición, y un rostro comenzó a definirse con más claridad a medida que la niebla se disipaba en mi mente.
El chasquido del cerrojo atrajo mi atención hacia una puerta ojival al otro lado de la habitación.
Había constelaciones talladas a lo largo de la puerta y se partieron cuando esta se abrió.
Gateé hasta el lado opuesto de la cama, desesperada por encontrar una espada, un trozo de madera, cualquier cosa con que defenderme.
Esperaba ver el rostro de Larsson a la luz mortecina.
En su lugar, encontré la mirada deslumbrante de una mujer que no reconocía.
El cabello, del color del crepúsculo plateado, caía por su esbelta espalda.
Las orejas, muy puntiagudas, lucían pequeñas cadenas de oro.
Pero fueron sus ojos los que me dejaron sin aliento: tan brillantes como una estrella que estalla, de un azul casi luminoso.
Sus labios, carnosos y pintados de oscuro, se movieron:
—Estás despierta. No confié en que la bruja del mar te cuidara de verdad, así que me tomé la libertad de aplicarte unas hierbas curativas —dijo.
—Trabajas con Fione —gruñí entre dientes.
Apreté la mandíbula y busqué algo cortante con que herirla.
El día en que Larsson me secuestró, me recibió un rostro de porcelana en su barco.
La bruja del mar formaba parte de esto. Con qué fin, o hasta qué punto, no lo sabía.
Si Erik mataba a Larsson , el lado más oscuro de mi corazón ansiaba que fuera yo la que derramara la sangre de la bruja.
—No trabajo para nadie. —La mujer entró en la habitación con la gracia de un baile.
Era delicada en manos y rasgos, aunque su cuerpo parecía lo bastante firme como para empuñar una hoja y dar muerte unas cuantas veces—.
A decir verdad, encuentro a la bruja del mar más bien insulsa. Quizá hasta odiosa.
Alcé una ceja.
—¿Quién eres?
Se acercó a una de las ventanas y apartó las finas cortinas irisadas; la noche negra y tersa se abrió ante nosotras. Inspiró hondo y soltó el aire en un suspiro juguetón antes de volver la mirada hacia mí.
—Soy más parecida a ti de lo que imaginas.
Ella dio un paso hacia mí; yo retrocedí.
—¿ Larsson te secuestró?
—Oh, no. No exactamente. —Anillos de plata ornaban cada uno de sus dedos y atrapaban la luz de las velas cuando los movía—. Esta es mi casa. Aunque no me agradan en especial algunos de los huéspedes.
Mostraba una calma extraña, pero un destello de irritación asomó tras el azul de sus ojos.
—¿Dónde estoy?
—En el palacio de Natthaven.
—Eso no explica nada.
—No estoy segura de que importe explicar todo. —Entrecruzó los dedos y avanzó hasta detenerse en el centro de la habitación—. Mi ambición es que no te hagan daño. He tenido poca elección en muchas cosas, pero no toleraré palizas innecesarias.
Hice una mueca.
—Hablas como si debiera agradecértelo. No lo haré. Larsson Guardahuesos busca hacer daño al rey eterno, al hombre que amo, y arrebatarle la corona. Si te pones del lado de semejante monstruo, no eres mi amiga.
—Si es heredero primogénito, ¿es realmente robar una corona si es su derecho?
— Erik Cantasangre habría acogido a un hermano —dije, con la voz quebrada—. Si tú y Larsson creéis que todo esto era necesario, no conocéis a vuestro rey.
La mujer resopló.
—El rey del mar no es mi rey.
—Bien. Me aseguraré de incluirte entre los traidores.
Sus labios se abrieron en una sonrisa que mostró dientes blancos. No era una mueca cruel; parece ser que yo había dicho algo divertido.
—No, no es mi rey. No soy una elfa del mar.
Observé sus rasgos. Tenía aspecto de elfa, pero no mostraba dientes afilados ni la piel curtida por el mar.
—Yo soy de la nobleza de los elfos de la tierra. Sin importar el bando en el que estés, has traicionado a alguien al aliarte con Guardahuesos.
—A menos que no sea elfa. —Volvió a mirar a su alrededor, recorriendo la habitación con la vista—. Te lo dije, este palacio es mi hogar. Me honra conocer a otra princesa.
—Reina —escupí—. Soy una reina. —Por un instante me mantuve firme, con los puños cerrados, pero poco a poco dejé escapar el aire amargo de mis pulmones—. Si no eres elfa, entonces…
—Podrías decir que somos elfos —me interrumpió—, pero, para ser exactos, provengo del clan Dokkálfar, los elfos de las sombras.
Parpadeé.
—¿Elfos?
Dokkálfar. Elfos. ¿Cuántas noches habían pasado mi madre, mi padre y mis abuelos contándome historias sobre el pueblo elegido por los dioses?
Los antepasados de los elfos.
—Guerras y disputas entre tierras lejanas, hace miles de ciclos, hicieron que los clanes élficos se establecieran en rincones apartados para vivir en paz.
—La mujer sonrió y se sentó al borde de la cama—.
Pero siempre hemos estado aquí. Más cerca de los elfos del mar que de los tuyos, pues nosotros también habitamos islas en mares oscuros.
Claro que vuestro pueblo es el más joven de las culturas.
Es lógico que sepáis poco de la sabiduría élfica.
Me acomodé al otro lado de la cama, crucé un tobillo bajo una pierna y la encaré. El pulso se me aceleró. ¿Era peligrosa? ¿Atacaría? Me humedecí los labios, resecos como arena ardiente, y hablé con cautela:
—Si eres una princesa élfica, ¿por qué te alineas con Larsson Guardahuesos?
La mujer no podía ser mucho mayor que yo, pero había un peso en su mirada, como si la vida no siempre le hubiera sido benigna.
—¿Tus heridas han sanado? —preguntó. La elfa recogió su túnica, se arrastró sobre el colchón y se acomodó a mi lado para examinar algunos moretones en mi cuello.
Me aparté.
—Estoy bien. Estás evadiendo mi pregunta.
La máscara de fuerza indiferente se resquebrajó en su rostro. Con un suspiro pesado, miró sus manos y fue haciendo girar uno de sus anillos en el dedo medio.
—¿Me creerías si te dijera que no me complace la idea de verte sufrir?
—Si estoy retenida aquí contra mi voluntad y tú no haces nada por liberarme, no te creeré.
El ardor de la emoción mezcló el azul luminoso con el plateado de sus ojos.
—No tuve mucha opción: me vi obligada a aliarme con aquellos que se han levantado contra ti.
—¿Eres prisionera aquí?
—No estoy encadenada, pero hay razones por las que no puedo impedir un ataque contra tu rey o tu reino.
—Sus palabras brotaron de sus labios como dardos—.
Esto lleva tiempo preparándose, está bien planificado y se han tomado medidas para ejecutarlo.
Pero… —tragó saliva— me encargaré de que no te lastimen.
Por ahora solo necesitan mantenerte alejada del rey del mar.
—Y yo nunca dejaré de luchar por volver a su lado.
Su rostro se vino abajo.
—Ven conmigo. Quisiera presentarte Natthaven. Quizá pueda explicarte algo más. —Se dirigió a la puerta y se detuvo antes de abrirla—. Quizá podamos encontrar la manera de ayudarnos la una a la otra.
—No confío en ti. —No tenía sentido ocultar la verdad. Podría muy bien llevarme a una trampa, a la muerte, al insaciable deseo de sangre de Larsson .
—Lo sé. —Abrió la puerta y me hizo un gesto para que la siguiera—. Pero vas a preparar tu huida, conmigo o sin mí. Si quieres tener, aunque sea, una posibilidad, necesitas comprender dónde estás y qué se interpone en tu camino.
—¿Me estás ayudando a escapar?
—En absoluto. —Sonrió por encima del hombro—. Yo solo soy la mensajera. Lo que hagas con el mensaje dependerá por completo de ti.