La reina eterna (Los mares eternos 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

La serpiente

Por Livia .

Su nombre retumbaba en mi cabeza con cada golpe, con cada patada de los guerreros élficos de la tierra.

Tenía que vivir por ella. Tenía que regresar a la Nave Eterna y encontrarla. Lo único que necesitaba era sobrevivir el tiempo suficiente para que Aleksi hablara por mí.

Jonas , un príncipe de uno de los reinos élficos de la tierra, me miró con desdén mientras sus hombres me metían en la boca un trozo mugriento de cuero. Tragué a pesar de su sabor rancio, como si hubiese estado escondido en unos pantalones sudados y cocido bajo el sol ardiente.

Jonas me sujetó por los brazos y me obligó a incorporarme. Un fuego se encendió en mi muslo, como si una llama devorara el hueso desde dentro.

—Envía una señal a la guardia de la costa —ordenó Jonas —. Podría haber más de estos desgraciados entre las mareas.

Solo un poco más. Resistir un poco más.

Dos guerreros avanzaban hacia la trampa en la que habían caído Alek y Tait . Pronto descubrirían su error. Me enfrentaría al maestro de la tierra —de rodillas, si era necesario— y zarparíamos, maldita sea, de vuelta al Eterno para encontrar a mi reina.

No luché cuando Jonas ordenó a dos guerreros que me ataran las muñecas.

No luché cuando tiraron de mí hacia la hilera de corceles de tierra que aguardaban a sus jinetes.

Las monturas eran extrañas. Ya las había visto antes, pero, a diferencia de los horthane del Eterno, esas bestias apenas parecían capaces de nadar entre las mareas.

Dientes romos, pezuñas redondeadas y colas que se movían como cabellos élficos.

—Henrik. — Jonas asintió hacia un guerrero—. Ahora que lo pienso, deja que los otros elfos marinos se pudran un poco. Quiero toda la atención en el rey.

El guerrero inclinó la cabeza y se detuvo a diez pasos de la hondonada en la colina. Mierda. Iban a dejar atrás a Aleksi.

Desde allí, los gritos apagados de Alek y Tait se oían, pero eran del todo ininteligibles.

Tal vez era un hechizo, una maldición del destino, pero sonaban como hombres que gritaban tras una puerta muy lejana.

Ni siquiera el propio pueblo de Alek comprendía que habían atrapado a un príncipe.

Un príncipe cuya voz y apoyo necesitaba con desesperación.

Un torrente de pánico me oprimió el pecho. A través de la asquerosa mordaza en mi boca, gruñí y protesté. Jonas soltó una risita cargada de veneno, montó su corcel y tiró con fuerza de la cuerda atada a mis muñecas. Tropecé con el tirón.

Jonas se inclinó sobre su pierna, con los ojos entrecerrados.

—No te quedes atrás, Cantasangre.

Estaba muerto.

El príncipe volvió a tirar de la cuerda y avancé con paso torpe. El peso del fracaso asfixiante me curvaba la espalda a cada paso.

¿Qué sería de Livia si no llegaba hasta ella? ¿La encontraría Gavyn ? Tal vez él podría llevarla a casa, librarla de los problemas del Eterno. Podría… regresar a la paz que yo había destrozado.

Levanté el rostro hacia el cielo. Las estrellas eran distintas allí. Solo Caminante del Vacío resultaba reconocible, pero quedaba a mi espalda, suspendido sobre el mar.

Cuando yo desapareciera, esperaba… esperaba que los dioses me permitieran vivir en ambos cielos, como Caminante del Vacío. Así podría verla siempre.

Los guerreros mantenían un paso constante.

A veces tropezaba, y el príncipe de la tierra no aminoraba el paso; solo me ordenaba levantarme y apresurarme.

Para cuando llegamos a las sombrías puertas de la fortaleza principal, el sudor cubría mi frente.

El dolor de la pierna había pasado hacía rato del ardor al entumecimiento punzante, como si miles de agujas cosieran mi piel por dentro.

Desde una de las torres de vigilancia, un guerrero hizo sonar un cuerno curvado. La procesión se detuvo un momento ante las puertas, lo que me dio tiempo para recuperar el aliento a través del bulto de cuero sudado.

Las cadenas de hierro repiquetearon; las gruesas cuerdas se tensaron y crujieron cuando una pesada reja se desprendió de su base y permitió la entrada a los guerreros.

Ojos atentos nos seguían en cada maldito movimiento mientras avanzábamos hacia el interior.

Murmullos se extendieron como sombras cuando la gente tras las puertas me reconoció.

Nos detuvimos ante el amplio arco que conducía al salón principal.

Jonas pasó una pierna por encima de las pieles del lomo de su montura y cayó sobre la tierra. Se inclinó hacia un guardia apostado en la entrada.

—¿Dónde está el rey Valen?

—En la torre, mi señor.

—Ve por él. Ahora.

El guardia pareció sorprendido por la brusquedad del tono del príncipe. No era difícil imaginar que no hablaba de ese modo con frecuencia. Sin duda, la mayoría de los elfos de la tierra se comportaban de otra manera desde que yo les había arrebatado a su princesa.

No hacía tanto, las ventanas estaban cubiertas de cintas festivas y colores.

Montones de panes pegajosos y dulces azucarados llenaban las mesas durante su mascarada.

Ahora, en el interior del salón, los dulces habían sido reemplazados por un agrio olor a cerveza, espadas y rollos de mapas torpemente dibujados de lo que supuse era su versión del Eterno.

Estaban mal dibujados. Nunca encontrarían a Livia si intentaban adivinar, y jamás cruzarían el Abismo con esas naves delgadas que se parecían más a una serpiente marina que a un barco.

No podía morir allí, o ella moriría conmigo.

Sabía que Larsson era capaz de matar, y sin piedad. Había visto lo suficiente como para otorgarle con justicia el maldito nombre de Guardahuesos.

Las voces se apagaron cuando Jonas tiró de la cuerda.

—¡Tenemos a Cantasangre!

Resonaron algunos jadeos. Varias hojas se alzaron desde la mesa. Con un fuerte empujón, Jonas me lanzó al suelo y caí de rodillas. El cuero se deslizó fuera de mi boca, y las risas se elevaron hasta las vigas del techo.

Dos botas, desgastadas y cubiertas de barro, se detuvieron frente a mí.

—Levántalo, Stieg —gritó alguien desde atrás.

El hombre se agachó. Lentamente, alcé la mirada para enfrentar al guerrero. Stieg aún conservaba las cicatrices en la mandíbula, que se extendían bajo su barba trenzada. Una de ellas le cruzaba la ceja, la misma que llevaba desde que estuvo encerrado conmigo en aquella celda, tantos ciclos atrás.

Si alguien podía escucharme, sería ese guerrero.

—No le hice daño —solté en un suspiro apresurado—. No la lastimé. Tienes que escucharme…

—Te lo advertí —dijo Stieg , con un deje de tristeza en la voz—. No puedo protegerte ahora, rey eterno.

—Escúchame —gruñí—. Tu príncipe está atrapado en la colina, Stieg .

Al oír su nombre, frunció el ceño. Stieg se incorporó y me obligó a ponerme de pie. Mantuvo el agarre en mi brazo, me giró para quedar de cara al salón y después hizo un gesto con la mano a dos hombres junto a una puerta estrecha.

Cuando los hombres salieron del salón, me atreví a albergar esperanza.

A unos pasos de distancia, Jonas aún mostraba esa sonrisa cruel y se hallaba junto a un hombre que compartía su mismo rostro. Un hermano. Livia había mencionado que existían príncipes gemelos.

El negro, espeso como tinta derramada, invadía el blanco de sus ojos, teñido por su magia oscura.

Alrededor de los príncipes había guerreros que empuñaban sus espadas hasta que los nudillos se les pusieron blancos. Hombres y mujeres por igual me observaban como si esperaran que sus miradas arrancaran la carne de mis huesos.

Cerca de Jonas se encontraba la mujer que había estado junto a Livia la noche en que la tomé. Golpeaba el filo de un puñal contra su delicada palma. Trazos rúnicos descendían por su frente, su barbilla y su cuello. Tal vez ella era la más feroz de todos.

Las puertas a mi costado se estrellaron contra las paredes y dos escudos cayeron de sus ganchos. El salón quedó en silencio, como una ola que se retira de la orilla.

Allí, en el umbral, se alzaba el rey de los elfos de la tierra, con las hachas en las manos y los hombros que subían y bajaban con respiraciones pesadas y colmadas de ira.

Sus ojos, que en otro tiempo habían mostrado compasión por un muchacho al final de la guerra, ardían ahora con una malicia que podía saborearse.

«Quédate, Erik Cantasangre».

El hombre que se erguía al otro lado del salón no buscaba la paz. Quería sangre.

El rojo bordeaba sus ojos ennegrecidos con un destello de sed de muerte. El cabello oscuro le caía sobre la frente, desordenado y salvaje. Un rey poderoso y digno durante la guerra, que ahora parecía más bestia que hombre.

No tuve tiempo de asimilar nada antes de que Valen Ferus , asesino de mi padre, girara una de sus hachas de acero negro entre las manos. Sus largas piernas de elfo del pueblo de la Noche cruzaron el salón en menos de diez pasos.

Stieg me soltó justo cuando mi espalda chocó contra el muro de piedra. Resoplé con el golpe y me quedé sin aire cuando Valen me ahogó con el mango de su hacha.

—¿Dónde está ella? —rugió en mi cara.

Sus palabras de hacía tanto tiempo me vinieron a la cabeza: «Quédate».

Estaba seguro de que el rey de la tierra se encargaría de que no me marchara. Esparciría mis huesos por estas tierras hasta volverse polvo.