La reina eterna (Los mares eternos 2)
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Prólogo
Aquel día
Su destino ya estaba escrito.
En el fondo, el muchacho siempre había sabido que su historia terminaría así; ese era el destino inevitable de quienes caían del lado perdedor en una guerra.
El murmullo del agua acariciaba la orilla con suavidad detrás de él.
Guerreros se erguían entre él y su hogar, imponentes y silenciosos.
La arena húmeda se le incrustaba en los pantalones sucios que cubrían sus rodillas magulladas, pero el frío del mar le ofrecía un breve alivio, justo lo suficiente para volver a respirar.
Las noches encerrado entre los muros crueles de piedra habían llegado a su fin. Ahora debía enfrentarse a su destino.
A su lado, otro chico aguardaba un castigo similar. Un chico al que el joven rey estaba destinado a odiar. Pero no podía despreciarlo del todo. Otro fracaso más que añadir a la larga lista de formas en que todavía no era el rey que su padre habría querido.
Aquel segundo muchacho, maltrecho y cubierto de suciedad, era el único de su pueblo que quedaba.
Los demás habían partido ya en sus barcos de hueso y madera pulida, con velas negras y azules; habían desaparecido bajo las mareas violentas tan pronto como terminó la batalla.
El joven rey temía a la gente de la orilla, las hojas envainadas en sus cinturones, la sangre seca bajo las uñas.
Aun así, conservaba un vestigio de poder; la cautela medía los movimientos de quienes lo miraban y la tensión se dibujaba en sus mandíbulas, como si temieran que en cualquier instante estallara de furia.
Los temía, sí, pero no cabía duda: los elfos de la tierra también temían al rey del mar.
Mientras escuchaba el castigo impuesto al segundo elfo del mar por los reyes y reinas de los reinos enemigos, el joven monarca cerró sus dedos amoratados en torno a su nuevo y diminuto talismán.
La muchacha había exagerado su valor: la pequeña alondra tenía el brillo apagado del estaño, no la nobleza de la plata.
Aun así, desde el momento en que su pequeña alondra se alejó entre la espesura de la hierba, el joven rey se aferró al regalo de despedida.
El odio hervía en su interior como veneno en la sangre, y, sin embargo, no podía borrar de su mente a la diminuta ave que le había narrado historias grandiosas en la noche más oscura.
Un último vistazo, una mirada furtiva para retener la imagen de la muchacha antes de que las olas lo reclamaran. Pero al levantar la vista, no halló su rostro, sino el de un enemigo, endurecido por la guerra, mortal, envuelto en sombras negras.
Los ojos oscuros del rey elfo lo atravesaron como un abismo implacable, capaces de quebrar la piedra y someter la voluntad más firme. Tal vez el destino del muchacho no sería el destierro: quizá el rey de la tierra derramara su sangre envenenada sobre la arena sin dudar.
—No me desafiaste, muchacho —dijo el rey enemigo.
El desafío, la razón misma por la que el rey del mar había viajado hasta los reinos de la tierra.
Y, como un necio, había deshonrado a su pueblo.
Un solo instante de vacilación, un gesto de compasión hacia un enemigo moribundo, y el joven había perdido la oportunidad de reclamar el poder que su padre había dejado escapar hacía tantos años.
—No tuve oportunidad —fue lo único que dijo el joven rey.
No había lugar para la debilidad entre los reyes eternos. Alzó el mentón y esperó, con la tensión contenida, el golpe del hacha oscura y letal que había abierto el corazón de su padre.
Un escalofrío recorrió su espalda cuando el maestro de la tierra se inclinó sobre una rodilla, para quedar a su altura. ¿Por qué se postraría un rey victorioso ante su víctima?
El rey de los elfos de la tierra podría partirle el cuello con un simple gesto, y aun así habló con una voz suave, casi bondadosa:
—Podrías quedarte aquí. Serías bienvenido entre nuestra gente, y aún podrías guiar a los tuyos, si lo desearas. Hay reyes y reinas aquí que podrían orientarte.
¿Quedarse? ¿El padre de su alondra, su enemigo, el hombre al que había venido a matar… quería que se quedara?
El joven giró la cabeza con un movimiento veloz y, por encima del hombro del rey enemigo, la vio: allí estaba ella, junto a su madre, pálida como la escarcha.
La muchacha llevaba un delicado vestido verde, y una cadena dorada se enredaba entre sus finos rizos oscuros.
Un aspecto tan distinto al que lucía con los sencillos camisones que ocultaba bajo los abrigos de piel cuando se escabullía hasta su celda.
Sus ojos de zafiro se cruzaron con los de él, y el muchacho sintió que algo desconocido despertaba en lo más profundo de su pecho.
Quedarse. Podría quedarse y escucharla…, mientras los reyes lo manipulaban. Eso era todo: otra ocasión para que un nuevo Harald o Thorvald lo moldeara a su antojo para convertirlo en un rey construido según sus propios designios.
El muchacho volvió a fijar la mirada en el enemigo, con los labios tensos.
—Sé bien lo que implica la guía de los reyes, maestro de la tierra —murmuró con un gruñido contenido.
—No soy tu tío, muchacho. Ni tu padre —respondió el otro con voz grave.
Por los dioses, ¿acaso podía leerle la mente? El joven contuvo la respiración, sin saber qué hacer cuando su enemigo, aquel que debería degollarlo en ese mismo instante, volvió a hablar, esta vez en voz más baja.
Habló en un tono todavía más suave, incluso más amable, como si el rey de la tierra comprendiera el secreto que lo ataba y percibiera la fuerza que arrastraba al muchacho hacia la alondra que aguardaba junto a su madre.
Como si al maestro de la tierra no le importara que una serpiente marina entablara amistad con una alondra.
—Quédate, Erik Cantasangre —dijo—. Hay aquí quienes estarían mejor si lo hicieras.
Una vez más, el joven alzó la mirada hacia la muchacha.
«Estarían mejor». ¿Sería ella más feliz si él permanecía en su mundo? Lo dudaba. Y, aun así, deseó aceptar. Con más fuerza que nunca, deseó olvidar el desprecio de su padre, olvidar el odio, y quedarse junto a la alondra y sus historias.
Pero el odio es un sentimiento voluble. El anhelo y el deseo podrían desvanecerse, mientras que el rencor y el miedo se aferran con fuerza.
El muchacho eligió su destino. Decidió no permanecer en el lugar en el que las alondras entonan sus tristes melodías. Juró derramar sangre allí donde el enemigo ofrecía paz, y se aseguró de que el rey de la tierra no tuviera más opción que encerrarlo para siempre.
Mientras las mareas lo levantaban y las corrientes furiosas lo envolvían, arrastrándolo de regreso a su hogar, pensó en ella.
Pensó que algún día encontraría la manera de terminar la historia que había comenzado en la tierra de sus enemigos. Podría liberarla del rey adversario, porque ya había comprendido que ella nunca les perteneció.
Siempre había sido suya. Siempre lo sería.