La reina en el bosque CAPÍTULO 28 #3
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CAPÍTULO 28 #3

Aquel gesto de Jason había llenado en un solo segundo un vacío que durante semanas no había hecho otra cosa que agigantarse. En su lugar brotó una mezcla de decepción, rabia y traición tan densa, tan dolorosa, que apenas le permitía respirar.

—¿Dónde estamos? —le escuchó preguntar desde algún lugar a su espalda.

—En la granja de Nate —respondió ella—. En su tumba, mejor dicho.

—¿Estamos muy lejos del campamento? —volvió a preguntar.

Abbie se giró en su dirección, despacio, buscándole la mirada.

—¿En serio eso es todo lo que se te ocurre decirme? —le espetó sin piedad.

Jason lanzó un suspiro y bajó la mirada hasta el suelo.

—Lo siento, Abbie. De verdad.

—¿Qué es lo que sientes, Jason?

—Siento haberte abandonado en aquella cama. Intenté despertarte. Te lo juro, pero estabas ardiendo y pensé que… —Jason tragó saliva, alzó la mirada durante un segundo y después volvió a bajarla—. Pensé que estabas infectada, como Kim.

—No me refería a eso. Que me dejarais allí tirada ha resultado ser lo mejor que me ha pasado en la vida.

Jason la miró durante unos instantes. Parecía no entender sus palabras.

—Si te refieres a lo de esta mañana…

—¡Pues claro que me refiero a lo de esta mañana!

Jason dio un paso adelante.

—Estabas a punto de cometer un gran error, Abbie.

—¡Claro! Y ahora viene la parte en la que intentas convencerme de que ese hijo de puta ha cambiado, que ya no tiene nada que ver con la persona que era antes de que todo el mundo se fuera a la mierda y demás gilipolleces.

Pero Jason negó con la cabeza.

—Estabas a punto de cometer un error porque me niego a creer que seas capaz de hacer algo así.

—Ya no soy la persona que conociste, Jason. Y en gran parte por culpa de tu nuevo mejor amigo.

—Joder, Abbie… —Jason se dejó caer sobre un tocón—. ¿Se puede saber qué fue lo que pasó aquella noche entre vosotros dos?

Abbie no respondió al momento. No pudo. Las palabras murieron en su garganta. Durante un instante volvió a notar el regusto amargo del bourbon, el olor dulzón de un perfume masculino y el peso insoportable de un cuerpo sobre el suyo. Imágenes rotas. Sensaciones sin principio ni final.

Nada que pudiera convertir en una certeza.

—Tú no quieres saberlo, Jason —le escupió—. Si de verdad hubieras querido saber lo que ocurrió aquella noche, ya se lo habrías preguntado a él. ¿O es que acaso no has tenido los huevos suficientes para hacerlo?

Jason levantó despacio la cabeza. Lo que encontró en sus ojos la desconcertó. No había rabia. Ni furia. Ni siquiera decepción. Solo una tristeza inmensa. Y, mezclada con ella, algo que Abbie jamás habría esperado encontrar en la mirada de aquel hombre.

Lástima.

—No soy tan valiente como tú. Eso es evidente. Pero si nunca le pregunté a Cody por lo que ocurrió aquella noche es porque ya sabía la respuesta.

—Tú no sabes nada, Jason.

Jason negó despacio con la cabeza.

—Nunca te he juzgado, Abbie. Y nunca voy a hacerlo.

Ella no respondió.

—Preston me lo dijo la noche anterior, pero no quise creerle.

Jason se incorporó y dio un paso hacia ella.

—¿A qué te refieres?

—Vi el cheque aquella mañana. Estaba junto a la cama, firmado por él. Me dolió, Abbie. Me destrozó por dentro. Pero jamás te juzgué por ello y sigo sin hacerlo.

Abbie dio un paso atrás.

—No puedo creer que me estés haciendo esto.

Jason respiró hondo.

—Respóndeme a una cosa. Solo te pido eso.

Abbie sintió que el estómago se le encogía.

—Aquella noche… ¿entraste en esa cabaña de forma voluntaria mientras yo te esperaba en el aparcamiento?

La respuesta acudió a su cabeza con una claridad insoportable.

Recordaba haber cruzado el campamento en dirección a las cabañas.

Recordaba a Cody desnudo de cintura para arriba, sujetando los dos cheques bajo el umbral de la puerta con aquella sonrisa de superioridad.

Recordaba los acordes de Purple Rain escapando del interior de la cabaña.

Recordaba incluso haber mirado hacia el aparcamiento antes de que la puerta se cerrara a su espalda.

Después solo quedaban jirones.

Pero también recordaba otra cosa.

Recordaba la determinación con la que había recorrido aquel camino. El deseo desesperado de romper de una vez por todas con la vida que llevaba arrastrando desde hacía demasiado tiempo. Las ganas de empezar de cero. De marcharse de allí con Jason y no volver la vista atrás jamás.

No.

Quizá nunca llegara a saber lo que de verdad ocurrió al otro lado de aquella puerta. Quizá jamás consiguiera averiguar hasta dónde había llegado Cody aquella noche.

Pero había una única certeza a la que seguía aferrándose.

Aquella noche no se traicionó a sí misma.

Aquella noche no había sido la puta barata de Cody Vanderbilt, por mucho que las palabras de Jason pretendieran convencerla de lo contrario.

«Ni por todo el dinero del mundo».

No pronunció ni una palabra. Solo bajó la mirada y deshizo el nudo que ataba la bandana a su muñeca.

Sostuvo la tela entre las manos, contemplándola de la misma forma que la había contemplado tantas veces durante las últimas semanas, pensando que, de alguna forma u otra, seguía estando unida a Jason.

Pero ahora todo había quedado claro.

El vínculo se había roto.

Para siempre.

La bandana resbaló entre sus dedos.