EPÍLOGO
Entró en el salón principal justo a tiempo de ver cómo Jason desaparecía tras las puertas de la cocina.
No le importó demasiado. Si quería, podía pasarse el resto de su vida entre aquellos fogones.
Después de todo lo que había vivido durante las últimas semanas, después de todo lo que el bosque le había enseñado, aquel viejo sueño de convertirse en cocinera había quedado relegado a un rincón de su memoria.
Encontró a Grizz sentado en la gran mesa de reuniones, junto con el doctor Kavannagh y la Vieja Mama. Había varios documentos sobre la mesa. Abbie distinguió algunos mapas.
—Buenos días.
La Vieja Mama le correspondió con una sonrisa. El doctor, pese a las diferencias del día anterior, hizo lo propio. Grizz se limitó a mirarla durante una centésima de segundo para luego volver al mapa.
—Ayer lo hiciste bien, chica —dijo el trampero sin mirarla siquiera.
Aquello era lo más parecido a un «estoy orgulloso de ti» que Grizz diría en toda su vida.
Abbie asintió. Sin más.
—Hoy puedes descansar —continuó—. Mañana saldréis en busca de combustible.
—¿Por eso no he podido darme una ducha esta mañana? —preguntó Abbie.
—Hemos tenido que parar las bombas y la depuradora si queríamos mantener la cocina con electricidad —dijo el doctor.
—Ya veo —dijo Abbie—. Por cierto, doctor. ¿Cómo está Faith?
—Necesitará tiempo, pero se recuperará.
—Me alegra escucharlo.
—Hay un par de sitios cerca donde debería haber gasolina. Iréis Marcus y tú —dijo Grizz.
—Me parece bien, pero no he venido por eso.
Grizz la interrogó con la mirada.
—Se trata de Cody —dijo Abbie—. Creo que no debería quedarse en el campamento.
—Entonces no deberías haberlo traído —razonó el trampero con aquella lógica aplastante que tanto detestaba.
Abbie le lanzó una mirada de reojo al doctor.
—Lo intenté. Puedes creerme.
Grizz sostuvo su mirada unos segundos, impasible. No parecía enfadado. Solo esperaba una explicación.
—Dime, Abbie —terció la Vieja—. ¿Por qué razón deberíamos echar a ese chico del campamento? Tú mejor que nadie sabes lo peligroso que es el mundo ahí afuera.
—No digo que lo dejemos desnudo en medio del bosque. Que se lleve un coche y provisiones, pero que se vaya de aquí.
—Eso me tranquiliza un poco —dijo la anciana—, pero todavía no nos has dado ningún motivo para hacer eso.
Abbie clavó la mirada en Grizz. Todas sus esperanzas recaían en él.
—No es buena persona.
Grizz se removió en su asiento.
—¿Eso es todo? Si mañana yo decidiera echarte, bastaría con decir que no eres buena persona. ¿Te parecería justo?
Abbie apretó la mandíbula.
—Creo que me he ganado de sobra cierto crédito como para que confiéis en mi palabra —dijo Abbie.
—Se acerca el invierno —dijo la Vieja— y dos brazos fuertes como los de ese muchacho nunca están de más. Ahí fuera no hay nada para él ni para ninguno de nosotros. Solo peligro. Solo lobos acechando.
—Eso es lo que pretendo, Vieja. Mantener a los lobos fuera del campamento.
—No es suficiente, chica —sentenció Grizz—. No podemos permitirnos perder un hombre solo porque no te caiga bien.
Salió sin despedirse, con la mandíbula apretada, rumiando una mezcla de frustración, impotencia y rabia.
A su alrededor, el campamento parecía haber recuperado el pulso.
La excavadora seguía arrancándole metros de tierra al enorme agujero que, antes del fin del mundo, iba a convertirse en una piscina.
Ahora, varias personas levantaban allí la estructura del futuro invernadero subterráneo.
Un poco más allá, unos cuantos hombres, entre ellos Marcus, reforzaban el viejo barracón que serviría como segundo establo.
El muchacho la saludó al verla pasar. Abbie le correspondió con una sonrisa.
Incluso la música había vuelto.
Desde algún lugar del campamento, un radiocasete escupía los primeros compases de Don't Stop Believin' .
La voz de Steve Perry se abrió paso entre el sonido de los martillos, las sierras y las conversaciones, envolviendo el campamento con una sensación de normalidad que, apenas unos días antes, habría parecido imposible.
Vio a tres mujeres entrar en el establo y decidió seguirlas. Desde que la habían nombrado responsable de los animales, Keisha pasaba allí buena parte del día. El olor a heno y estiércol la golpeó nada más cruzar la puerta.
La niña no estaba allí.
Preguntó a una de las mujeres.
—Acabamos de verla con Freya, por la zona de las cabañas.
La encontró junto al lago, no demasiado lejos de la tercera cabaña por la izquierda.
Keisha reía a carcajadas. A su lado, Freya movía el rabo, contagiada por su entusiasmo. Frente a las dos, una figura en cuclillas parecía enseñarles un truco de magia con una moneda.
El hombre se incorporó despacio.
Llevaba ropa limpia. Se había cortado el pelo y se había afeitado. Cualquiera habría dicho que se trataba de otra persona.
Ella no.
Los ojos de depredador seguían siendo los mismos.
Keisha fue la primera en verla.
—¡Abbie! ¡Has llegado justo a tiempo! Mira...
La moneda desapareció entre los dedos de Cody y reapareció detrás de la oreja de la niña.
Keisha estalló en una nueva carcajada.
Abbie sintió que le arrebataban el aire, como si alguien acabara de abrirle el pecho para arrancarle el único motivo por el que su corazón seguía latiendo.
—Ven aquí —le ordenó.
La sonrisa desapareció del rostro de la niña.
—¿Por qué?
—He dicho que vengas.
Keisha miró a Cody sin entender qué ocurría. Él dio un paso atrás y dejó caer la mano que todavía sostenía la moneda.
—Solo estábamos…
—No vuelvas a acercarte a él. ¿Me has oído?
Agarró a la niña de la muñeca y tiró de ella. Freya dejó de menear el rabo.
—¡Vamos!
—¡Espera, Abbie!
—¡He dicho que nos vamos!
—¡Me haces daño! —gritó la pequeña, rompiendo a llorar.
Abbie siguió tirando de ella cada vez con más fuerza. Keisha se revolvió, lanzando un arañazo que le alcanzó en el antebrazo.
La niña logró zafarse de su mano.
—¡Tú no eres mi madre! —le espetó antes de alejarse corriendo en dirección a la cabaña.
—Keisha, espera…
Abbie intentó seguirla, pero Freya se interpuso de un salto entre las dos. Un gruñido salvaje brotó de su garganta mientras el pelo del lomo se le erizaba.
Abbie dio un paso adelante.
La perra enseñó los dientes, dejándole claro que si avanzaba más, tendría que vérselas con ella.
Solo cuando retrocedió, Freya reculó y echó a correr junto a Keisha. Ambas desaparecieron tras la puerta de su cabaña.
—Abbie… Yo…
Ella se giró despacio.
—Ni una palabra más, hijo de puta.
Cody obedeció.
—Aléjate de mí. Y aléjate de la niña. ¿Entendido?
Él asintió en silencio, pero no le bajó la mirada.
Abbie sostuvo aquellos ojos gélidos durante unos segundos.
El niñato arrogante al que había conocido había desaparecido.
En su lugar solo quedaba un hombre endurecido por el cautiverio, el hambre y la sangre vertida en el camino.
Un superviviente capaz de matar para no morir. Alguien tan peligroso como ella misma.
Pero ahora ya no le tenía miedo. Ahora, los dos jugaban con las mismas reglas.
—Algún día podré probar lo que me hiciste aquella noche —dijo al fin—. Y cuando lo haga… tú y yo ajustaremos cuentas.
Abbie se alejó sin darle opción a réplica. Pensó en entrar en la cabaña y pedir perdón a Keisha, pero aquella última frase aún escocía demasiado.
«Tú no eres mi madre».
Decidió darle tiempo, dárselo a ambas, y siguió andando hasta quedar plantada en mitad del campamento, sin sitio al que ir, sin nada que hacer, sin nadie a quien acudir.
Entonces el aire cambió.
Abbie inspiró el aroma del bosque: resina caliente, musgo húmedo, tierra vieja y el dulzor de la hojarasca descomponiéndose sobre el suelo.
Olía a calma, a refugio.
Abbie se ajustó las botas y aceptó su invitación.
FIN