La reina en el bosque CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

El Northern Light comenzó a perder velocidad hasta quedar en paralelo al casco del Blue Belle .

Sus ocupantes fueron desplegándose por la cubierta con escopetas y rifles a la vista.

Ninguno apuntaba directamente a Abbie ni a los suyos, pero bastaba una mirada para comprender que podrían hacerlo en cualquier momento.

El gordo, tal y como ella había deducido, fue el primero en tomar la palabra.

—Bonito barco —dijo a modo de saludo.

Abbie se limitó a responder con un leve asentimiento.

—¿Eres tú el que está al mando?

—¿Tú qué crees?

Abbie se tomó unos segundos para contestar, dejando que su mirada se pasease por todo el cuerpo de su interlocutor.

—Creo que, si no lo fueras, estarías bastante más delgado.

El gigante rompió en carcajadas. Sus esbirros permanecieron serios, mirándolos como chacales.

—Eres muy graciosa, rubia. Ahora, devuélveme lo que me pertenece.

Abbie giró la cabeza en dirección a Jason y a Cody.

—¿Te refieres a estos dos?

—Y a la chica.

Abbie negó con la cabeza.

—La cuestión es que no puedo devolvértelos, pero quizá podamos llegar a un trato. ¿Qué te parece?

—Me parece que te puedes meter tu trato por el culo. Devuélvemelos antes de que decida mataros a todos y quedarme con el barco.

Abbie dejó escapar una media sonrisa tan breve que desapareció incluso antes de acabar de formarse.

—Eso ya lo habías decidido antes de llegar. La diferencia es que entonces solo te interesaba el barco. Ahora también me has echado el ojo a mí, ¿verdad? Seguro que estás loco por llevarme a tu guarida para que tú y tus chicos podáis divertiros un rato conmigo, ¿me equivoco?

El gigante la recorrió despacio con la mirada, deteniéndose un instante en el pecho antes de escupir al agua.

—No te voy a negar que me apetecería echar un rato contigo. Da la impresión de que escondes una buena delantera bajo ese uniforme.

—Pues vete quitando esa idea de la cabeza. Porque antes te pego un tiro entre los ojos.

El gordo soltó una risa grave.

—Eso ya lo veremos.

Durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada.

El agua golpeaba suavemente los cascos de las dos embarcaciones mientras las armas permanecían inmóviles, aguardando la primera excusa para hablar.

La horda seguía apiñada junto al muelle, inmóvil, contemplando la escena con una paciencia inquietante, como si solo estuviera esperando que alguien cometiera el error de ponerse a su alcance para poder hincarle el diente.

Abbie fue la primera en hablar.

—Pactaste con Deacon tres cajas de bourbon por el cocinero. Las tengo aquí. Llévatelas, nos olvidamos de este asunto y todos volvemos a casa con los mismos agujeros que con los que llegamos aquí.

La sonrisa del gigante desapareció.

—¿Cómo coño sabes tú todo eso?

—Sé más cosas de las que te imaginas.

El hombre entrecerró los ojos.

—¿Vienes de parte de los Dillinger?

—Te aseguro que no.

El gordo se rascó despacio la barba. La respuesta no era la que había esperado. Miró a Jason. Después a Cody. Luego volvió a fijarse en Abbie.

Algo acababa de encajar en su cabeza.

—Espera un momento…

La señaló con un dedo grueso como una salchicha.

—Ya sé quién coño eres tú.

Abbie no respondió.

—Tú eres la rubia esa de la que tanto hablan en Côte Sauvage —continuó—. La que mató al hermano de Deacon. La de los destornilladores y toda esa mierda.

La palabra «destornilladores» pareció flotar unos segundos sobre la cubierta del Northern Light .

Nadie dijo nada, pero varios hombres intercambiaron una rápida mirada antes de volver a fijar los ojos en Abbie.

Uno de ellos tragó saliva. Otro aferró con más fuerza la culata de su rifle.

Ya no la observaban con los mismos ojos de chacal.

Abbie no movió un solo músculo. Dejó que el miedo calase en aquellos hombres.

—¿Y bien? —dijo tras unos segundos—. ¿Tenemos un trato?

El gordo miró a un lado y a otro. Ya no parecía tan cómodo en aquella conversación.

—El bourbon era solo por el cocinero —respondió al fin, accediendo a negociar—. No se habló nada de los otros dos.

—La chica está medio muerta. No vale nada —dijo Abbie—. Y el otro… —Giró la cabeza hacia Cody—. El otro no es más que un niñato malcriado —continuó—. A estas alturas ya deberíais saber que no vale ni para hacer sombra.

El gigante soltó un bufido.

—Ese hijo de puta mató anoche a cuatro de mis hombres. Casi le corta la cabeza a mi primo con un cuchillo de carnicero. Lo quiero de vuelta.

—Me parece justo…

Alguien a su espalda intentó interrumpirla. Quizá el doctor. Quizá Jason. Nunca lo supo. No llegó a pronunciar más de un par de sílabas. Abbie alzó el puño izquierdo y la protesta murió antes de nacer.

El silencio regresó a la cubierta del Blue Belle .

Qué fácil habría sido decir: «Es vuestro».

Y, pese a todo…

«Puta moral del viejo mundo».

Una cosa era no salvarlo, dejar que el destino decidiera. Al fin y al cabo, ella no lo había colocado allí, en medio de aquella bahía. Pero entregarlo a aquellos salvajes para que lo despedazaran era muy distinto.

Además, estaba su nueva novia y el numerito que con toda seguridad montaría en cuanto intentaran llevárselo. Jason saltaría al otro barco por voluntad propia antes de permitir que se lo arrebataran. Lo acababa de dejar bastante claro.

Miró a un lado. Luego a otro. Marcus seguía allí, como tallado en piedra, con los músculos tensos y la escopeta más que preparada.

El doctor, aunque empuñaba la pistola, parecía más un flan con forma de ser humano que una amenaza real.

Y luego estaban los tres recién rescatados. Ceros a la izquierda. Carga muerta.

La única salida seguía siendo negociar, pero aparte del bourbon no tenía con qué hacerlo. En Thunder Bay solo habían conseguido los antiepilépticos. Barrió la cubierta con la mirada…

—Como iba diciendo… Entiendo que quieras ajustar cuentas con el rubito, pero no puedo permitir que os llevéis a ninguno de los tres.

En cambio, subo mi oferta. Las tres cajas de bourbon y el bidón de gasolina por los tres.

Y que vuestros muertos os sirvan como recordatorio: la esclavitud se abolió hace ya muchos años.

El barbudo negó con la cabeza.

—No hay trato.

Abbie suspiró.

—Entonces solo nos queda una opción.

La recortada ascendió despacio hasta quedar encarada al pecho del gigante.

Marcus hizo lo propio. Como movidos por un mismo resorte, los hombres del Northern Light levantaron rifles y escopetas al unísono. El estrecho brazo de agua que separaba ambas embarcaciones se llenó de cañones.

Fue entonces cuando Abbie recordó un pequeño detalle. Bastante importante cuando amenazas a siete hombres con una escopeta.

«Esta vez sí que te has lucido, Abbie».

Los dos cartuchos seguían siendo los mismos con los que había reventado el candado del contenedor. Ni siquiera había abierto la escopeta para expulsarlos. Si el gordo decidía poner a prueba su amenaza, lo único que saldría de aquellos cañones sería un ridículo clic.

—Estáis en desventaja —dijo el gordo sin apartar la vista de Abbie—. En cuanto esto empiece, acabaréis todos muertos.

Abbie bajó el arma un poco.

—Lo sé.

Su voz sonó extrañamente tranquila incluso para ella misma.

—Pero antes me aseguraré de que no vuelvas a violar a nadie.

La frase quedó suspendida sobre el lago.

El gordo se removió, incómodo. Tras unos segundos escupió de nuevo en dirección al lago.

—Tienes suerte de que les tenga bastante más cariño a mis huevos del que le tenía a mi primo. Acepto el trato, pero solo porque esta no es mi guerra. Que sean los Dillinger los que se encarguen de ti, rubia.

Acomodaron a Faith sobre el asiento trasero del todoterreno, con la cabeza sobre el regazo de Cody.

—Sigo pensando que Jason debería ir primero —protestó el doctor desde el asiento del copiloto—. Está desnutrido y seguro que también deshidratado. Cuanto antes llegue al campamento, antes podré…

—Le recuerdo que ya no estamos en su barco, doctor —le cortó Abbie—. Él y yo nos quedamos. Marcus volverá a por nosotros. Y no hay más que hablar.

—Estaré bien, doctor —dijo Jason, unos pasos más atrás—. No se preocupe por mí.

El doctor Kavannagh le lanzó una última mirada de desacuerdo y subió la ventanilla. El Range Rover maniobró y desapareció por el sendero.

No había hablado con nadie durante la travesía por el lago y la caminata hasta la granja.

Había intentado serenarse, ordenar sus ideas y poner en perspectiva todo lo vivido durante las últimas horas.

Pero la misma imagen se repetía una y otra vez en su cabeza: Jason interponiéndose entre ella y Cody, dispuesto a quedarse con él a cualquier precio.

Y todo volvía a volar por los aires.