La reina en el bosque CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La figura más baja, una mujer a todas luces, volvió a llevarse los prismáticos a los ojos.

Permaneció inmóvil unos segundos, observando la neumática con una atención que a él se le hizo insoportablemente larga.

Después dejó los prismáticos a un lado, volvió a ajustarse la máscara antigás y recogió la escopeta recortada que descansaba contra la borda.

El hombre alto hizo lo mismo con su escopeta de caza, aunque bastó un leve gesto suyo para comprender quién de los dos llevaba realmente el mando.

No hicieron ningún gesto de saludo. Ni una sola señal de bienvenida.

Cuando la neumática terminó golpeando suavemente el casco del Blue Belle , la figura de la recortada avanzó hasta la borda y dejó que el cañón barriera despacio la embarcación sin detenerse sobre nadie en concreto.

—¿Vais armados?

La voz llegó distorsionada por la máscara, metálica pero innegablemente femenina.

Jason volvió la cabeza hacia Cody.

Él comprendió al instante. Sacó despacio el cuchillo de caza del cinturón y lo dejó caer al lago. La hoja desapareció bajo la superficie sin apenas salpicar.

—No tenemos más armas.

La figura permaneció inmóvil unos segundos.

—¿Qué lleváis bajo la lona?

Jason se agachó de inmediato. Apartó la lona con cuidado y dejó al descubierto el cuerpo inmóvil de Faith.

—¿Está muerta?

—No. Pero necesita un médico.

—¿Está infectada?

—No. Ninguno de los tres.

Hubo un breve silencio. La recortada volvió a barrer la lancha, quedando enfrentada con Cody en aquella ocasión.

—¿De quién es toda esa sangre?

Cody se miró a sí mismo, abriendo los brazos.

—No es mía —fue su única respuesta.

—No has contestado a mi pregunta —insistió la enmascarada.

—Nos hemos escapado de unos hombres que nos tenían como esclavos —le explicó Jason—. No hemos tenido otra opción, pero no somos peligrosos. Lo juro.

La mujer del barco, sin dejar de apuntar a Cody, se tomó unos segundos para decidir si estaba diciendo la verdad o se la estaba intentando colar.

—Subid a la chica.

Jason reaccionó al instante. Entre él y Cody levantaron a Faith con el mayor cuidado posible y la elevaron hasta la borda del Blue Belle .

El hombre alto se inclinó sobre ellos, la agarró con firmeza y la alzó sin aparente esfuerzo, como si apenas pesara.

Un instante después, descansaba sobre la cubierta.

La mujer de la recortada señaló entonces a Jason.

—Ahora tú. Sin movimientos extraños.

Jason no pudo contener una sonrisa. Iban a salvarlos.

Cabía la posibilidad de que aquella gente también los quisiera como esclavos, pero algo en su interior le decía que no se trataba de esa clase de personas.

Apoyó una mano sobre la borda y comenzó a subir.

A su espalda, Cody debió hacer algún movimiento porque la enmascarada se tensó y subió aún más la escopeta, hasta el punto de apuntarle directamente a la cabeza.

—Tú te quedas.

Jason se quedó petrificado, a medio camino entre la neumática y la cubierta.

¿Por qué no dejaba subir a Cody? ¿Quizá por la sangre que lo cubría? ¿Lo habría considerado como una amenaza para ellos?

Se giró para hacer cualquier cosa que la hiciera cambiar de idea. Suplicar, razonar, mentir… Lo que fuera.

No llegó a abrir la boca.

Al levantar el arma, la manga de la chaqueta de camuflaje había retrocedido, dejando al descubierto un retal de tela negra con un kanji bordado en blanco anudado a su muñeca derecha.

Toda la tensión acumulada durante aquellas semanas le golpeó de pronto. El aire se le quedó atascado en el pecho. Las piernas comenzaron a fallarle y solo la barandilla impidió que acabara en el agua.

—¿Abbie?

La mujer no respondió. Giró la cabeza hacia él y lo observó durante unos segundos. Jason creyó reconocer unos ojos verdes tras los visores de plástico.

Sin pronunciar palabra, se arrancó la máscara de un solo tirón.

Llevaba el pelo mucho más corto y cortado de cualquier manera.

Jason lo recordaba más rubio. Había adelgazado, pero no parecía desnutrida como ellos.

El uniforme militar no conseguía disimular un cuerpo mucho más fibroso, más atlético, que apenas seis semanas atrás.

Un verdugón de tonos morados y amarillentos le ensombrecía el ojo izquierdo y unos puntos negros mantenían cerrado un corte que le atravesaba el labio superior, junto a la comisura.

Pero era ella. De eso no cabía ninguna duda.

«Dios…»

Era ella.

Durante semanas había aprendido a convivir con el hambre, con el dolor y con la incertidumbre de si volvería a ver un nuevo día o sería víctima de alguno de sus captores por cualquier razón.

Sin embargo, bastó contemplar su rostro durante un segundo para que todo aquel sufrimiento retrocediera de golpe, arrinconado por una emoción mucho más poderosa que cualquiera de sus miedos.

En cambio, ella no parecía compartir ni una pizca de su entusiasmo.

Tras deshacerse de la máscara, apenas le dedicó una mirada fugaz, demasiado breve para que Jason pudiera encontrar en ella el menor atisbo de alivio o alegría.

Toda su atención volvió a centrarse en Cody.

Tenía el cuello rígido, las mandíbulas apretadas y una dureza desconocida en los ojos.

Empuñaba la recortada con una seguridad que jamás le había visto; el dedo acariciaba el gatillo sin el menor temblor, como si aquel arma llevara semanas formando parte de su propia anatomía.

—Sube, Jason —ordenó ella de forma tajante.

No logró diferenciar emoción alguna en su voz. Solo una frialdad que Jason jamás le había conocido.

Jason bajó despacio otra vez a la neumática. Casi sin darse cuenta, se colocó entre Cody y el cañón de la escopeta.

—Él también viene.

—No.

—Abbie…

—He dicho que él se queda.

En aquella situación, la Abbie que él había conocido habría explotado de furia. Habría gritado, llorado o perdido los nervios de cualquier otra forma. Pero aquella voz era distinta. Serena. Controlada. Desprovista de cualquier emoción.

—Por favor. Déjame explicártelo. Tú no lo entiendes…

—El único que no entiende nada aquí eres tú —replicó Abbie, sin dejarle terminar.

—Sube al barco —dijo Cody—. No seas estúpido.

Jason negó despacio con la cabeza, manteniéndole la mirada a Abbie.

—No puedo.

Cody soltó una risa seca, agotada.

—No seas idiota, Jason. Has encontrado a los tuyos. Sube. Yo me las arreglaré por mi cuenta.

—Hazle caso —dijo Abbie—. Sube al barco de una puta vez.

—De no ser por Cody, yo habría muerto hace mucho tiempo. No me voy sin él. No voy a abandonarlo. No ahora.

Algo cambió en los ojos de Abbie al escuchar aquellas palabras.

No era ira.

La ira estallaba.

Aquello, en cambio, se extendió por su interior con la lentitud de un veneno. Jason tuvo la impresión de estar viendo morir algo detrás de aquellos ojos verdes. Algo en el interior de Abbie se estaba rompiendo en esos momentos y supo que iba a ser casi imposible arreglarlo.

—Hijo de puta…

No recordaba haber oído tanto odio concentrado en tan pocas palabras.

—Así que no piensas abandonarle… —dijo, demorándose en cada sílaba como quien disfruta abriendo una vieja herida.

La voz de Abbie comenzó a quebrarse por primera vez.

No de tristeza, sino de pura rabia.

—…pero a mí sí me dejaste sola en aquel campamento de mierda.

Jason abrió la boca.

—Eso no es justo, Abbie. Yo pensaba que…

—¡Tenemos visita!

La voz del compañero de Abbie cortó la discusión como un disparo.

Jason se giró hacia donde miraba. El Northern Light acababa de aparecer tras el carguero y comenzaba a virar en su dirección.

Los habían visto.

—Son ellos.

—¿Quiénes? —preguntó Abbie, sin bajar la escopeta ni un solo segundo.

—Los que nos tenían prisioneros. Vienen a por nosotros.

—¡Mierda! —Abbie bajó el arma y dio un paso atrás sobre la cubierta—. ¡Todo el mundo a bordo! ¡Ahora!

—¿Podemos perderlos? —le preguntó al doctor.

Kavannagh negó con la cabeza.

—No nos dará tiempo a coger velocidad antes de que nos alcancen.

—Puta mierda —susurró—. Entonces nos quedamos aquí. Huir solo hará que empiecen a llovernos balas antes de tiempo.

Marcus se apartó los prismáticos de los ojos.

—Seis o siete. Todos armados y cabreados —le informó—. ¿Qué hacemos ahora?

Abbie se giró hacia Cody, Jason y Faith. Después miró las cajas de bourbon que Deacon pretendía intercambiar y algo parecido a un plan empezó a formarse en su cabeza.

No era un buen plan, pero era el único que tenían.

—Reza porque tengan ganas de negociar.

El Northern Light seguía acercándose. Abbie empezaba a distinguir mejor a sus ocupantes. Parecían salidos del mismo molde que los hombres de los Dillinger: ropa vaquera, botas militares, barbas descuidadas… y mugre por castigo.

Solo uno desentonaba del resto. Alto, gordo y con una barba que casi le alcanzaba la barriga. Vestía un chaleco de cuero sobre el torso desnudo y ocultaba los ojos tras unas gafas de sol. No necesitó que nadie se lo dijera para saber que aquel era quien mandaba.

Incluso aquel gigante habría sido carne de cuervo de haber estado en el bosque.

Marcus y ella los habrían ido cazando uno a uno hasta que el último comprendiera que nunca había tenido una oportunidad de salir vivo de allí.

Flotando en mitad del lago, eran ellos quienes habían perdido la ventaja.

No había árboles, ni senderos, ni lugares donde desaparecer.

Solo agua.

—Nos tienen a tiro —dijo el doctor—. ¿Por qué no disparan?

—Porque no quieren dañar el barco —respondió Abbie.

—¿No pretenderán llevárselo también?

—Si yo estuviera en su posición, pretendería llevarme todo y a todos.

Abbie volvió a mirar el cuerpo inmóvil de Faith.

La última vez que la había mirado con atención había sido en el salón principal de Olympus, bailando sobre una barra entre risas, música y luces de colores.

Ahora apenas parecía la misma persona. Aquello era lo que aquellos hijos de puta hacían con las mujeres que caían en sus manos.

Las convertían en sombras de sí mismas antes de matarlas.

Ella no pensaba regalarles ese placer.