CAPÍTULO 27 #3
Tenía la impresión de estar segregando adrenalina por galones. El pecho le subía y le bajaba con tanta violencia que apenas conseguía llenar los pulmones. Se llevó una mano a la máscara, la apartó un instante y aspiró una bocanada de aire.
Grave error.
La peste de Thunder Bay le abrasó la garganta y le revolvió el estómago. Volvió a colocársela de inmediato mientras una tos seca le sacudía el cuerpo.
Mucho mejor así.
No sabía si sentirse afortunada por seguir viva o desgraciada por haber perdido dos cajas enteras de las medicinas de Keisha.
Solo tenía una cosa clara.
Si Marcus no hubiera vuelto a por ella, a aquellas alturas sería el desayuno de la horda... o una más de ellos.
Se volvió hacia el chico y lo abrazó con fuerza.
—Gracias, hermano. Ahora sí que te debo una de verdad —dijo, pegada a su pecho.
Marcus asintió y le devolvió el abrazo. Jadeaba tanto que era incapaz de pronunciar una sola palabra, pero Abbie habría jurado que estaba sonriendo bajo la máscara.
Cuando volvió la vista hacia el puerto, los infectados que se habían arrojado al agua terminaban de hundirse.
Los demás permanecían inmóviles junto al borde del muelle, observando el barco con aquellos rostros consumidos y amarillentos.
Algunos dejaban caer lentamente la cabeza hacia un lado... y después hacia el otro.
No parecían enfadados. Tampoco frustrados. Era como si hubieran comprendido que perseguirlos ya no tenía sentido y, aun así, siguieran observándolos con la certeza de que aquello no había terminado.
Aquello le produjo un escalofrío mucho mayor que la persecución.
—Decidme que al menos ha valido la pena —dijo el doctor sin soltar el timón.
Abbie se descolgó la mochila y la abrió.
—Dímelo tú —dijo, enseñándole el interior—. Había más, pero las cosas se han complicado un poco.
El doctor asintió. Con la máscara era imposible saber si estaba satisfecho con lo cosechado.
—No os castiguéis demasiado. Ahí adentro debe haber tratamiento para un par de años como mínimo.
—¡Bien! ¡Joder! —exclamó Abbie, eufórica—. Vámonos de este infierno de una puta vez.
—¡Mirad!
Marcus señalaba hacia el carguero.
A los pies del enorme buque mercante, una pequeña neumática se balanceaba sobre las aguas del puerto.
Dos personas agitaban los brazos desesperadamente.
Abbie entrecerró los ojos y aguzó el oído. Parecían pedir socorro a gritos.
Incluso a aquella distancia estaba claro que no eran infectados.
Pero tampoco eran asunto suyo.
—Hemos venido a por las medicinas de Keisha, no a por más supervivientes. Ya tenemos lo que queríamos. No podemos ponerlo en riesgo por unos desconocidos.
—¿Lo dices en serio? —preguntó el doctor.
—Completamente.
—Tenemos que ayudarlos —replicó el doctor—. Si los dejamos aquí, los condenaremos a muerte.
—No son problema nuestro. Grizz me puso al mando y yo digo que nos vamos.
El médico negó despacio con la cabeza.
—Puede que estés al mando de la misión, pero yo hice un juramento hace muchos años y pienso cumplirlo. Es evidente que esa gente necesita asistencia médica.
El doctor se giró hacia el cuadro. Un segundo después, el motor del Blue Belle murió y el barco comenzó a perder velocidad.
Abbie lo miró con incredulidad. Avanzó hacia el doctor al punto de que las dos máscaras antigás casi llegaban a tocarse.
—Yo también hice un juramento. Hace dos noches. A una niña de doce años. Le prometí que volvería con sus medicinas y eso es exactamente lo que pienso hacer.
—Eso no es incompatible con ayudar a esa gente.
—¿Por qué no lo votamos? —terció Marcus.
Abbie se giró hacia él.
—¡Porque yo estoy al mando!
—Al mando de la misión, pero no del barco. A bordo, soy yo el que manda —replicó el doctor.
—¡Y una mierda! —le gritó Abbie a la cara.
Marcus se interpuso entre ella y el doctor con ambos brazos estirados, como el árbitro que manda a los dos púgiles a sus esquinas.
—Vamos a votar —repitió—. Está claro que no os pondréis de acuerdo antes de que lleguen aquí.
—Por mí bien —convino el doctor.
Abbie volvió a mirar la lancha. Las dos figuras no paraban de remar. Parecían hombres con barbas y melenas largas, descuidadas. Uno de ellos era moreno y el otro tenía el pelo mucho más claro. En el interior había una lona amarilla. Creyó distinguir un bulto bajo ella.
Aquello no le daba buena espina, pero el doctor no le estaba dando demasiadas opciones.
—Está bien —cedió al fin—. Está claro que eres tú el que desempatas. —Miró a Marcus.
El chico asintió, mirándola a través de las máscaras. Se giró hacia el doctor y hacia la lancha. Volvió a mirar a Abbie.
—No podemos dejarlos aquí —dijo.
Abbie reprimió una maldición bajo la máscara.
—De acuerdo —accedió al fin—. Los esperaremos, pero si huelo problemas, nos vamos de aquí echando hostias. ¿Entendido?
El doctor asintió.
—Estás haciendo lo correcto, Abbie.
—Teniendo en cuenta mi historial de decisiones, eso es lo que más miedo me da. Vuelve a encender ese motor. Por cierto, ¿tienes unos prismáticos por ahí?
—Claro. Deben estar por aquí.
El doctor abrió uno de los cajones de la cabina y le tendió un par de binoculares.
—¿Qué quieres ver? —le preguntó Marcus.
—Quiero saber qué coño llevan debajo de esa lona.
Abbie cogió aire, se quitó la máscara y se llevó los prismáticos a los ojos.
—No me jodas…