CAPÍTULO 27 #2
Abbie se obligó a dejar lo que estaba haciendo y salió del contenedor. El chico corría hacia ella a toda la velocidad que podía exprimir de sus piernas. No hizo falta que dijera una sola palabra más. Abbie siguió la dirección de su brazo.
Al principio creyó que se trataba de un solo grupo. Después distinguió otro.
Y otro más.
Aquellos seres de piel amarillenta empezaron a brotar de todas partes al mismo tiempo.
Salían de entre los almacenes, descendían por las calles que desembocaban en el puerto, trepaban sobre las barricadas, surgían de detrás de los camiones militares y de los vagones de mercancías, abandonaban edificios cuya existencia Abbie ni siquiera había advertido hasta entonces.
Cada nuevo rincón de Thunder Bay parecía esconder una nueva horda de infectados.
Sus gruñidos comenzaron a mezclarse unos con otros hasta formar un único bramido. Gritaban, chillaban, se llamaban entre ellos con unos sonidos imposibles mientras corrían atropellándose unos a otros, cayendo sobre los cadáveres y volviendo a levantarse sin detenerse un solo instante.
Los dos disparos no habían despertado a los monstruos que habitaban el puerto.
Habían despertado a la ciudad entera.
La marea de cuerpos avanzaba llenando el puerto de lado a lado. Allí donde unos caían, otros ocupaban inmediatamente su lugar, hasta formar una masa compacta que se precipitaba hacia ellos como una riada.
—¡Mierda!
Se volvió hacia el contenedor. Aún había muchas pastillas dentro.
—¡Ven aquí! ¡Todavía tenemos tiempo!
Volvió a subirse, se colgó la mochila y cogió las dos cajas que aún permanecían cerradas. Le tiró una a Marcus y ella se quedó con la otra. La horda se les echaba encima.
—¡Corre, Marcus, corre!
El rumor fue lo primero que llegó a sus oídos.
Al principio apenas era un murmullo lejano, un eco confuso que el viento arrastraba desde el interior del puerto. Poco a poco fue creciendo hasta convertirse en un bramido continuo, una mezcla de gruñidos, alaridos y cientos de pasos golpeando el asfalto al unísono.
Jason levantó la vista.
Todavía no alcanzaba a ver nada.
Miró a Cody. Permanecía inmóvil en la neumática, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de partirse. Los ojos no se apartaban del muelle. Esperaba.
Entonces aparecieron.
Dos figuras enfundadas en ropa militar y protegidas por máscaras antigás irrumpieron entre los contenedores cargando sendas cajas de cartón. Corrían hacia el Blue Belle mientras, a sus espaldas, una masa de infectados devoraba la distancia que los separaba.
La figura más alta abría la marcha. La otra empezaba a quedarse atrás.
Cada zancada parecía costarle un mundo. Poco a poco fue perdiendo distancia hasta que uno de los cadáveres esparcidos por el puerto le jugó una mala pasada. Tropezó, salió despedida hacia delante y rodó por el suelo. La caja escapó de sus manos y fue a estrellarse varios metros más allá.
Jason se mordió el labio.
—Levántate —susurró con todos los músculos en tensión.
Ya estaba.
El más bajo no lo iba a lograr.
Pero el compañero que iba en cabeza se dio cuenta enseguida. Soltó su propia caja sin pensárselo dos veces, dio media vuelta y regresó a la carrera. Lo agarró por un brazo, prácticamente lo arrancó del suelo y ambos reanudaron la huida mientras la horda se les echaba encima.
Durante unos segundos Jason habría jurado que los alcanzaban.
Los primeros infectados ya estiraban los brazos hacia ellos.
Entonces los dos saltaron sobre la proa del Blue Belle .
Por suerte, el timonel sabía lo que se hacía. El barco se apartó del muelle casi de inmediato.
Decenas de infectados continuaron avanzando por pura inercia. Algunos se precipitaron al agua, donde comenzaron a chapotear, bracear y lanzar gritos desgarradores antes de desaparecer lentamente bajo la superficie.
Los demás se detuvieron.
No todos a la vez. Uno tras otro. Como si una misma orden silenciosa hubiera recorrido la horda.
Permanecieron inmóviles junto al borde del muelle, contemplando cómo el barco empezaba a alejarse.
Aquello fue lo que más inquietó a Jason.
No parecían frustrados. Parecían haber comprendido que su presa acababa de quedar fuera de su alcance.
Su atención regresó al Blue Belle .
El barco ya había dejado atrás el muelle y empezaba a alejarse de ellos lago adentro.
—¡Se van! —gritó.
Cody reaccionó de inmediato.
Se puso en pie sobre la neumática y comenzó a agitar ambos brazos por encima de la cabeza.
—¡Aquí! ¡Eh! ¡Aquí!
Jason lo imitó al instante.
—¡Socorro! ¡Ayuda!
Durante unos segundos creyó que no los verían, que seguirían su camino sin reparar en ellos.
Entonces la figura más alta se volvió hacia ellos.
Alzó un brazo y señaló en su dirección. Las otras dos se giraron también y el barco empezó a perder velocidad.
—¡Nos han visto!
Jason y Cody empuñaron los remos al mismo tiempo y comenzaron a bogar con todas las fuerzas que aún les quedaban.
El Blue Belle perdió todo el impulso del motor, quedando al pairo.
Las tres figuras comenzaron a hablar entre sí. Jason era incapaz de distinguir una sola palabra, pero no le costó imaginar el motivo de aquella conversación. Su destino dependía de lo que decidieran durante los siguientes segundos.