CAPÍTULO 27
Las primeras luces del alba apenas habían empezado a desteñir el horizonte cuando una pestilencia insoportable les salió al encuentro mucho antes de que Thunder Bay apareciera ante sus ojos.
Abbie fue la primera en advertirlo.
No era el olor familiar de un animal muerto en el bosque ni el de una ciénaga estancada durante el verano. Aquello era distinto. Más denso. Más viejo. Como si todo el puto mundo hubiera decidido pudrirse al mismo tiempo.
—Las máscaras.
Marcus no necesitó que se lo repitiera. Ambos rebuscaron en sus mochilas y se colocaron las máscaras antigás mientras el Blue Belle continuaba aproximándose lentamente al puerto industrial.
Solo entonces la ciudad empezó a dibujarse entre la bruma.
Columnas de humo se elevaban aquí y allá, negras y perezosas, delatando incendios que seguían consumiendo la ciudad sin que nadie quedara para apagarlos. No se veía movimiento alguno. Ni coches. Ni personas. Solo edificios silenciosos y un cielo recorrido por centenares de gaviotas.
—Dios santo… —murmuró Abbie.
Mientras contemplaba aquella inmensa ciudad convertida en un cadáver, no pudo evitar preguntarse qué habría ocurrido en lugares mucho mayores.
Si Thunder Bay había terminado así... ¿qué demonios habría quedado de Nueva York?
¿De Los Ángeles? ¿De Minneapolis? Aquellas ciudades debían de haberse convertido en auténticos infiernos.
Hasta ese momento había conservado alguna esperanza de que, de algún modo, Corinne hubiera conseguido sobrevivir. Aquella visión acabó también con eso.
El Blue Belle atracó al pie de los enormes silos de grano con las primeras luces del día.
Antes de saltar al muelle, Abbie se quitó la pistola del cinturón y se la tendió al doctor.
—Quédese aquí.
Kavannagh bajó la vista hacia el arma.
—No sé si…
—No hace falta que sepa. Solo apunte y apriete el gatillo. Si se acerca alguien que no seamos nosotros, dispare sin preguntar. Nosotros acudiremos lo antes posible.
El médico tragó saliva antes de asentir.
—Y no apague los motores.
Abbie descendió al muelle seguida de Marcus.
Nada más poner pie en tierra comprendieron que el puerto había sido uno de los escenarios donde la civilización había librado su última batalla.
Había cadáveres por todas partes. Al principio intentó hacerse una idea de cuántos habría. Renunció enseguida. Eran tantos que el propio puerto parecía construido sobre una alfombra de muertos.
Entre los cadáveres todavía podían distinguirse fusiles reglamentarios, chalecos reflectantes de los estibadores, bolsos, mochilas y carritos de bebé volcados.
La muerte no había hecho distinciones. Cuando sus ojos se detuvieron en la pequeña silueta de un niño aún agarrado de la mano de su madre, Abbie apartó la vista casi al instante.
Entre los cuerpos se extendían toneladas de trigo, cebada y otros cereales derramados desde los silos y los contenedores en los que eran transportados.
Bajo el calor de las últimas semanas, aquel océano amarillento había empezado a fermentar y desprendía un hedor agrio que se mezclaba con el de la carne descompuesta hasta formar una peste casi sólida.
Las moscas, grandes y verdosas, cubrían los cadáveres como si fuesen una segunda piel.
Las gaviotas levantaban el vuelo a su paso, protestando con graznidos ásperos antes de volver a lanzarse sobre los restos humanos a medio descomponer.
Barricadas levantadas con sacos terreros, bloques de hormigón, vallas metálicas, contenedores y vehículos militares atravesados seguían cerrando algunos accesos.
Miles de casquillos de fusil relucían sobre el asfalto.
Palés de munición abiertos, cajas de víveres reventadas y montacargas abandonados hablaban de una defensa improvisada a toda prisa.
Sobre todo aquello se alzaban las inmensas grúas del puerto, inmóviles, congeladas para siempre en mitad de una jornada laboral que nunca habría de terminar.
Todo cuanto los rodeaba contaba la misma historia. El ejército había intentado convertir el puerto en un refugio. La población había acudido en masa buscando comida y protección. Después llegaron los infectados.
—Pongámonos en marcha.
No quería permanecer allí ni un segundo más de lo estrictamente necesario.
Cruzaron el puerto en dirección a los almacenes, atravesando las vías del ferrocarril. Durante la travesía, el doctor Kavannagh les había repetido las instrucciones tantas veces que Abbie ya era capaz de recitarlas de memoria.
—Buscad el almacén de Superior Medical Logistics . Distribuían medicamentos por todo el sur de Canadá. La farmacéutica se llama Imperium y utiliza una balanza romana como logotipo. Priorizad las cajas rojas, pero traed todo lo que encontréis con esa balanza.
Cuando alcanzaron la zona de almacenes, sin embargo, no encontraron el cartel por ninguna parte.
—¿Seguro que era aquí? —preguntó Marcus.
Abbie recorrió las fachadas con la vista.
Nada.
Ni un solo indicio.
Estaban a punto de dar media vuelta cuando Marcus señaló varias naves más allá.
—¡Ahí!
El rótulo apenas seguía sujeto a la fachada.
Las puertas metálicas estaban abiertas de par en par.
Entraron.
No había electricidad. Tampoco esperanza.
Varias pasadas con las linternas le bastaron para saber que el almacén había sido saqueado hasta el último rincón.
Cajas de cartón vacías cubrían el suelo entre estanterías desnudas. Dos cadáveres, reducidos casi a esqueletos ennegrecidos, yacían junto a la zona de carga. Lo poco que no se había llevado la población durante los primeros días debió requisarlo el ejército.
Aun así, no todo había desaparecido. Quedaban vendas, botellas de alcohol, gasas… Algún maletín de primeros auxilios abierto y abandonado a toda prisa.
Pero ni rastro de aquella maldita balanza romana.
Abbie cerró los ojos un instante, intentando controlar la desesperanza. Aquello entraba dentro de lo posible. Incluso era lo más probable, por mucho que hubiera querido engañarse durante las últimas horas.
Salieron de nuevo al exterior.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Marcus a través de la máscara.
Abbie señaló la interminable sucesión de contenedores y vagones de mercancías que ocupaban el resto del puerto.
—Vamos a revisar hasta el último puto contenedor si hace falta. Y si aquí no hay nada, seguiremos por ese carguero. Si tampoco están allí, iremos farmacia por farmacia hasta encontrarlas. Me importa una mierda si tenemos que registrar media ciudad. No pienso volver con las manos vacías. ¿Entendido?
Marcus asintió con decisión.
—Empieza por ese lado. Yo iré por el otro.
Se separaron.
Abbie comenzó a recorrer los contenedores uno tras otro.
La inmensa mayoría presentaban las puertas abiertas o los precintos arrancados.
Algunos transportaban maquinaria agrícola.
Otros piezas de automóviles, materiales de construcción o enormes bobinas de cable industrial.
En otros solo quedaban restos de embalajes desperdigados por el suelo.
Todos parecían haber sido registrados con la misma desesperación.
El puerto había dejado de parecerle inmenso. Después de revisar decenas de contenedores, ya era capaz de distinguir dónde terminaba la playa de vías. Apenas quedaban unos pocos vagones por revisar.
Aquello era todo.
Apretó los dientes y siguió caminando.
Entonces lo vio.
En el lateral de uno de los últimos contenedores montados sobre un vagón ferroviario destacaban tres grandes letras pintadas en azul.
SML.
El corazón le dio un vuelco.
«Por favor, que signifique Superior Medical Logistics».
El contenedor seguía precintado. Agarró el candado y descargó un culatazo con todas sus fuerzas.
El candado no se dio por aludido.
Volvió a golpear.
Nada.
—¡Joder!
Abbie recorrió el entorno con la mirada. Un gato hidráulico, una barra de acero, cualquier cosa que le permitiera romper el candado sin armar demasiado escándalo.
Nada.
Algo en su interior le decía que disparar en medio de aquel cementerio no era la mejor idea que había tenido. Si quedaba algo con vida en Thunder Bay, el estampido iba a llamar su atención.
Pero regresar sin aquellas medicinas ni siquiera era una opción.
Respiró hondo, levantó la escopeta y encañonó el cierre metálico.
—¡A la mierda!
El primer disparo levantó una lluvia de chispas. El retroceso la hizo trastabillar y la perdigonada arrancó un trozo del marco de acero.
—¡Mierda!
Volvió a apuntar y apretó el segundo gatillo.
El candado saltó por los aires al fin.
Abrió las puertas de un tirón.
Durante un segundo solo vio oscuridad. Después la linterna empezó a revelar un estrecho pasillo central que se perdía hasta el fondo del contenedor. A ambos lados se alzaban palés repletos de cajas flejadas y apiladas casi hasta el techo.
Subió de un salto, con el corazón desbocado.
Había decenas de cajas, decenas de nombres de empresas farmacéuticas, decenas de logos diferentes, pero no veía la dichosa balanza por ningún lado.
Dejó atrás los primeros palés, continuando por el pasillo central mientras el haz de luz saltaba nervioso de unas cajas a otras.
Fue casi al final del contenedor cuando dio con ella. Había cuatro cajas serigrafiadas con la balanza romana coronando uno de los palés.
—¡Sí! ¡Joder!
No perdió ni un segundo. Desenfundó el cuchillo y liberó las cajas de su cárcel de plástico tensado. Abrió una de ellas.
Dentro había otras más pequeñas.
Azules.
Verdes.
¡Rojas!
Se descolgó la mochila. Al principio introdujo las cajas enteras. Enseguida comprendió que estaba desperdiciando espacio. Comenzó a rasgar las cajas y a dejar caer los blísteres en su interior.
Cada hueco contaba. Cada hueco era vida.
Llevaba apenas unos minutos cuando la voz de Marcus resonó en el contenedor.
—¡Abbie!
La voz le llegó apagada, metálica.
—¡Aquí! —respondió, eufórica—. ¡Las he encontrado!
La respuesta llegó cargada de pánico.
—¡Abbie! ¡Tenemos que irnos!
Había algo en su voz que le heló la sangre.