CAPÍTULO 26 #2
La costa apenas era una línea negra a estribor.
Un perfil interminable de bosque, roca y pequeñas construcciones devoradas por la oscuridad.
En varias ocasiones creyó distinguir la silueta de una lancha de recreo o de un velero amarrado junto a la orilla.
La esperanza apenas duraba unos segundos.
Conforme la neumática se aproximaba, las formas terminaban deshaciéndose hasta revelar un grupo de árboles inclinados sobre el agua, un viejo embarcadero medio derruido o una simple roca cuya silueta había engañado a un cerebro demasiado cansado para seguir distinguiendo con claridad dónde terminaba la realidad y empezaban sus propias ganas de encontrar una salida.
Pero siguió remando, arañándole metros al lago, consciente de que tarde o temprano darían con Thunder Bay, el único lugar con posibilidades reales de encontrar alguna embarcación capaz de enfrentarse al Superior.
A su lado, Cody hacía lo propio. En silencio, hundía el remo en las aguas negras una y otra vez con la misma obstinación mecánica que llevaba manteniendo desde que la gasolina se agotó. Ninguno de los dos hablaba. Ya no quedaban demasiadas palabras capaces de aliviar el cansancio.
Jason volvió a mirarlo de reojo.
Sabía que aquella imagen lo acompañaría durante el resto de su vida.
La puerta de la habitación había saltado de golpe y, durante una fracción de segundo, había creído que Deacon regresaba antes de lo previsto. En su lugar apareció Cody.
Venía cubierto de sangre de los pies a la cabeza.
Los andrajos que llevaba puestos estaban empapados, la barba aparecía salpicada de pequeñas gotas oscuras y la hoja del cuchillo seguía goteando. Sin embargo, no fue aquello lo que más le impresionó.
Fueron sus ojos.
Siempre había visto en Cody la mirada condescendiente de un niño rico convencido de que el mundo existía para resolverle los problemas.
Aquella noche no quedaba nada de ese muchacho.
Sus ojos, de un azul tan frío que parecían absorber la escasa luz de la estancia, pertenecían a alguien que acababa de cruzar una frontera de la que ya no era posible regresar.
—Faith nos espera. Nos largamos de aquí.
Eso fue todo.
Ni una explicación.
Ni una sola palabra más.
Jason comprendió que las preguntas podían esperar.
Antes de abandonar la casa le pidió un minuto.
Mientras Cody vigilaba la puerta, él recorrió la cocina a toda prisa.
Agua embotellada, varias latas de conserva, una caja de galletas saladas y cuanto pudo cargar sin ralentizar la huida acabó amontonado en la neumática antes de abandonar Amethyst Harbour.
Incluso encontró una linterna que, desde el anochecer, se había convertido en uno de sus bienes más valiosos.
Ahora, mientras el remo seguía rompiendo la superficie del lago una y otra vez, comprendía hasta qué punto aquella decisión les había salvado la vida.
Sin aquellas provisiones hacía tiempo que habrían agotado las pocas fuerzas que todavía les permitían mantenerse despiertos.
Remar durante toda la noche ya estaba resultando una tarea agotadora.
Haberlo intentado al borde de la inanición, perdidos en la fría inmensidad del Superior, habría sido poco menos que una condena a muerte.
El amanecer llegó envuelto en una niebla tenue que fue disipándose poco a poco sobre la superficie del lago.
Con él regresó también una certeza incómoda: a aquellas horas, los hombres de Amethyst Harbour ya habrían descubierto su huida y probablemente estarían registrando la bahía en el Northern Light .
Ninguno de los dos volvió la vista atrás.
Ya no tenía sentido.
Todo cuanto importaba se encontraba frente a ellos.
A medida que la oscuridad se retiraba, la costa comenzó a definirse con mayor claridad.
El perfil de Thunder Bay emergió lentamente entre la bruma, primero como una sucesión de manchas grises y después como una ciudad herida que parecía haberse detenido a medio camino entre el abandono y la destrucción.
Varias columnas de humo se elevaban sobre los edificios más altos, difuminándose contra un cielo del color del plomo, mientras el viento que llegaba desde tierra arrastraba hasta el lago un hedor agrio, mezcla de combustible, caucho quemado y algo mucho peor que ninguno de los dos necesitó identificar.
Siguieron avanzando pegados a la costa.
A su alrededor flotaban tablones, neumáticos, restos de embarcaciones destrozadas y, de cuando en cuando, algún bulto hinchado que ninguno de los dos se molestó en mirar durante demasiado tiempo.
Fue entonces cuando Cody dejó de remar.
Se incorporó lentamente, llevándose una mano a la frente para protegerse del sol naciente, y permaneció inmóvil unos segundos escrutando el horizonte.
Después señaló.
Jason dejó el remo sobre la neumática y siguió la dirección de su dedo.
Al principio no distinguió nada que no fuese destrucción, destrucción y más destrucción.
También más humo y más edificios silenciosos.
Al fondo reconoció la silueta inconfundible de un carguero inmóvil frente a unos enormes silos de grano que dominaban el puerto industrial.
Pero entonces lo vio.
Decenas de mástiles sobresalían por encima de la línea de edificios como un pequeño bosque de agujas balanceándose suavemente sobre el agua.
El puerto deportivo de la ciudad.
Los dos intercambiaron una breve mirada.
No hizo falta decir nada.
La neumática comenzó a separarse de la costa, internándose de nuevo en las aguas abiertas del Superior mientras ambos hundían los remos con renovada energía.
Las corrientes se dejaban sentir con mucha más fuerza lejos del abrigo de la orilla y cada metro ganado parecía exigir el doble de esfuerzo que el anterior, pero, por primera vez desde que abandonaron Amethyst Harbour, el agotamiento empezaba a parecer un precio razonable.
Tardaron casi una hora en acercarse lo suficiente para comprender que la suerte volvía a burlarse de ellos.
Dos grandes veleros habían intentado abandonar el puerto al comienzo del desastre.
Ninguno lo había conseguido.
Ambos permanecían semihundidos entre la bocana y el espigón, con los cascos encajados uno contra otro en un amasijo de mástiles, maderos y velas desgarradas que bloqueaba por completo la salida al lago.
Detrás de ellos, decenas de embarcaciones permanecían atrapadas en sus amarres, convertidas en una flota inútil que jamás volvería a navegar.
Durante varios segundos permanecieron contemplando el desastre sin terminar de asumirlo.
Habían llegado hasta allí convencidos de que los veleros representaban una salida y acababan de descubrir que, en realidad, se habían convertido en el tapón que condenaba al resto de las embarcaciones a pudrirse dentro del puerto.
Absorto en las embarcaciones como había estado, Jason tardó en reparar en un detalle que hasta ese momento había pasado inadvertido.
No estaban solos.
Varias figuras deambulaban lentamente por los pantalanes, demasiado absortas en sus movimientos erráticos como para haber llamado antes su atención.
Caminaban sin rumbo aparente entre las embarcaciones amarradas, tropezando unas con otras o deteniéndose de repente durante varios segundos antes de volver a avanzar.
Una de ellas se giró hacia la neumática.