La reina en el bosque CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

Cody no perdió tiempo buscando mantas, comida o cualquier otra cosa que pudiera resultar útil más adelante.

En las películas, los fugitivos siempre encontraban un momento para preparar una mochila, abastecerse y trazar planes razonables.

Él no tenía tiempo ni plan. Ni tan siquiera mochila.

La realidad se parecía mucho más a huir de una cocina llena de sangre con una mujer inconsciente en brazos y la certeza de que, tarde o temprano, alguien acabaría encontrando aquella carnicería y daría la voz de alarma.

El único lujo que se permitió fue recuperar el cuchillo de caza del guardia y arrancarle un llavero que, con suerte, contendría la de la puerta principal.

Tardó una eternidad en encontrar la llave que le permitió salir al exterior.

Ensangrentado de arriba abajo y con Faith cargada al hombro, cualquier intento de pasar desapercibido habría resultado inútil.

Ya no pensaba en esconderse. Ya no pensaba en planificar nada.

Salió con una única idea ocupando todo el espacio disponible en su cabeza: alcanzar la orilla del lago, robar cualquier cosa que flotara y poner la mayor distancia posible entre él y aquel lugar antes de que alguien les descubriera.

Corrió pegado a las vallas de los jardines, atravesando patios traseros invadidos por la maleza y senderos de grava que descendían hacia el agua.

Las piernas comenzaron a protestar casi de inmediato.

Faith apenas pesaba nada si se la comparaba con cualquier otra mujer bien nutrida, pero después de semanas de hambre, trabajos forzados y noches durmiendo sobre el suelo, cargar con otra persona se convertía en una tarea casi hercúlea.

Cada pocos pasos esperaba escuchar un disparo.

Imaginaba el impacto entre los omóplatos, el golpe contra la tierra y el final abrupto de aquella fuga desesperada que apenas acababa de empezar.

La detonación no llegó nunca. Por primera vez en mucho tiempo, la suerte parecía estar dándoles una tregua.

Cuando alcanzó la playa jadeaba de tal forma que por un instante temió desplomarse junto a Faith sobre la arena húmeda.

No había nadie cerca.

Le bastó con un vistazo rápido para comprender que la suerte empezaba a darle la espalda de nuevo: el Northern Light quedaba descartado.

El barco permanecía atracado en el extremo opuesto de la ensenada, amarrado al embarcadero más largo de toda la urbanización.

Incluso desde aquella distancia distinguió varias figuras moviéndose alrededor de la embarcación.

Parecían estar trabajando sobre la cubierta.

Quizá cargando suministros. Quizá reparando alguna avería.

Lo único que importaba era que estaba fuera de su alcance y que intentar acercarse equivaldría a anunciar su presencia a todo el asentamiento.

Miró hacia el otro extremo de la cala.

Allí encontró una alternativa.

Dos lanchas neumáticas descansaban junto a un pequeño muelle privado, balanceándose suavemente con el movimiento del agua.

No eran gran cosa, pero flotaban, tenían motor fuera borda y, dadas las circunstancias, aquello bastaba para convertirlas en la visión más hermosa que había contemplado en semanas.

Aquellas dos lanchas y el barco parecían constituir la totalidad de la flota de Amethyst Harbour.

Se precipitó hacia ellas rezando para que nadie decidiera mirar en aquella dirección precisamente entonces. La primera conservaba algo de combustible. No demasiado, pero suficiente para alimentar una esperanza. La segunda estaba completamente seca.

Depositó a Faith en el fondo de la neumática y tuvo que apoyarse unos segundos sobre las rodillas para recuperar el aliento. Notaba el corazón golpeándole las costillas, como si quisiera escapar antes que él.

Fue entonces cuando escuchó un leve movimiento.

Faith acababa de abrir el único ojo que aún podía abrir.

Durante unos instantes permaneció tumbada, contemplando el cielo gris que cubría la bahía, demasiado aturdida para comprender dónde estaba. Después su mirada terminó encontrando la de Cody.

—Nos vamos de aquí —dijo él mientras subía a bordo, permitiéndose hasta una sonrisa.

La muchacha tardó unos segundos en procesar aquellas palabras.

—¿Qué pasa con Jason? —preguntó con un hilo de voz.

Aquella pregunta llevaba persiguiéndolo desde mucho antes de salir de la cocina.

Era la misma pregunta que había evitado responderse mientras hundía el cuchillo en el cuello del guardia una y otra vez.

La misma pregunta que había dejado aparcada mientras corría entre las casas cargando con Faith.

La misma pregunta que se había negado a formularse mientras buscaba una embarcación, solo unos segundos antes.

Pero ahora estaba allí. Pronunciada por los labios de Faith se había hecho más real, casi corpórea. Un obstáculo físico que, por razones que no llegaba a entender, le impedía arrancar el motor y poner distancia entre ellos y aquel lugar de mierda.

Lo sensato era marcharse.

No existía ninguna duda al respecto.

Jason ya estaba perdido antes incluso de que él matara al guardia.

Volver no cambiaría nada. Lo único que conseguiría sería sumar dos cadáveres más a una historia que hacía tiempo había dejado de admitir finales felices.

Faith apenas podía mantenerse consciente, él acababa de asesinar a un hombre y, en algún punto de la urbanización, otro guardia terminaría preguntándose por qué no regresaba.

Cada segundo que permanecieran allí reducía sus posibilidades de salir vivos del lago.

Todo era tan evidente que resultaba casi insultante.

Y, sin embargo, seguía sin tirar de la anilla.

Cody bajó la vista hacia su mano. Los nudillos blancos alrededor del cabo de plástico parecían pertenecer a otra persona.

Bastaba un tirón. Uno solo. El motor cobraría vida, la neumática abandonaría el embarcadero y Amethyst Harbour empezaría a convertirse en un recuerdo cada vez más pequeño sobre la orilla.

—No podemos hacer nada por él —respondió al fin—. Ni siquiera sabemos dónde le tienen encerrado.

Faith no discutió. Apenas asintió con un leve movimiento de cabeza y, reuniendo unas fuerzas que Cody habría jurado que ya no le quedaban, levantó un brazo tembloroso.

Su dedo índice señaló hacia una vivienda de fachada azul que se alzaba a mitad de la ensenada, con un pequeño embarcadero privado extendiéndose sobre las aguas del lago.

—¿Estás segura? ¿Está allí?

La muchacha volvió a asentir.

Un segundo después su brazo cayó de nuevo sobre la goma de la neumática y perdió otra vez el conocimiento.

Cody permaneció inmóvil.

Ahora sí sabía dónde estaba Jason.

Desvió la mirada hacia la casa azul y después volvió a fijarla en la superficie gris del lago. El motor seguía esperando. Bastaba con arrancarlo, abandonar la bahía y aceptar que había personas a las que ya no era posible salvar.

Al fin y al cabo, aquello ni siquiera tenía por qué terminar mal.

Deacon no quería matar a Jason.

Lo quería vivo para intercambiarlo por su hermana. Tarde o temprano, acabaría en el campamento, junto a esa rubia con la que pasó la última noche en el campamento… ¿cómo se llamaba?

—¿Gabbie? —susurró—. No. Abbie. Eso es… Abbie.

Sí, aquello tenía sentido: Jason volvería con Abbie, él se marcharía con Faith y cada uno seguiría su camino, de modo que, con un poco de suerte, dentro de unos días los cuatro estarían sentados alrededor de una hoguera en Olympus, riéndose de todo aquello como quien recuerda una pesadilla que ya ha terminado.

—Y una mierda…

La frase escapó de sus labios casi en un suspiro.

No sabía qué había descubierto Deacon, ni por qué iba a cruzar medio Superior para recuperar a Jason, ni si pensaba utilizarlo como moneda de cambio, como cebo o simplemente como una forma de hacer daño a la rubia que había matado a su hermano y secuestrado a su hermana.

Dios sabía que los Dillinger eran muy capaces de cortarlo a trocitos y enviárselos a Abbie hasta que esta accediera a sus peticiones…

Su mirada regresó a la casa azul, luego volvió a la anilla del motor y otra vez a la casa, mientras el viento hacía cabecear suavemente la neumática contra el pantalán.

— Fortuna favet fortibus —susurró.

La gasolina se había agotado mucho antes de medianoche.

Desde entonces no había parado de remar. El lago Superior se extendía a su alrededor como una inmensa plancha de oscuridad, tan inmóvil que por momentos daba la impresión de estar navegando sobre un vacío infinito en lugar de sobre millones de litros de agua helada.

Cada cierto tiempo dejaba de remar para escuchar.

Nada.

Solo el rumor del agua acariciando los flotadores de goma y el viento deslizándose sobre la superficie del lago.

Entonces volvía a hundir el remo en el agua, procurando mantener un ritmo constante. No demasiado rápido, porque las fuerzas hacía tiempo que habían dejado de sobrar. No demasiado despacio, porque detenerse tampoco era una opción.

Faith seguía inmóvil en la proa, protegida bajo una lona amarilla que había encontrado a bordo.

De vez en cuando una ráfaga de viento levantaba una esquina y dejaba al descubierto parte de su rostro amoratado.

Cada vez que aquello ocurría, una mano abandonaba el remo durante un instante para volver a cubrirla con el mismo cuidado con el que se arropa a alguien que duerme.

Después seguía remando.