CAPÍTULO 25 #3
Cody no recordó haber tomado ninguna decisión consciente.
Más tarde intentaría reconstruir aquellos segundos y descubriría que solo conservaba fragmentos sueltos: la espalda del hombre, la sangre resbalando por su cuello, el cañón de la escopeta elevándose despacio y la certeza absoluta de que, si esperaba un segundo más, todo habría terminado.
Descargó el cuchillo con todas sus fuerzas.
La hoja penetró en el lateral del cuello con una facilidad que le resultó aterradora.
Una violenta descarga de sangre arterial salió despedida sobre la encimera, los armarios y los andrajos que vestía a modo de camiseta. El hombre emitió un sonido húmedo e incomprensible mientras se tambaleaba hacia delante. La escopeta vaciló en sus manos.
Cody arrancó el cuchillo y volvió a hundirlo.
La segunda cuchillada penetró todavía más, casi hasta la empuñadura, provocando una nueva explosión de sangre.
El guardia retrocedió trastabillando mientras intentaba tapar las heridas con una mano y conservar el arma con la otra, aunque ambas tareas resultaban ya imposibles.
La escopeta terminó resbalando entre sus dedos y cayó al suelo sin llegar a dispararse.
Aquello debería haber bastado. La escopeta ya estaba en el suelo.
La sangre brotaba a borbotones de las heridas del guardia y resultaba evidente que no iba a sobrevivir mucho tiempo.
Sin embargo, cuando Cody vio que el hombre seguía moviéndose, que todavía intentaba aferrarse a la vida y mantenerse en pie, sintió cómo algo oscuro terminaba de abrirse paso a través del miedo y de la desesperación.
Había matado antes. A Esperanza, en aquella cocina de Côte Sauvage. Pero aquello había sido distinto.
La muy idiota iba a delatar a Abbie. Iba a delatar a Jason.
Había tomado una decisión estúpida y él había reaccionado antes de que pudiera llevarla a cabo.
No hubo rabia. No hubo odio. Ni siquiera satisfacción.
Solo una acción rápida y desagradable que consideró necesaria para proteger a Jason y de paso a sí mismo.
Aquello no tenía nada que ver.
Aquello era la suma de todas las humillaciones sufridas desde su captura.
De todas las veces que había bajado la cabeza.
De todas las noches en las que había escuchado a Faith regresar cada vez más rota.
Del miedo constante, de la impotencia y de la certeza de que hombres como aquel habían decidido que su vida valía menos que nada.
Por eso volvió a clavar el cuchillo.
Y volvió a hacerlo.
Y una vez más.
No porque el guardia siguiera representando una amenaza real, sino porque una parte de él necesitaba asegurarse de que jamás volvería a levantarse.
Cada nueva cuchillada resultaba menos limpia que la anterior.
La sangre seguía brotando, aunque ya no con la violencia inicial, y el guardia comenzaba a hundirse poco a poco sobre sus propias piernas mientras intentaba comprender quién lo estaba matando.
Cuando por fin logró girarse, sus ojos encontraron los de Cody y permanecieron clavados en ellos durante un instante interminable.
No había rabia. Tampoco desafío. Ni tan siquiera odio.
Solo una incredulidad absoluta.
La expresión de un hombre que acababa de descubrir que la presa había decidido convertirse en depredador. Un segundo después, las rodillas cedieron y el cuerpo se desplomó con todo su peso sobre las baldosas de la cocina.
La sangre continuó extendiéndose en un charco oscuro y espeso alrededor del cadáver mientras el silencio regresaba poco a poco a la casa.
Cody permaneció inmóvil durante unos segundos, respirando con dificultad y observando al hombre muerto a sus pies, como si necesitara asegurarse de que realmente había terminado. El guardia no volvió a moverse.
Faith seguía donde había caído después del empujón, tendida sobre las baldosas de mármol, inmóvil y con los ojos cerrados.
—Mierda.
El cuchillo escapó de sus dedos y chocó contra el suelo mientras cruzaba la cocina a toda prisa. Se dejó caer de rodillas junto a ella y le buscó el pulso con manos todavía manchadas de sangre. Seguía viva. Débil. Irregular. Pero seguía allí.
—Eh... eh, mírame.
Le dio unas palmadas suaves en las mejillas.
—Vamos, Faith. No me falles ahora.
Otra palmada.
La muchacha emitió un leve gemido, aunque no llegó a abrir los ojos.
—Eso es. Sigue conmigo.
Cody miró hacia el cadáver, luego hacia la puerta y finalmente hacia las ventanas barricadas.
La adrenalina empezaba a retirarse y, en su lugar, aparecía una realidad mucho más desagradable.
Habían matado a un hombre en mitad de Amethyst Harbour.
Dentro de unos minutos alguien empezaría a preguntarse por qué la cena no estaba lista.
Después vendrían a buscar al guardia. Y cuando eso ocurriera, todo el asentamiento caería sobre ellos.
Les quedaba muy poco tiempo.
Volvió a sujetar el rostro de Faith entre las manos ensangrentadas.
—Escúchame bien. No sé si puedes oírme, pero necesito que aguantes un poco más.
La muchacha respiró con dificultad.
—Un poco más. Tú y yo no vamos a morir en este sitio de mierda.