La reina en el bosque CAPÍTULO 25 #2
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CAPÍTULO 25 #2

El hombre observó los animales sobre la encimera, después la olla y finalmente a Cody, como si intentara decidir si estaba mintiendo o simplemente era tan inútil como parecía.

—A este paso la cena no estará lista hasta medianoche.

Se volvió hacia su compañero.

—Ve a por algo para despedazar esos bichos.

El otro protestó con un gruñido, pero acabó saliendo de la casa. Antes de marcharse, el primero señaló a Faith con la barbilla.

—Ocúpate de tu amiguita. Aún no hemos acabado con ella.

Aquella frase permaneció suspendida en el aire varios segundos después de que ambos desaparecieran. Cuando la puerta terminó de cerrarse, Cody volvió a mirar a la muchacha.

Durante las últimas semanas había adelgazado tanto que resultaba difícil asociarla con la chica que había bailado en el salón principal de Olympus.

Siempre había sido delgada, pero ahora parecía poco más que una colección de huesos cubiertos por una capa de piel llena de moratones.

La levantó en volandas y la echó sobre el colchón donde solía dormir.

Después fue a buscar agua, regresó con una taza metálica y logró que bebiera algunos sorbos.

Faith tardó varios minutos en reaccionar. Su respiración se volvió algo más regular y, poco a poco, empezó a recuperar la consciencia a ráfagas breves y desordenadas. Durante uno de aquellos momentos abrió el ojo que no tenía inflamado, enfocó a Cody durante apenas un segundo y movió los labios.

Él tuvo que inclinarse para escucharla.

—¿Qué?

La chica tragó saliva.

—Jason…

—¿Qué pasa con Jason?

Faith cerró los ojos otra vez. Cody creyó que había vuelto a perder el conocimiento, pero unos segundos después logró arrancar unas palabras más.

—Deacon... viene a por Jason…

—Guarda fuerzas, Faith.

—Deacon… viene…

La voz se le apagó, pero ya había dicho suficiente.

Cody permaneció inmóvil junto al colchón, intentando encajar aquella información con todo lo demás. Deacon Dillinger, el mismo hombre que los había tenido cautivos durante casi un mes y había decidido intercambiarlos por una cerda preñada, volvía a por Jason.

De pronto comprendió algo que le produjo una sensación extraña, muy parecida al vértigo.

La rubia del destornillador.

Tenía que ser eso. Deacon había descubierto quién era realmente la rubia, había descubierto la relación entre ella y Jason y ahora quería recuperarlo.

La conclusión llegó sola. Si Jason desaparecía definitivamente, Cody dejaría de tener utilidad casi de inmediato.

Hasta aquel momento había sobrevivido escondido tras las habilidades del cocinero, fingiendo ser más necesario de lo que en realidad era, pero la farsa no podía sostenerse demasiado tiempo sin él.

Bastaría una semana, quizá menos. Tarde o temprano alguien terminaría comprendiendo que Cody Vanderbilt no sabía cocinar, no sabía construir, no sabía reparar motores, no sabía cultivar, no sabía cazar y tampoco sabía hacer prácticamente ninguna de las cosas que el nuevo mundo consideraba importantes.

Desvió la mirada hacia el colchón.

Faith apenas parecía capaz de mantenerse con vida. Incluso si superaba aquella paliza, volverían a llevársela y después lo harían otra vez, y otra, y otra más. La muerte podía tardar días o semanas, pero el resultado final resultaba de lo más evidente.

Por primera vez desde que llegó a Amethyst Harbour, Cody tuvo la desagradable impresión de estar contemplando su propio futuro. No el de dentro de años ni el de dentro de meses, sino el de dentro de muy poco tiempo.

La puerta principal volvió a abrirse y el segundo hombre regresó sosteniendo un cuchillo de carnicero cuya hoja reflejaba la luz amarillenta de la cocina. Lo dejó sobre la encimera con un golpe seco.

—Ponte con esos conejos, escoria —le ordenó, apuntándole con su recortada—. No tenemos toda la noche.

Cody observó a su captor y después miró a Faith. Antes de incorporarse, se inclinó junto a ella lo suficiente para que el hombre no pudiera escucharle.

—Necesito que le entretengas un segundo.

La muchacha no abrió los ojos ni pareció reaccionar, pero al cabo de unos instantes su cabeza realizó un movimiento casi imperceptible. Un gesto mínimo, pero suficiente.

Cody se incorporó despacio y regresó a la encimera procurando aparentar una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir.

El cuchillo de carnicero seguía donde el hombre lo había dejado.

Hasta aquel momento no había existido ningún plan, ni siquiera una voluntad real de escapar.

Durante días se había limitado a sobrevivir, a obedecer órdenes y a convencerse de que cualquier intento de resistencia solo serviría para ganarse alguna patada o culatazo en las costillas.

Sin embargo, las palabras de Faith sobre Jason y la presencia de aquella hoja de acero habían alterado algo dentro de él.

Por primera vez desde que puso un pie en Amethyst Harbour dejó de pensar en cuánto tiempo le quedaba y empezó a preguntarse si aún tenía alguna posibilidad de decidir cómo iba a emplearlo.

El cuchillo pesaba en su mano mucho menos de lo que debería y el hombre que lo vigilaba ya no parecía una figura omnipotente, sino un obstáculo de carne y hueso que se interponía entre ellos y la única oportunidad que quizá volverían a tener.

Sujetó el cuchillo y comenzó a trabajar sobre el primer conejo intentando recordar algunos de los movimientos que había visto hacer a Jason durante las últimas semanas.

El resultado fue tan lamentable como cabía esperar.

La hoja chocó varias veces contra los huesos, quedó atascada entre articulaciones y obligó a Cody a emplear más fuerza de la necesaria, arrancando algún que otro comentario burlón del hombre que lo observaba desde un taburete situado alrededor de la isla de la cocina.

Mientras destrozaba el primer conejo, y luego el segundo, toda su atención permaneció dividida entre el reflejo del hombre en los ventanales y el colchón donde descansaba Faith, en el otro extremo de la cocina.

Por momentos empezaba a convencerse de que había cometido un error al confiar en ella.

La pobre apenas podía mantenerse consciente.

Tenía el rostro convertido en una masa de moratones y cortes, respiraba con dificultad y parecía encontrarse al borde del colapso.

Esperar que alguien en aquel estado sirviera de distracción empezaba a parecer una estupidez propia de un desesperado.

Y quizá lo fuera.

Al fin y al cabo, la desesperación era lo único que le quedaba.

Fue cuando empezó a trocear el tercer conejo, con el cuchillo descendiendo con torpeza sobre una articulación que se negaba a ceder, cuando escuchó algo a su espalda.

No fue un ruido muy fuerte, pero sí lo bastante extraño para captar toda su atención.

Primero llegó una exclamación de sorpresa, una de esas expresiones involuntarias que brotan cuando la realidad hace algo imposible de prever.

Un instante después, un grito de dolor salvaje resonó por toda la casa.

Aquella era la señal.

Cody se volvió empuñando el cuchillo.

Faith se había incorporado de alguna forma y se aferraba al guardia con la desesperación de una fiera atrapada.

Sus dientes estaban hundidos en la oreja izquierda del hombre y tiraban de ella con una ferocidad que resultaba difícil de asociar con aquel cuerpo demacrado.

El guardia rugió y la apartó de un empujón brutal que la lanzó contra el suelo, pero el daño ya estaba hecho.

Parte de la oreja colgaba desgarrada sobre el cuello mientras la sangre comenzaba a correr entre los dedos con los que intentaba comprender qué acababa de suceder.

—¡Hija de puta!

La escopeta empezó a subir.