CAPÍTULO 25
La cocina ocupaba buena parte de la planta baja de la vivienda y conservaba suficientes detalles de su antigua vida como para resultar casi ofensiva.
Aunque los cajones y las alacenas habían sido saqueados de casi todo lo que pudiera resultar útil y buena parte del mobiliario de la casa había desaparecido hacía tiempo, la enorme isla de granito, los armarios y los grandes electrodomésticos seguían en su sitio.
La estancia continuaba transmitiendo una sensación de riqueza imposible de ocultar, como si la propia casa se negara a aceptar en qué se había convertido.
Cody reconocía aquella clase de lugares porque había crecido rodeado de ellos.
Las proporciones de la habitación, la calidad de los materiales, los enormes ventanales orientados hacia el lago y hasta la distribución de los espacios respondían a una lógica que conocía a la perfección, la misma que había permitido a generaciones enteras de personas adineradas convencerse de que el dinero podía protegerlas de casi cualquier cosa.
Aquello era justo lo que más le irritaba.
Cody Vanderbilt seguía sentado en el mismo taburete donde se había dejado caer casi media hora antes, contemplando los conejos como si esperara que alguno tuviera la cortesía de explicarle qué demonios debía hacer con ellos.
Sobre la isla central de la cocina descansaban media docena de animales despellejados, un saco de patatas y varias latas de verduras que alguien había dejado allí con la clara expectativa de que, tarde o temprano, todo aquello terminara convertido en una cena comestible.
El problema era que Jason ya no estaba y él no tenía la menor idea de cómo transformar semejante colección de ingredientes en algo parecido a una comida.
Durante los últimos cuatro días había recorrido varias veces las calles de aquel lugar bajo vigilancia y había llegado a una conclusión tan evidente que resultaba imposible ignorarla.
Antes del fin del mundo, aquella urbanización había estado llena de personas como los Vanderbilt.
Quizá no tan ricas. Quizá no tan influyentes.
Pero desde luego mucho más parecidas a él que a los individuos que ahora ocupaban aquellas casas.
Los propietarios originales seguramente habrían sido médicos, abogados, empresarios, inversores o jubilados con cuentas bancarias lo bastante generosas como para permitirse una segunda residencia junto al lago Superior.
Hombres y mujeres que probablemente discutían sobre impuestos, universidades privadas o inversiones inmobiliarias mientras contemplaban la puesta de sol desde terrazas que ya no existían.
Ahora aquellas mismas viviendas pertenecían a una colección de analfabetos violentos capaces de utilizar una encimera de granito valorada en miles de dólares para destripar conejos.
La imagen le habría parecido cómica si no hubiera resultado tan deprimente.
Lo peor era que no podía dejar de compararlo con su propia vida.
Durante años había dado por sentado que existiría siempre una diferencia insalvable entre personas como él y personas como aquellos paletos.
No se trataba solo del dinero. Ni siquiera de la educación.
Era una cuestión de orden. De reglas. De civilización.
Cody había crecido convencido de que el mundo funcionaba de determinada manera y que, aunque pudiera haber excepciones desagradables, al final siempre existía una estructura superior encargada de mantener las cosas en su sitio.
Había jueces. Había policías. Había gobiernos.
Había abogados muy caros. Había una red invisible de instituciones que sostenían la realidad y permitían a gente como los Vanderbilt vivir con la certeza de que el mañana sería casi igual que el ayer.
Después llegó el fin del mundo y descubrió que aquella estructura era mucho más frágil de lo que nadie había querido admitir.
La civilización no había muerto con una explosión espectacular ni con una última batalla heroica.
Se había retirado sin más. Había desaparecido como la marea, dejando al descubierto todo aquello que solía permanecer oculto bajo la superficie.
Y lo que había aparecido en su lugar no eran los supervivientes más inteligentes, ni los más preparados, ni los más capaces, sino los más brutales.
Cody observó los ojos muertos de los conejos y pensó que probablemente aquella era la lección más amarga de todas.
Su apellido ya no significaba nada. Su dinero ya no significaba nada. Su educación ya no significaba nada.
Ni siquiera el hecho de haber sobrevivido hasta allí parecía significar nada.
Llevaba más de un mes cautivo entre unos y otros, primero en Côte Sauvage y después en aquel otro lugar, y cada día que pasaba le resultaba más difícil encontrar una razón convincente para seguir adelante.
La supervivencia, descubrió, era una motivación poderosa durante un tiempo, pero acababa desgastándose cuando dejaba de conducir a alguna parte.
Sobrevivir para volver con tu familia tenía sentido.
Sobrevivir para regresar a casa tenía sentido.
Sobrevivir para reconstruir algo parecido a una vida tenía sentido.
Lo que empezaba a costarle entender era el valor de sobrevivir solo para despertarse a la mañana siguiente en otra casa ajena, rodeado de hombres armados y sometido a los caprichos de individuos que podían decidir su destino con la misma facilidad con la que elegían qué iban a desayunar.
Su mirada se desvió hacia el rincón donde Faith solía dormir y la sensación de vacío regresó con una intensidad inesperada.
Sabía dónde estaba, del mismo modo que sabía que no podía hacer nada para impedirlo.
La devolverían antes o después, agotada, humillada y un poco más rota que el día anterior, mientras él seguiría sentado exactamente en el mismo lugar, fingiendo que preparaba comidas que no sabía cocinar y esperando órdenes de personas a las que despreciaba con todas sus fuerzas.
A Jason se lo habían llevado. Hacía apenas un par de horas y, aunque intentaba convencerse de que aquello no debía importarle mucho, la realidad era que la ausencia del cocinero había transformado la casa entera.
Jason era la única persona que parecía capaz de actuar como si todavía existiera un futuro, como si la situación pudiera cambiar en algún momento y todo aquello fuera solo una etapa desagradable de un viaje mucho más largo.
Sin él, la vivienda parecía más vacía, más silenciosa y más parecida a una tumba.
Durante unos segundos contempló el lago a través de los tablones que barricaban los ventanales y se preguntó si aquello era todo lo que quedaba.
No del mundo, sino de su mundo. Quizá los Vanderbilt habían desaparecido.
Quizá sus padres estaban muertos. Quizá todas las propiedades, empresas y cuentas bancarias que habían definido su existencia seguían allí fuera, intactas y del todo inútiles.
Quizá el universo había dedicado veinticuatro años a convertirlo en una persona preparada para triunfar en una realidad que ya no existía.
Y si eso era cierto, si el mundo pertenecía ahora a hombres como los que patrullaban aquellas calles vacías con rifles al hombro y cerveza barata en el estómago, Cody empezó a preguntarse por primera vez si seguir respirando constituía una victoria o solo una forma muy lenta de aceptar la derrota.
El ruido de una puerta al abrirse de golpe resonó por toda la planta baja y lo arrancó de sus pensamientos.
Durante unas décimas de segundo permaneció inmóvil, escuchando las voces procedentes del recibidor, hasta que una carcajada especialmente desagradable terminó de convencerlo de que no se trataba de Jason regresando milagrosamente de dondequiera que lo hubieran llevado.
Se levantó del taburete y asomó la cabeza al pasillo justo a tiempo de ver cómo dos hombres avanzaban hacia la cocina arrastrando algo entre ambos. Al principio creyó que era un saco, pero enseguida distinguió una mano y, después, una melena oscura apelmazada por la sangre.
—Joder...
Los dos hombres soltaron el cuerpo sobre el suelo de baldosas con la misma delicadeza que habrían empleado para descargar un saco de pienso. Faith cayó de costado y quedó inmóvil.
Se arrodilló junto a ella, le apartó el cabello de la cara y sintió un nudo en el estómago al comprobar su estado.
Tenía el labio inferior abierto, uno de los ojos comenzaba a hincharse de forma alarmante y varios cortes recientes le cruzaban la mejilla y la frente.
La sangre se había secado en algunas zonas y seguía fresca en otras, formando una máscara irregular sobre una piel que ya de por sí parecía demasiado pálida.
Le buscó el pulso en el cuello. Tardó varios segundos en encontrarlo. Cuando por fin notó aquella pulsación débil e irregular bajo los dedos, levantó la cabeza hacia los dos hombres.
—¿Qué coño le habéis hecho?
Uno de ellos escupió en el fregadero antes de responder:
—Enseñarle que no debe morder cuando solo tiene que chupar.
—Tiene suerte de conservar casi todos los dientes —dijo el otro.
Ambos soltaron una carcajada.
Cody sintió cómo algo se removía en su interior, aunque no era valor ni rabia ni ninguna de las emociones heroicas que aparecían en las películas.
Era una mezcla de asco, impotencia y miedo que llevaba semanas acumulándose sin encontrar salida.
Sabía por experiencia que cualquier respuesta inteligente pasaba por bajar la cabeza y apretar los labios, así que eso fue exactamente lo que hizo.
El segundo hombre recorrió la cocina con la mirada y frunció el ceño al descubrir que los conejos seguían exactamente donde los habían dejado.
—¿A qué demonios estás esperando para ponerte a cocinar?
Cody se obligó a pensar deprisa.
—Los conejos no caben enteros en la olla. Tengo que trocearlos y no hay nada para hacerlo.