La reina en el bosque CAPÍTULO 24 #3
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CAPÍTULO 24 #3

Abbie siguió con la mirada la dirección de su dedo hasta reconocer la silueta de una pequeña embarcación. Varias luces se movían sobre la cubierta del Blue Belle .

Linternas.

Abbie contó hasta cuatro focos distintos.

Los haces blancos aparecían y desaparecían continuamente mientras varias sombras se movían sobre la cubierta.

—Mierda —soltó Marcus en voz baja.

—Eso mismo estaba pensando yo —dijo Abbie.

Durante unos segundos permanecieron observando la escena, en silencio, intentando averiguar qué estaba pasando ante sus ojos.

—¿Lo están robando? —preguntó decir Marcus.

Justo en ese momento se escucharon varios golpes metálicos procedentes del barco, un alarido de dolor y una maldición que debió escucharse en todo el pueblo.

—No parecen muy preocupados por el sigilo —concluyó Abbie.

—Yo diría que están haciendo trabajos de reparación —dijo el doctor.

Abbie observó las luces una vez más, se quitó la mochila y la dejó en el suelo.

—Sea lo que sea, pienso averiguarlo. Voy a acercarme.

—Iré yo —dijo Marcus.

—Se agradece el ofrecimiento, pero en el bosque hay muchos árboles más bajos que tú y no es que haya muchos sitios donde esconderse.

Marcus frunció el ceño.

—No soy tan alto.

Abbie señaló con el dedo a la gran estructura situada al final del espigón.

—Marcus, si te plantas al lado de ese faro, el faro empezará a sentirse acomplejado.

El doctor soltó una breve carcajada. Marcus puso los ojos en blanco.

—Está bien.

—Volveré enseguida.

Abbie avanzó pegada a las sombras de los edificios hasta alcanzar el muelle. Cada vez que alguna linterna barría la zona se detenía y esperaba pacientemente a que el haz continuara su camino.

Finalmente encontró refugio tras varios barriles que olían a gasolina rancia.

Desde allí podía ver perfectamente el Blue Belle .

Y escuchar.

—¿Los depósitos?

—Llenos hasta arriba.

—¿Bidón de reserva?

—A bordo.

—Bien. ¿Qué tal el motor?

—No suena igual que antes, pero funciona. Es lo máximo que puedo hacer sin recambios originales.

—¿Llegará bien a Amethyst Harbour?

—Sin problemas.

Abbie frunció el ceño. El doctor había acertado en su pronóstico. Aquellos hombres estaban arreglando el barco para ir a… ¿Amethyst Harbour? ¿Dónde coño estaba eso y qué se le había perdido allí a Deacon?

—¿La radio?

—Funciona.

—¿Instrumentos de navegación?

—Todo en orden.

El que llevaba la voz cantante soltó un suspiro de alivio.

—Creo que está todo —dijo en tono cansado—. Avisaré a Deacon de que mañana podrá zarpar y con un poco de suerte nos dejará descansar un poco. Después de dos días enteros arreglando esta bañera, solo me apetece dormir.

—Pues a mí me apetece un trago —dijo uno de los paletos—. ¿Creéis que echarán en falta un par de botellas del bourbon que hay a bordo?

—Ni se te ocurra —zanjó el líder—. Ese es el pago por traer de vuelta al cocinero. Si el trato se va a la mierda por dos botellas, Deacon nos colgará de los pies y dejará que las gaviotas nos coman los huevos.

Abbie sintió cómo el estómago le daba un vuelco. Solo había un cocinero por el que Deacon Dillinger estaría dispuesto a pagar semejante cantidad de bourbon.

—Ya lo sé, pero menudo desperdicio —se quejó el otro—. ¿Por qué coño lo vendería si ya era nuestro?

—No te enteras de nada. Porque por entonces no sabía que ese chico era el novio de la rubia que mató a Dwayne y secuestró a Daphne.

Abbie se mordió el labio inferior. Ya no había dudas. Hablaban de Jason.

—Yo solo digo que cada vez nos queda menos priva y… —se interrumpió—. Da igual. Ya encontraremos más por ahí.

—Vamos a dormir un poco. Deacon querrá que alguno de nosotros le acompañemos por si el motor da problemas.

Mientras observaba a aquellos hombres recoger sus herramientas y abandonar el barco, todas las piezas comenzaron a encajar en su cabeza.

El combustible. Las reparaciones. La radio. Los dos días de puesta a punto. El Blue Belle listo para navegar.

Todo aquello existía por una única razón.

Jason.

Y si Deacon sabía de la relación entre ella y Jason había sido por la estupidez que cometió durante su encuentro frente a la tienda de caza.

La misma estupidez por la que Grizz casi le arranca la cabeza.

La misma estupidez que la había estado carcomiendo por dentro y que apenas la había dejado dormir.

Abbie levantó la vista hacia el cielo oscuro.

—Seas quien seas —murmuró—, tienes un sentido del humor de lo más hijo de puta.

Permaneció unos segundos contemplando las estrellas.

—Pero se agradece la ayuda —concluyó.

Cuando regresó junto al doctor y Marcus, los dos se incorporaron inmediatamente.

—¿Qué pasa? —preguntó Marcus.

Abbie volvió a colgarse la mochila.

—Se han ido. Tenemos luz verde.

—¿Qué estaban haciendo? —preguntó el doctor.

Abbie sonrió.

—Cuando os lo cuente, no os lo vais a creer —respondió, enigmática—. Por cierto, doc. ¿Sabes dónde se encuentra un lugar llamado Amethyst Harbour?

—Es una ensenada en la orilla norte. En Canadá —respondió—. Creo que hay una pequeña urbanización de lujo y poco más. ¿Por qué lo preguntas?

—Por nada en especial —mintió Abbie—. Pongamos rumbo a Thunder Bay y os lo explicaré todo por el camino.