CAPÍTULO 24 #2
Abbie fue la primera en bajar del vehículo, la recortada entre las manos. Marcus descendió a continuación con el arco al hombro y el carcaj a la espalda. El doctor esperaría en el coche. Era el único capaz de manejar el barco y eso lo convertía en indispensable para la misión.
La granja era más pequeña de lo que había imaginado.
Una casa modesta de una sola planta se alzaba junto a un granero considerablemente más grande. Ambos edificios permanecían cerrados, con las cortinas echadas y un aspecto general de abandono que no invitaba precisamente al optimismo.
—Me da que aquí no queda nadie —susurró Abbie—. Vivo —apuntó—. ¿Crees que encontraremos lo que hemos venido a buscar?
—No recuerdo que hubiese más fumigadores en la zona —le explicó Marcus—. Si en algún lugar hay máscaras y filtros, es aquí.
La puerta principal estaba entreabierta. Intercambió una mirada rápida con Marcus antes de empujarla despacio con el cañón de la escopeta.
La madera protestó con un leve chirrido.
El olor a putrefacción la golpeó al instante. Abbie arrugó la nariz.
Al menos no olía a amoniaco.
—¿Vivía solo? —preguntó en un tono tan bajo que apenas se escuchó ella misma.
Marcus asintió.
Entraron.
Una oscuridad casi total los envolvió cuando la puerta se cerró a sus espaldas.
Abbie probó el interruptor. Nada. Marcus se echó el arco al hombro, desenfundó su cuchillo y con la otra mano encendió una linterna.
El estrecho haz de luz comenzó a recorrer habitaciones cubiertas de polvo.
La cocina estaba vacía. El salón también.
Había platos sin recoger sobre una mesa y una capa de suciedad que parecía haberse instalado para quedarse.
Nada se había movido en mucho tiempo.
El olor aumentó conforme avanzaban por el pasillo. Abbie ya sabía lo que iban a encontrar antes de abrir la última puerta.
La macabra escena apareció iluminada por el haz de la linterna.
El viejo Nate, o lo que quedaba de él, seguía donde había caído.
Sentado junto a la cama. La escopeta de caza descansaba sobre el suelo, al lado de una mano larga y huesuda.
La pared situada detrás estaba decorada con una enorme mancha de color rojo oscuro que se escurría hacia el suelo en decenas de hilillos.
Abbie permaneció en silencio unos segundos contemplando la escena.
No sabía muy bien qué hacer, qué decir o si debía sentir algo.
Hacía unos meses aquella visión la habría marcado de por vida.
Ahora solo veía a un hombre que ya no tendría que preocuparse más por el hambre, el frío o por extraños virus que convierten a las personas en caníbales.
—Vámonos de aquí —dijo Marcus al fin.
—Espera.
Abbie se acercó al cadáver y recogió la escopeta. Comprobó el mecanismo y la recámara.
Marcus no abrió la boca, pero arqueó una ceja al verla saquear el cadáver.
—Ya no la va a necesitar —se excusó—. Con un poco de aceite quedará como nueva.
Salieron del dormitorio sin añadir nada más y registraron el resto de la casa durante casi media hora. No encontraron gran cosa. Latas de conservas vacías, cubiertos sucios, algunas mantas raídas y excrementos de rata por todos lados.
Al final, el balance fue decepcionante. Aparte de la escopeta y dos cajas de cartuchos, nada que pudieran usar.
—Espero que tengamos más suerte en el granero —dijo Abbie mientras dejaba el botín en el maletero del coche.
Tras informar al doctor del destino del pobre Nate, Marcus abrió las enormes puertas de madera.
Una nube de polvo se levantó al instante.
En el interior descansaba una vieja avioneta desguazada y repartida por todos lados.
Las alas estaban apoyadas contra una pared.
La cabina ocupaba el centro de la estancia.
La hélice descansaba en un rincón junto a cajas, herramientas y piezas mecánicas imposibles de identificar.
La cola no se veía por ningún lado. Costaba creer que aquella montaña de chatarra inconexa hubiera sobrevolado los campos de la comarca durante años.
—Esta no va a volver a despegar —concluyó Abbie.
Comenzaron a registrar el lugar. Cajas de tornillos. Bidones vacíos. Herramientas oxidadas como para montar una ferretería oxidada. Piezas de motor. Más piezas de motor. Y todavía más piezas de motor.
Abbie empezaba a convencerse de que aquella parada había sido una pérdida de tiempo cuando Marcus levantó una caja polvorienta de una estantería.
—Creo que aquí hay algo.
Abbie se acercó. Dentro encontraron varias máscaras antigás embaladas. No habían sido usadas. Debajo aparecieron varias cajas de filtros de repuesto.
—Bingo —dijo Abbie.
—Disfrutad el momento —dijo el doctor desde el umbral de la puerta—. Mucho me temo que aquí termina la parte fácil de la misión.
Se acercaron al puerto a pie, amparados siempre por la protección del bosque.
Durante buena parte del trayecto apenas vieron otra cosa que árboles, sombras y la estrecha franja de tierra que separaba el lago de la carretera.
Solo cuando comenzaron a distinguir algunas luces aisladas a lo lejos abandonaron la cobertura de los pinos, cruzaron el asfalto y continuaron avanzando junto a la orilla.
Fue entonces cuando la presencia del Superior se impuso.
Una cosa era contemplarlo en una postal y otra caminar junto a él durante millas en plena noche.
Abbie se había pasado toda su vida creyendo que un lago era una masa de agua más o menos grande con una orilla al otro lado.
Aquello era otra cosa. Una inmensidad negra que parecía extenderse hasta el infinito.
La luna se reflejaba sobre la superficie como una mancha de plata líquida y, más allá, no existía absolutamente nada.
Ni luces. Ni tierra. Ni horizonte.
Solo oscuridad.
—Su puta madre… —murmuró.
Marcus volvió la cabeza.
—¿Qué?
Abbie señaló hacia el lago.
—¿Y dicen que esto es un lago?
El doctor sonrió sin dejar de caminar.
—Lo llaman lago porque es de agua dulce, pero en realidad es más grande que muchos mares del mundo.
Abbie contempló aquella monstruosidad unos segundos más.
—Lo había visto en fotos, pero nunca me había parado a pensar que Minnesota viniera con océano incluido.
No tardaron en llegar a las inmediaciones del puerto.
Una gran zona comercial se alzaba frente a los muelles como una colección de esqueletos de hormigón y ladrillo.
Los Dillinger la habían saqueado a conciencia durante semanas.
Las fachadas permanecían en pie, pero los escaparates habían desaparecido hacía tiempo y la mayoría de puertas colgaban torcidas de sus bisagras.
Por suerte, aquella parte de Côte Sauvage quedaba bastante alejada de las zonas residenciales.
La única luz visible estaba bastante lejos de donde ellos se encontraban.
Si tenían suerte, nadie repararía en ellos.
El doctor se detuvo de repente.
—Ahí está. Pero… ¿qué pasa allí?