CAPÍTULO 24
Comprobó que la recortada estaba cargada antes de acoplarla a la mochila.
Aquella era el arma que le había arrebatado a Dwayne Dillinger durante su primer encuentro.
Se la había ganado con sangre y ahora le pertenecía.
Podría haber elegido una más nueva y potente, pero no lo hizo.
Quería aquella, la suya, la que le recordaba el momento en que había nacido la nueva Abbie.
También llevaba el cuchillo de caza que había pertenecido al hombre que mató en el bosque. De haber sido por ella, no hubiera llevado más. Dos armas. Dos recuerdos. Ninguna elección.
La nueve milímetros era otra historia. No se la había ganado. Grizz se la había puesto en la mano, sin más.
—Las armas ganadas están bien —le había dicho muy serio—, pero si te regalan una y funciona, te la quedas y la usas.
Dejó la mochila en el asiento trasero. Creía llevar todo lo necesario, aunque cualquiera sabía con lo que se iban a encontrar una vez en Thunder Bay, en el caso de que consiguiesen llegar.
—¿Cuántas veces vas a revisar el maletero? —le preguntó a Marcus.
El chico ni se dignó en alzar la vista hacia ella.
—Todas las que sean necesarias.
—¿Alguna vez te han dicho que eres lo más parecido a un abuelo de dieciséis años?
Marcus fue a abrir la boca para replicar, pero decidió que no valía la pena y volvió a concentrarse en su tarea.
Abbie miró el reloj. Aún había tiempo de sobra.
Desenfundó la pistola y se aseguró de que llevaba el seguro puesto.
Era pequeña y ligera, ridícula si se comparaba con la recortada.
Aun así era bastante eficaz si el objetivo no estaba demasiado lejos.
Apuntando hacia el bosque, la alzó hasta la posición de disparo y se preguntó si tendría que usarla durante aquella misión.
¿Sería verdad todo lo que había escuchado a los hombres de los Dillinger sobre los infectados o no eran más que leyendas urbanas?
—Doc —dijo, enfundando el arma y girándose hacia el coche.
El doctor Kavannagh la miró por encima de las gafas desde el asiento del copiloto. Llevaba más de diez minutos sin levantar la vista de un mapa.
—Abbie.
—¿Qué sabes sobre ellos? ¿Has visto a alguno?
El doctor frunció el ceño con cara de no entender su pregunta.
—Infectados —aclaró.
El doctor negó con la cabeza varias veces mientras guardaba de nuevo el mapa en la guantera del Range Rover.
—La única plaga que se cernió sobre Côte Sauvage vestía vaqueros y camisa a cuadros —dijo con una sonrisa amarga—. El virus nunca llegó hasta aquí, lo que no me extraña demasiado. Las comunidades rurales poco pobladas deberían haber tenido suerte. Las ciudades, en cambio…
Dejó las palabras en el aire. No necesitaban más explicaciones ni adornos.
La alta densidad de población, los grandes hospitales como focos de infección y el transporte público como medio de propagación constituían el cóctel perfecto para aquel nuevo virus que, al parecer, se había cargado el mundo tal y como lo conocían.
Abbie asintió, comprendiendo.
—Pero he escuchado cosas —continuó el médico—. Los Dillinger solían grabar las transmisiones militares y me hacían escuchar las que hablaban sobre el virus, sus síntomas y las consecuencias de la enfermedad para que les aclarase conceptos.
—¿Pudiste sacar algo en claro?
El doctor se encogió de hombros.
—Es algo diferente a lo que habíamos visto hasta ahora —dijo, buscando las palabras—. La infección no causa una enfermedad como tal. El cuerpo no termina muriendo por la acción del virus, sino que sufre una serie de cambios. Como una especie de metamorfosis, pero sin mariposas de alas de colores.
Abbie frunció el ceño, lo que bastó para que al doctor le quedara claro que no había sido su mejor clase.
—Intentaré explicarme mejor. El cuerpo, más o menos, sigue funcionando igual.
Respira, hace la digestión cuando se le alimenta, duerme cuando necesita descanso, suda cuando tiene calor…
Sin embargo, todo lo que nos define como humanos desaparece por completo.
La capacidad de raciocinio, nuestros sentimientos, nuestros recuerdos, el libre albedrío…
Todo eso se esfuma. Los médicos no saben si el virus lo destruye o solamente lo secuestra, impidiendo que salga a la superficie.
A Abbie se le erizó el vello de la nuca al entender lo que el médico le estaba explicando.
—Entonces, ¿solo se dedican a comer?
El doctor Kavannagh volvió a negar.
—Al parecer, el virus prioriza conseguir nuevos vectores de infección.
De hecho, parece seleccionar entre los distintos tipos de candidatos.
Por un lado están los adultos sanos, a los que solamente les transmite una carga viral.
No los mata, solo los infecta para que ellos, a su vez, puedan seguir infectando.
—¿Y a los que no les sirven para propagarse? —preguntó Abbie, a sabiendas de que la respuesta no le iba a gustar.
—Los usa como alimento —soltó a bocajarro el médico—. Al parecer, el proceso es rápido y eficiente. No dejan gran cosa más allá de los huesos. Ancianos, enfermos, niños…
Abbie dio un paso atrás de forma instintiva.
—¿Keisha? —preguntó Abbie en un susurro acongojado, apenas moviendo los labios.
El doctor asintió.
Abbie tomó aire un par de veces, obligándose a apartar aquella imagen tan vívida de su mente.
—Durante nuestra etapa en el bosque, escuchamos algunos rumores.
—¿Cómo cuáles? —preguntó el doctor.
—Que a veces se ponen a llorar o a reír sin motivo aparente. O que gritan palabras sin sentido. También escuché que algunos silban o tararean sus canciones favoritas. Como si…
—Como si no se hubieran ido del todo —terminó la frase el médico.
Abbie asintió, despacio.
—¿Es eso posible?
El doctor se limitó a encogerse de hombros una vez más.
—No lo sé. —Hizo una breve pausa—. Pero espero de todo corazón que no sea así. Que solo sean reflejos o conexiones neuronales aisladas. Imagínate ser prisionera en tu propio cuerpo y tener consciencia de las atrocidades que cometes sin poder hacer nada para remediarlo…
—No se me ocurre nada más cruel —concluyó Abbie.
—A mí tampoco, Abbie —convino el doctor—. A mí tampoco.
Marcus cerró el maletero con tanta fuerza que Abbie no pudo evitar sobresaltarse.
—Creo que no se nos olvida nada.
—Genial —dijo Abbie en voz baja—. Ya podemos irnos a comprobar si todos esos rumores terroríficos son ciertos.
Abbie escuchó un ladrido a sus espaldas. Primero vio a Freya, corriendo entre los árboles con la lengua fuera y las orejas erguidas. Keisha venía detrás, sujetando algo con ambas manos mientras intentaba seguirle el ritmo.
—¿Qué querrá ahora? —preguntó Marcus.
—Conociéndoos a los dos, seguro que quiere saber si has revisado el maletero —dijo Abbie.
La niña llegó hasta ellos sin aliento. En una mano llevaba lo que parecía una máquina de fotos instantánea.
—¿Qué te trae por aquí, renacuaja? Ya nos íbamos.
La niña sacó algo del bolsillo de su chaqueta de camuflaje.
—Toma —dijo, entre jadeos.
Abbie bajó la vista. Era una fotografía Polaroid recién tomada. La observó unos segundos en silencio.
Finalmente no pudo hacer otra cosa que soltar una carcajada.
—Madre de Dios.
—¿Qué? —preguntó Keisha, indignada.
—¿Te has hecho una foto con la cámara pegada a la cara?
—No está tan mal —se defendió la niña.
Abbie volvió a mirar la fotografía.
La imagen estaba tomada tan cerca que apenas se le veía media cara. Un ojo enorme, parte de la nariz y una sonrisa torcida ocupaban casi todo el encuadre. En la esquina inferior derecha se había colado un ojo de Freya y parte del hocico.
Era horrible y perfecta a la vez.
—Era para ti, pero si no la quieres…
Abbie se apresuró a poner la fotografía a salvo.
—Yo no he dicho eso —dijo, metiéndosela en un bolsillo de la chaqueta—. Déjame ver eso. ¿Dónde la has encontrado?
—Estaba en el edificio grande.
Abbie le dio un par de vueltas a la cámara. Era nueva y parecía de alta gama. Un juguetito de más de aquellos niños pijos. Buscó con la mirada el contador.
—Queda una foto —dijo, girándose hacia Marcus con una sonrisa que no auguraba nada bueno.
—No —fue la tajante respuesta del joven.
Abbie asintió, acercándose a él poco a poco.
—Te guste o no, esto va a ocurrir, Marcus Chambers.
—He dicho que no. No me gustan las fotos.
—No seas aguafiestas. Necesito tus largos brazos si no queremos otra catástrofe como la de Keisha.
—Eh —protestó la niña.
—Está bien. Trae eso aquí y terminemos de una vez —cedió el joven.
Ella se colocó delante de él. Marcus estiró el brazo todo lo que pudo y pulsó el disparador. La fotografía no tardó en aparecer por la ranura. Tras agitarla y dejar que se secase, Abbie contempló el resultado.
—Vaya cuadro —dijo al fin.
Marcus tenía la misma expresión de alguien que asiste a un funeral en contra de su voluntad. Ella, a pesar de poner su mejor sonrisa, parecía haber perdido una pelea contra una excavadora. Labios hinchados, ojo morado, pelo hecho un desastre.
Se la tendió a Keisha.
—Para ti.
—Salís fatal —dijo la niña.
—Gracias, renacuaja. Y ahora vuelve a la cabaña con la Vieja. Nosotros tenemos que irnos ya.
—Recuerda tu promesa —dijo Keisha.
Abbie asintió. Aquella era la duodécima vez que escuchaba aquella misma frase durante el día.
—Tranquila. No creo que pueda olvidarla durante el resto de mi vida.
Llegaron a la granja de Nate poco antes del anochecer.
Marcus no había necesitado mapa alguno. Parecía conocer cada sendero, cada camino forestal y cada pista de caza de aquella parte del bosque como si hubiera ayudado a trazarlos él mismo.
Durante todo el trayecto, el doctor Kavannagh había estado jugueteando con el dial de la radio en busca de alguna señal.
No encontró gran cosa.
Una emisora religiosa apareció durante unos segundos antes de volver a desaparecer entre interferencias. Más tarde captaron una voz lejana que hablaba demasiado deprisa como para entenderla. Después, nada.
Silencio.
El mundo callaba.