La reina en el bosque CAPÍTULO 23 #3
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CAPÍTULO 23 #3

Kavannagh señaló los frascos de medicamentos que había dejado sobre la mesa.

—He revisado sus reservas. No tiene suficiente para pasar el invierno.

Abbie miró a Marcus.

—Tú me dijiste que sí.

—Eso creía —respondió el chico. Parecía preocupado. Más de lo habitual.

—Marcus no te mintió —intervino Kavannagh—. El problema es que la dosis que estaba tomando Keisha ya había sido rebajada tiempo atrás .

Ninguno dijo nada. Pero todos siguieron mirando hacia el doctor.

—Veréis. La niña había respondido positivamente al tratamiento y llevaba mucho tiempo sin sufrir un ataque.

Además, vivía en su casa, comía regularmente, dormía en su cama y su mayor preocupación era llegar a tiempo a la escuela.

Ahora no podemos garantizarle una alimentación adecuada, ni un horario regular de sueño, ni que dentro de una semana no tenga que salir corriendo de aquí perseguida por unos tíos armados con escopetas.

Todo eso puede favorecer una crisis. Mantener esa dosis rebajada en estas circunstancias sería correr un riesgo que no podemos permitirnos.

Abbie observó los frascos.

—¿Cuánto tenemos?

—Suficiente para un tiempo. No estamos hablando de que se va a quedar sin pastillas mañana ni la semana que viene. Pero llegará el invierno y entonces puede ser demasiado tarde para ponerle remedio. Cuanto antes busquemos una solución, mejor para todos.

—Está bien. Iremos donde sea. Incluso a Côte Sauvage si es necesario.

—En el pueblo no queda nada —dijo Kavannagh—. Las últimas cajas que tenía son estas que hay sobre la mesa.

—¿De dónde se lo hacían llegar?

—Minneapolis.

—Pues no se hable más —intervino Marcus—. Iremos a Minneapolis.

—Ni hablar —sentenció Grizz.

Abbie se volvió hacia él.

—¿Por qué?

—Porque por lo poco que sabemos, Minneapolis ha caído. Las últimas noticias hablaban de incendios, saqueos y hordas de decenas de miles de infectados. Y eso fue hace días. Acercarse sería un suicidio.

—Entonces tendremos que buscar en otro sitio.

—Hay otra posibilidad —dijo Kavannagh—. Mucho más cerca y supongo que un poco menos peligrosa, aunque solo sea por su número de habitantes.

Abbie apoyó las manos sobre la mesa.

—¿Dónde está ese lugar?

El doctor empezó a mover el dedo por el mapa en dirección norte, siguiendo la orilla del Lago Superior. Tras cruzar la frontera, se paró en medio de la costa de una gran bahía.

—Thunder Bay. En el puerto hay un almacén que distribuye medicamentos por casi toda Ontario.

—Pero eso está en Canadá.

—Así es.

—¿Y cómo demonios llegamos hasta allí?

—Por agua.

Abbie levantó la mirada.

—Recuperaremos la Blue Belle y navegaremos hasta la bahía. He hecho esa travesía más de una vez.

—Entiendo que esa Blue Belle es un barco.

—Una preciosa embarcación de recreo de casi treinta pies de eslora.

—¿Y dónde está esa preciosidad? —preguntó Abbie.

Kavannagh guardó silencio un instante.

—Amarrada en el muelle de Côte Sauvage.

Abbie cerró los ojos.

—Por supuesto.

—Tendréis que entrar, recuperarla y salir de allí sin llamar demasiado la atención —dijo Grizz.

—Eso es más fácil decirlo que hacerlo. Y suponiendo que siga allí —dijo Abbie.

—Hasta hace dos días seguía amarrada —aseguró Kavannagh—. Pude verla. Lo que no puedo garantizarte es en qué condiciones se encuentra. Siempre la dejaba con el depósito lleno y lista para navegar, pero no sé qué habrán hecho esos desgraciados con ella.

Abbie volvió a mirar el mapa. Côte Sauvage. El Lago Superior. Thunder Bay.

—Está bien. ¿Quiénes vamos?

—El doctor, Marcus y tú —respondió Grizz.

Abbie miró instintivamente a Kavannagh. No pretendía ofenderlo, pero el médico rondaría los sesenta, estaba entrado en carnes y lo había visto jadear con solo subir unas escaleras. No parecía el perfil ideal para acometer una misión como aquella.

Kavannagh arqueó una ceja.

—A no ser que sepas leer una carta de navegación y timonear la Blue Belle . En ese caso, estaré encantado de quedarme aquí. Volver a Côte Sauvage no me resulta una idea demasiado atractiva.

Abbie negó con la cabeza.

—Entonces tendrás que conformarte conmigo. Intentaré no retrasaros demasiado. Os lo prometo.

—Abbie irá al mando —dijo Grizz—. Saldréis mañana después de comer. Pasad primero por la granja de Nate. Podréis dejar allí el coche y acercaros al pueblo a pie. Si sigue vivo, decidle que aquí hay sitio para él.

—Perdón —dijo Abbie—. ¿He oído bien? ¿Has dicho que yo iré al mando? Doctor, creo que la herida de la pierna debe haberse infectado porque Grizz tiene fiebre.

Grizz lanzó uno de sus gruñidos. Entonces señaló a Marcus.

—Pregúntale a Nate si todavía conserva las máscaras que utilizaba para fumigar.

—¿Para qué queremos las máscaras? —preguntó Abbie.

—No es lo ideal para prevenir infecciones víricas, pero toda precaución es poca —dijo el doctor—. Aún no sabemos si el virus solo se contagia por contacto directo o también por vía aérea.

—A Kim no le habían mordido y estaba infectada.

—¿Quién es esa Kim? —preguntó Kavannagh.

—Era una amiga —dijo Abbie, sin dar más detalles.

—¿Sabes si estuvo expuesta al virus antes de infectarse?

La memoria de Abbie la llevó de nuevo a aquel restaurante escandinavo, a aquellos deliciosos rollitos de salmón, a aquellas risas a expensas del camarero. Lanzó un suspiro.

—Me dijo que su hermano estaba muy enfermo. Imagino que estuvo bastante tiempo con él en un hospital.

—Pues ahí tienes una buena razón para llevarla.

Pero no la única. Olor, polvo, humo... No sabemos qué enfermedades pueden empezar a propagarse cuando los cadáveres se acumulen ni en qué condiciones encontraremos el puerto de la ciudad.

Las máscaras no nos van a volver invulnerables, pero si Nate conserva filtros adecuados, será mejor llevarlas y no necesitarlas que necesitarlas y no llevarlas.

Abbie aceptó el argumento con un gesto.

Volvió a mirar el mapa.

Thunder Bay.

Después bajó la vista hacia sí misma.

Shorts. Top. Converse. Piernas recién depiladas.

La tregua había durado poco. Lo mejor sería lavar su ropa de camuflaje aquella misma tarde.

La luz estaba apagada, pero las brasas de la chimenea aún arrojaban algo de color en el interior de la cabaña. La Vieja Mama dormía en su cama, de espaldas a ellas, respirando hondo, con esa serenidad que solo ella tenía.

Abbie y Keisha compartían la cama del dormitorio. La niña se había acurrucado a su lado. Afuera la noche refrescaba, pero debajo de aquellas sábanas todo era calidez.

Pasó un buen rato de silencio antes de que Keisha hablara. La voz le salió muy fina, casi un susurro.

—Abbie… ya sé lo que le pasó a mi mamá.

A Abbie se le encogió el estómago. Ninguna niña del mundo debería tener que empezar una conversación como aquella.

—Lo siento mucho, cariño —dijo, compungida.

—Me lo dijo la Vieja Mama cuando os fuisteis al bosque. Pero yo ya lo sabía un poco.

—Me hubiera gustado poder ayudarla, pero…

La congoja no le dejó terminar la frase. Keisha negó despacio, rozándole el brazo con la nariz.

—No te culpo —dijo—. Y mi mamá tampoco.

Abbie notó cómo dos lágrimas comenzaban a caerle por las mejillas.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó.

Keisha se acomodó boca arriba, mirando al techo, como si hablara con alguien invisible.

—Porque hablo con ella todas las noches —dijo con naturalidad—. Cuando cierro los ojos, ella está ahí. Puedo verla.

A Abbie se le encogió el pecho.

—¿Qué te dice? —preguntó—. Si se puede saber.

—Que me quiere —respondió la niña—. Y que no tengo nada que temer. —Se giró hacia Abbie—. Que os tengo a Freya, a Grizz, a Marcus y a ti. —Hizo una pausa—. Dice que tú eres muy fuerte. Mucho más de lo que tú te crees. Y que vas a cuidarme aunque muchas veces estés asustada.

Abbie se quedó sin palabras durante unos segundos. Le acarició la mejilla con el dorso de la mano.

—Tu madre lleva razón —dijo—. Voy a cuidarte siempre.

Keisha sonrió, pequeñita, como si aquello le devolviera una parte del mundo que había perdido.

El silencio volvió a instalarse entre las dos. Solo se oía el viento rascando suavemente las paredes de la cabaña.

Pero Keisha no había terminado.

—Abbie… —susurró—. ¿Por qué estabas rara antes?

—¿Cuándo?

—Esta tarde. Después de hablar con Grizz. ¿Te ha dicho algo feo? A veces es muy bruto.

Abbie ahogó una risa. Después pensó en mentir. Lo tuvo en la punta de la lengua. Un «por nada importante» fácil y protector. Pero lo dejó ir. Aquel mundo ya no era lugar para mentiras piadosas.

—Grizz no me ha dicho nada. Al menos hoy. Es que Marcus y yo tenemos que irnos mañana. Estaremos fuera un par de días.

Keisha se incorporó un poco, apoyando la cabeza en su hombro.

—¿Sin mí? —preguntó muy seria.

—Tú no puedes venir, cariño. Eres demasiado renacuaja.

—Entonces llevaos a Freya.

—Después de todas las albóndigas que se ha comido hoy no creo que nos sea de gran ayuda.

Keisha se rió por lo bajo. Después volvió a la carga.

—¿Adónde vais?

—A una ciudad cercana. A buscar medicinas —contestó Abbie.

—¿Para mí?

—Y para todos los demás, pero sobre todo para ti.

La niña se quedó callada unos segundos.

—¿Es peligroso? —preguntó al fin.

Abbie respiró hondo.

—Puede serlo —admitió—. Pero tendremos mucho cuidado.

Keisha le sujetó la mano bajo las sábanas.

—¿Me lo prometes?

Abbie apretó aquella mano con fuerza.

—Te lo prometo.

La niña soltó un suspiro largo. Después le dio un beso en la mejilla y se giró.

—Te creo. Hasta mañana, Abbie.

—Hasta mañana, renacuaja.

Abbie la abrazó con cuidado, sintiendo cómo el cuerpo de la niña se iba relajando poco a poco. Su respiración se volvió más lenta, más profunda, hasta quedarse dormida.

Antes de cerrar los ojos, Abbie hizo otra promesa. Esta vez a sí misma.

Pasara lo que pasara, encontrase lo que encontrase en Thunder Bay, volvería a esa niña.