CAPÍTULO 23 #2
La niña bajó los escalones a toda velocidad.
Marcus apenas tuvo tiempo de prepararse antes de que se lanzara sobre él.
La atrapó en el aire y la levantó del suelo.
Keisha le rodeó el cuello con los brazos y escondió la cara contra su hombro mientras él la abrazaba con una fuerza que Abbie nunca le había visto emplear para nada que no fuera tensar un arco.
No dijeron nada durante unos segundos.
Marcus terminó por dejarla en el suelo. Keisha se separó de él y entonces reparó en Abbie.
—Hola, renacuaja.
Los ojos de la niña se iluminaron.
—¡Abbie!
Volvió a salir disparada.
Abbie abrió los brazos y recibió el impacto entre risas.
La levantó del suelo mientras Keisha se aferraba a su cuello y se fundió con ella en un abrazo.
Cerró los ojos y apretó a la pequeña contra su cuerpo.
Había imaginado muchas veces aquel momento durante los últimos días.
Tenerla allí, entre sus brazos, resultaba mucho mejor.
—Déjame que te vea —dijo, aunque no hizo ningún intento por bajarla—. Mírate. Has crecido y todo.
—Una pulgada y un poquito más —respondió Keisha, orgullosa.
—¡Guau! ¿Una pulgada entera?
Keisha la examinó entonces con la misma atención.
—Y tú estás más delgada.
Abbie levantó las cejas.
—Gracias por notarlo, querida. He estado a dieta estos últimos días.
—Y vuelves a ser rubia. ¿No te gustó ser morena?
—Sí, pero durante un tiempo. Ahora te toca a ti teñirte de rubia. ¿Qué te parece?
La niña soltó una risita.
—Estás loca.
Abbie le dio un beso en la mejilla y finalmente la dejó en el suelo.
Fue entonces cuando levantó la mirada hacia la casa.
La Vieja Mama permanecía bajo el umbral de la puerta. No había salido corriendo como Keisha o Freya ni parecía tener intención de hacerlo. Se limitaba a observarlos con una sonrisa tranquila, envuelta en aquella inexplicable sensación de paz y armonía que siempre parecía acompañarla.
Sus ojos se encontraron con los de Abbie.
La anciana inclinó ligeramente la cabeza.
Abbie entendió.
Asintió una sola vez.
No hacía falta decir nada.
No perdieron mucho más tiempo para ponerse manos a la obra. Aún tenían que cargar el camión y regresar al campamento para la hora de comer.
Las pertenencias de la Vieja Mama no eran demasiadas.
Entre los cuatro fueron sacando ropa, mantas, algunas cajas con provisiones y todo aquello que la anciana consideraba que podía resultar útil en el campamento.
Marcus protestó al verla señalar su mecedora, pero terminó cargándola también.
Lo último que salió de la casa fue el retrato de su marido.
La Vieja lo descolgó de la pared y permaneció unos segundos contemplándolo antes de estrecharlo contra el pecho.
Después llegó el turno de los animales.
—Primero las gallinas —dijo Marcus.
—¿Por qué?
El muchacho señaló a las dos vacas lecheras que observaban toda la operación desde el cercado.
—Porque si las metemos sueltas ahí dentro, Florida y Nevada las convertirán en puré antes de llegar al campamento.
Abbie miró a Keisha.
—¿Florida y Nevada?
—Las vacas —explicó la niña—. Esa es Florida y esa es Nevada.
—¿Y por qué se llaman así?
Keisha se encogió de hombros.
—¿Por qué te llamas tú Abbie?
—En realidad no me lla… —Abbie se detuvo—. Da igual. Ahora veo que era una pregunta estúpida.
Enjaular las gallinas resultó bastante más complicado que cargar una mecedora.
Marcus cerró todas las posibles vías de escape y repartió las jaulas mientras la Vieja observaba desde un lugar prudente con una sonrisa que no auguraba ninguna intención de ayudar.
Abbie entró en el gallinero convencida de que aquello no podía ser demasiado difícil.
Cinco minutos después había cambiado de opinión.
Las condenadas parecían capaces de adivinar hacia dónde iba a lanzarse antes incluso de que ella lo supiera.
Corrían, aleteaban, cambiaban de dirección en el último instante y se escurrían entre sus manos como si alguien las hubiera bañado en aceite.
Keisha no lo hacía mucho mejor. Entre las dos consiguieron acorralar a una contra una esquina, pero en cuanto Abbie intentó agarrarla, el animal pasó entre sus piernas y salió cacareando en dirección contraria.
—¡A por ella!
Keisha se lanzó detrás.
Abbie también.
La gallina volvió a cambiar de dirección y ambas estuvieron a punto de chocar. Keisha soltó una carcajada. Abbie consiguió agarrar al animal por fin, recibió un picotazo en una mano y estuvo a punto de soltarlo.
—¡Me cago en su…!
—¡Abbie! —protestó Keisha entre risas.
—¡Me ha picado!
—Porque no las coges bien.
—Pues anda que tú.
No recordaba haberse reído tanto en mucho tiempo. Quizá nunca. Durante unos minutos no hubo Dillinger, infectados, muertos ni personas desaparecidas. Solo una niña riéndose a carcajadas y un puñado de aves de corral empeñadas en conservar su libertad a cualquier precio.
Durante toda la operación, Freya no había parado de ladrar desde fuera del gallinero. Seguro que la perra habría sido mucho más eficaz que ellas dándoles caza, pero también les interesaba que las gallinas siguieran poniendo huevos después.
Cuando consiguieron encerrar a la última, Abbie tenía otro picotazo en el antebrazo, Keisha uno en la mano y ambas estaban despeinadas y sin aliento.
Solo quedaba el gallo.
Abbie lo observó desde una distancia prudente. El animal les devolvió la mirada con la cabeza erguida y una hostilidad que no parecía propia de algo destinado a terminar algún día dentro de una cazuela.
—Ese es todo tuyo —le dijo a Marcus.
—¿Por qué?
—Porque eres un hombre. Y los gallos también son hombres —le explicó Keisha.
Poco o nada había que discutir ante semejante razonamiento.
Marcus dejó la jaula en el suelo y entró en el gallinero.
Keisha y Abbie se quedaron mirando desde fuera.
La primera tentativa terminó con el gallo escapando por un lateral.
En la segunda, Marcus consiguió acorralarlo, pero el animal se revolvió con tal violencia que uno de sus espolones pasó peligrosamente cerca de su mano.
—¡Cuidado! —gritó Keisha.
Marcus retrocedió justo a tiempo.
Abbie se llevó una mano a la boca.
—Uy.
El chico se volvió hacia ella.
—No te rías.
Eso fue precisamente lo que hizo.
Finalmente, Marcus consiguió hacerse con el gallo y meterlo en la última jaula conservando todos los dedos.
Después de aquello, las vacas resultaron decepcionantemente sencillas.
Florida y Nevada olían exactamente tan mal como Abbie había temido, pero al menos eran dóciles.
Marcus y la Vieja las guiaron hasta la parte trasera del camión y los animales subieron sin demasiadas protestas.
Acomodaron las jaulas de las gallinas donde no pudieran ser pisoteadas, aseguraron la carga y cerraron las puertas.
Cuando todo estuvo listo, llegó el momento de descubrir que el verdadero problema no era meter dos vacas y un gallinero entero en un camión de mudanzas.
Era meterlos a ellos en la cabina.
Marcus ocupó el asiento del conductor. La Vieja Mama se acomodó en el centro y Abbie quedó junto a la puerta con Keisha sentada encima de sus piernas. Freya tuvo que conformarse con el poco espacio disponible en el suelo, encajada entre sus pies y los de la anciana.
Abbie intentó mover una pierna.
No pudo.
—¿Estamos todos cómodos?
—¡Sí! —gritó Keisha exultante.
La Vieja Mama asintió.
Freya jadeó con la lengua fuera.
Marcus miró a Abbie.
—¿Quieres bajar y preguntarle a las vacas?
—Mejor no. Vámonos ya. Y, por lo que más quieras, abre esa ventanilla.
Apenas tuvieron tiempo de descargar las pertenencias de la Vieja Mama y dejar a Florida, Nevada y las gallinas instaladas cuando anunciaron que la comida estaba lista.
A Abbie le pareció una noticia excelente.
Después de aquella mañana, empezaba a convencerse de que la civilización había regresado de verdad.
El comedor estaba casi lleno. Habían preparado espaguetis a la boloñesa con albóndigas y durante un buen rato no se escuchó otra cosa que conversaciones, cubiertos chocando contra los platos y alguna carcajada que sobresalía por encima de las demás.
Abbie comió con Keisha, Marcus y la Vieja Mama.
Freya permaneció debajo de la mesa, donde la niña se encargó de que tampoco pasara hambre.
Cada vez que creía que nadie la miraba, desaparecía otra albóndiga del plato de Keisha y el hocico de la perra emergía discretamente entre sus piernas.
—Como siga comiendo así, vais a tener que llamarla Vaca.
Keisha rascó a Freya detrás de las orejas.
—La pobre siempre tiene hambre.
—Espero no estar presente cuando Grizz vea cómo has malcriado a su perra.
Freya lanzó un ladrido, como si supiera que estaban hablando de ella.
Al terminar, llevaron los platos hasta la cocina para limpiarlos. Keisha apenas había remojado el suyo en el fregadero cuando agarró a Abbie de la mano.
—Deja eso. Ya lo fregará otro —dijo la niña muy seria—. Tú y yo tenemos que hacer algo más importante.
—¿Y puedo saber qué es eso tan importante?
—Voy a enseñarte a ordeñar una vaca.
—¿Y tiene que ser ahora? ¿Justo después de comer?
Keisha asintió y volvió a tirar de su brazo.
—Keisha.
La voz de la Vieja Mama bastó para detenerla.
—Yo iré contigo —dijo la anciana—. Grizz quiere hablar con Abbie.
La niña torció el gesto.
—¿Ahora?
—Ahora.
Keisha soltó la mano de Abbie a regañadientes. La Vieja Mama le hizo un gesto para que la acompañara y ambas salieron de la cocina con Freya detrás. Abbie las siguió con la mirada. Algo en la forma en que la anciana había pronunciado aquellas palabras acababa de borrar buena parte de su buen humor.
Encontró a Grizz en el salón del edificio principal. Estaba sentado con la pierna herida extendida. Marcus y el doctor Kavannagh lo acompañaban. Había un mapa desplegado sobre la mesa.
Ninguno de los tres se reía.
—¿Ocurre algo?
Kavannagh levantó la mirada.
—Se trata de Keisha.
El cambio en Abbie fue inmediato.
—¿Qué le ocurre?
—Nada. De momento.
—Explíquese, doctor.