La reina en el bosque CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Abbie abrió los ojos. Tardó unos segundos en ubicarse.

La luz de la mañana entraba a través de las cortinas de la cabaña. Desde fuera llegaban voces, golpes de martillo y el ruido de algún motor que arrancaba para apagarse poco después. Alguien gritó algo que no alcanzó a entender y otra voz respondió desde más lejos. El campamento estaba despierto.

La noche anterior le había costado conciliar el sueño.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a pensar en Jason, en aquel mensaje viajando a ninguna parte, perdido entre cientos de millas de bosques, ciudades y agua.

Había imaginado una radio encendida al otro lado de la frontera.

Había imaginado a Jason cerca de ella. Había imaginado incluso el momento en que escuchaba aquellas palabras sin sentido aparente para cualquier otro excepto para él.

Después se había obligado a dejar de hacerlo.

Las posibilidades de que algo así sucediera eran tan pequeñas que aferrarse a ellas solo serviría para hacerse más daño.

Al final, el cansancio y la tensión acumulados durante las últimas horas terminaron por derrotarla.

Abbie se incorporó y enseguida notó algo extraño. Permaneció sentada en la cama, intentando descubrir qué demonios iba mal. Tuvieron que pasar un par de minutos hasta que dio con ello.

No le dolía la espalda.

Giró el torso hacia un lado. Después hacia el otro. Nada. Ni raíces, ni piedras, ni suelo duro, ni humedad. Había pasado toda la noche sobre un colchón de verdad, entre sábanas de verdad y con una almohada de verdad debajo de la cabeza.

—Joder...

Se desplomó sobre el colchón de nuevo y disfrutó unos segundos más de aquel milagro antes de que una necesidad bastante más elemental terminara de convencerla para abandonar la cama.

Entró en el baño todavía medio dormida y allí la esperaba otro de los mayores logros alcanzados por la humanidad.

Un inodoro de porcelana.

Abbie jamás imaginó sentir auténtico cariño hacia un objeto inanimado.

Durante las últimas semanas había tenido que internarse entre los árboles, buscar un lugar discreto, cavar un agujero y ponerse en cuclillas procurando mantener el equilibrio mientras se aliviaba.

Ahora podía cerrar una puerta, sentarse tranquilamente y conservar intacta la poca dignidad que le quedaba.

Entonces vio el rollo colocado junto al inodoro.

Nuevo.

Sin estrenar.

Papel higiénico ultrasuave.

Lo cogió y hundió un dedo en él para comprobar que sus ojos no la engañaban.

—Dios bendiga la doble capa —susurró.

Unos minutos después salió de la cabaña con una sensación de bienestar que le pareció casi indecente. No necesitó mirar ningún reloj para saber que se le habían pegado las sábanas. El sol estaba ya bastante alto y el campamento bullía de actividad. Debían de ser las nueve y media o las diez.

Había gente llevando cajas de un edificio a otro, otros limpiaban las cabañas y un grupo descargaba herramientas junto al cobertizo.

Después de tantos días acostumbrada al silencio del bosque, a moverse procurando no hacer ruido y a interpretar cualquier sonido inesperado como una amenaza, escuchar aquel pequeño alboroto le resultó extrañamente reconfortante.

Aquello estaba vivo.

La idea consiguió alegrarla más de lo que esperaba.

Aquel día había empezado de forma muy parecida a cuando aquel maldito virus aún no se había cargado la civilización.

Y por aquel entonces, después de dormir en una cama y hacer sus necesidades en un inodoro, una persona solía desayunar con todo lo que ello conllevaba: mesa, silla, plato, cubiertos y una cantidad de calorías que alcanzaba las cuatro cifras.

Abbie se encaminó hacia la cocina con la esperanza de que la normalidad hubiese regresado con todas sus consecuencias.

Antes de llegar al edificio principal, distinguió a Marcus junto a la antigua enfermería.

El muchacho estaba terminando de clavar unos tablones sobre una de las ventanas.

La puerta ya había quedado cubierta casi por completo y solo faltaba asegurar un par de tablas más.

—He sacado todo lo que he considerado de utilidad y después la he sellado, como me pediste.

—Muchas gracias —dijo Abbie—. Te debo una.

Marcus cogió otro clavo y lo presentó sobre la madera.

—¿Solo una?

—Tampoco te flipes, chaval.

El chico sonrió sin dejar de trabajar.

—¿Cuándo iremos a por Keisha? —preguntó Abbie.

—En una hora. En el aparcamiento.

—Recibido.

Abbie le dio una palmada en el hombro y continuó hacia la cocina.

En cuanto abrió la puerta, el olor terminó de despertar todo lo que todavía seguía dormido dentro de ella.

Bacon. Café. Huevos. Varias mujeres trabajaban alrededor de los fogones y las encimeras, hablando entre ellas mientras recogían los restos del desayuno.

Todas la saludaron al verla entrar. Algunas sonrieron.

Una incluso dejó lo que estaba haciendo para preguntarle cómo había dormido.

Abbie todavía no terminaba de acostumbrarse a toda aquella gratitud.

—Sé que es un poco tarde, pero… ¿queda algo de desayunar?

Antes de que quisiera darse cuenta, alguien le había puesto entre las manos un plato con dos huevos fritos, varias tiras de bacon y una generosa ración de frijoles. Otra mujer apareció con una taza de café aún humeante.

—Creo que voy a llorar.

Las mujeres se echaron a reír.

Se llevó el desayuno al comedor y eligió una mesa vacía.

Comió sola, sin ninguna prisa, disfrutando del lujo de tener delante comida caliente que no había salido de una lata ni había sido ensartada previamente con una flecha.

Rebañó los restos de huevo con una tira de bacon y estaba terminando el café cuando una chica se acercó a su mesa.

Era una adolescente afroamericana, de ojos grandes y labios gruesos. Bastante guapa. Llevaba una bolsa de papel entre las manos.

—Abbie, ¿verdad?

—Depende. Si vienes a quitarme el café, no conozco a nadie que se llame así.

La chica sonrió.

—Estamos organizando el almacén y he pensado que esto te gustaría.

Puso la bolsa sobre la mesa y la empujó hacia ella. Abbie se asomó al interior.

Lo primero que vio fue un bote de champú. Debajo había gel de baño, acondicionador, desodorante, un cepillo de dientes nuevo, dentífrico, crema hidratante, cuchillas de afeitar, crema depilatoria y una caja de tampones.

Levantó la mirada hacia la muchacha.

—Me acabas de hacer la mujer más feliz del mundo.

La chica volvió a sonreír.

Abbie la señaló con un dedo mientras intentaba recordar.

—Tú eres Tami, ¿verdad?

Ella asintió.

—Tamika Roberts.

—Muchas gracias, Tamika. Eres un encanto.

La chica se le echó encima.

—Gracias por liberarnos —le dijo al oído—. Aquello era un infierno.

Abbie respondió al abrazo. Le pasó la mano por la cabeza mientras sentía cómo las lágrimas de la chica mojaban su piel.

—No hay de qué, Tamika. ¿Puedo contarte un secreto?

La joven se separó y se enjugó los ojos. Parecía avergonzada.

—Claro.

—Yo apenas hice nada en comparación con Marcus. Creo que es a él a quien deberías agradecérselo.

La chica sonrió y asintió.

—Lo haré. Descuida.

—Y ahora, si me disculpas —añadió, cogiendo la bolsa—, me voy directa a la ducha.

Toda la ropa que conservaba le venía grande.

Abbie había perdido bastante peso durante aquellas semanas y sus antiguos pantalones parecían empeñados en recordárselo.

Se ciñó el cinturón todo lo que pudo y después se colocó por encima el otro, el que sostenía la funda de la pistola y el cuchillo.

No le quedaba más remedio que cargar con las armas, pero aquel día quería sentirse medio normal, así que decidió dejar aparcada la ropa de camuflaje.

Eligió unos shorts, un top y las Converse que había recuperado del barracón de las chicas.

El conjunto no era precisamente el más apropiado para internarse en el bosque, pero tampoco pensaba librar ninguna guerra ni pasar más noches a la intemperie.

Solo iban a recoger a Keisha y a la Vieja Mama.

Además, después de una ducha interminable, el pelo recién lavado y unas piernas que por fin habían dejado de parecer espacio forestal protegido, no estaba dispuesta a esconderse otra vez dentro de aquellos pantalones militares.

Se presentó en el aparcamiento a la hora acordada. Marcus ya estaba allí. Tenía levantado el capó del camión de mudanzas y parecía estar comprobando el nivel de aceite cuando la vio acercarse.

—Así es, chaval. Eso que huele tan bien soy yo —dijo Abbie a modo de saludo.

Marcus negó un par de veces con la cabeza. Le echó un vistazo a la varilla, la limpió con un trapo y volvió a colocarla antes de cerrar el capó.

—¿Preparada?

—Adelante. Pero... ¿para qué nos llevamos el camión?

—Hay que traer las vacas de la Vieja.

Abbie parpadeó.

—¿Las vacas?

—Y las gallinas —añadió Marcus.

Abbie contempló el camión durante unos segundos. Después miró al chico.

—Las vacas no son famosas por su buen olor, ¿verdad?

Marcus negó con la cabeza.

Una interminable hora de baches después, el camión abandonó por fin el camino forestal y la granja de la Vieja apareció entre los árboles.

Abbie esperaba encontrar a Keisha correteando por los alrededores o a la anciana ocupada con los animales, pero no había nadie en el exterior. Tampoco vio a Freya. Las puertas de la casa estaban cerradas y hasta el granero parecía haber sido clausurado a conciencia.

—Esto no me gusta —dijo, inclinándose sobre el salpicadero.

—Tranquila —respondió Marcus—. No nos esperan.

El chico abrió la puerta y bajó del camión. Abbie hizo lo mismo, aunque su mano fue instintivamente hacia la escopeta. Marcus se adelantó unos pasos hacia la casa.

—¡Somos nosotros! —gritó—. ¡Marcus y Abbie!

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Entonces llegó un ladrido desde el interior de la casa.

Abbie sonrió.

—Freya...

La puerta se abrió de golpe y la perra salió disparada hacia ellos, moviendo el rabo con tanta fuerza que parecía arrastrar con él el resto del cuerpo. Detrás apareció Keisha.

—¡Marcus!