La reina en el bosque CAPÍTULO 22
73%

CAPÍTULO 22

El convoy avanzaba despacio por la carretera forestal rumbo a Olympus.

Abbie conducía el último de los todoterrenos.

A su lado, Grizz permanecía con la vista clavada en el parabrisas.

La pierna vendada descansaba estirada como podía entre la puerta y el salpicadero.

Desde la discusión en la tienda de caza no habían vuelto a intercambiar una sola palabra, pero tampoco hacía falta.

Todo lo que el trampero tenía que decirle ya se lo había dicho.

Mientras tanto, ella no dejaba de darle vueltas a una única idea: encontrar a Jason.

Primero imaginó que, en cuanto llegaran al campamento, cargaría un vehículo con comida, armas y un mapa. Después pondría rumbo al norte.

La idea apenas resistió unos segundos.

¿Al norte, dónde?

Deacon solo le había dicho una cosa.

«Canadá».

Aquello no era una dirección. Era un país entero. Y uno enorme.

Además, aunque hubiera podido recorrer Canadá palmo a palmo, primero tendría que entrar. Y aquello no iba a ser precisamente sencillo. El único paso fronterizo que conocía estaba controlado por los Dillinger. Cruzar por allí era ponerse en manos de Deacon.

Pensó entonces en el lago Superior.

Tampoco.

No sabía navegar y, aunque hubiera sabido, tampoco tenía una embarcación con la que aventurarse en aquellas aguas.

Cada nueva idea se desmoronaba antes incluso de terminar de tomar forma. No porque le faltaran ganas, sino porque le faltaba todo lo demás.

Cuando el convoy llegó al campamento, Abbie dejó escapar un largo suspiro. Quería salir a buscar a Jason. Lo necesitaba. Sin embargo, por mucho que intentara convencerse de lo contrario, no tenía un plan. Solo una desesperación enorme y ninguna forma real de convertirla en algo útil.

Casi no les dio tiempo a bajar del vehículo cuando se vieron rodeados por decenas de personas.

Los liberados los recibieron con sonrisas, abrazos y lágrimas de alivio, como si todavía no terminaran de creerse que aquella pesadilla hubiera acabado de verdad.

Grizz fue rodeado casi al instante, entre apretones de manos y palmadas en la espalda.

Al fondo, Abbie vio a Marcus siendo abrazado por dos chicas que tendrían más o menos su edad.

El muchacho sonreía con esa mezcla de vergüenza y felicidad que solo era capaz de provocar un agradecimiento sincero.

Ella creyó que toda aquella bienvenida era para ellos. Al fin y al cabo, eran caras conocidas del pueblo.

Pero se equivocaba de medio a medio.

—Es ella…

Abbie giró la cabeza al escuchar el susurro.

—La rubia del destornillador.

El apodo empezó a repetirse de unos labios a otros hasta recorrer el aparcamiento entero.

Varias personas comenzaron a acercarse a ella.

La primera mujer la abrazó con tanta fuerza que apenas pudo corresponderle.

Después llegó otra. Un hombre le estrechó las manos sin dejar de darle las gracias.

Una chica muy joven le besó la mejilla antes de romper a llorar.

Otra mujer la abrazó sin decir una sola palabra.

Poco a poco fue perdiendo la cuenta de los besos, de los abrazos y de todas aquellas voces que repetían una y otra vez la misma palabra.

—Gracias.

Aquello la sobrepasaba.

No sabía qué hacer con las manos, ni cómo responder a tanta gratitud cuando lo único que ocupaba su cabeza era Jason.

Cuando el último abrazo terminó, levantó la vista. Nadie se había movido. Seguían formando un corro a su alrededor, mirándola en silencio, como si esperaran que dijera algo.

Abbie buscó a Grizz con la mirada.

—Di algo… por favor.

El trampero negó despacio.

—No creo que quieran escucharme a mí.

—¿Y qué les digo?

—Diles que se pongan a trabajar.

Abbie tragó saliva. Dio un paso al frente y respiró hondo.

—Hola… Ya veo que todos me conocéis por ese apodo horrible, pero en realidad mi nombre es Abbie y prefiero que me llamen así.

Varias personas intercambiaron miradas hasta que una mujer sonrió.

—Tienes un nombre precioso —dijo.

—Gracias, pero no creo que sea para tanto.

Algunas risas recorrieron el grupo.

—La verdad es que no tenía preparado ningún discurso.

Solo quería deciros que es un placer conoceros a todos, aunque me habría gustado que fuera en otras circunstancias.

Y... no sé muy bien qué más decir aparte de que creo que todos necesitamos lo mismo.

Una buena ducha, una comida caliente y una noche en una cama cómoda.

Miró alrededor.

—Así que… ¿por qué no nos ponemos manos a la obra? Hay mucho trabajo que hacer.

Durante unos segundos nadie dijo nada. Después comenzaron a oírse murmullos de aprobación y más de una sonrisa apareció entre aquellas caras marcadas por el hambre y el sufrimiento. Grizz aprovechó el momento para dar un par de palmadas.

—Venga. Ya la habéis oído. Los que todavía tengáis fuerzas, descargad el camión. Marcus, comprueba los generadores y las bombas de agua. Con un poco de suerte, esta noche dormiremos todos limpios.

Las dos adolescentes salieron de la cocina cargando con los últimos platos. Al cruzar la puerta se encontraron con Marcus.

—Buenas noches, Tami.

—Hasta mañana, Marcus.

Abbie levantó la vista justo cuando el muchacho entraba en la cocina. Ya no llevaba la ropa de camuflaje ni el arco al hombro. Ahora vestía unos vaqueros y una cazadora deportiva. Sin todo aquel equipo encima parecía mucho más joven. Más adolescente. Justo lo que era.

Lo observó de arriba abajo con una sonrisa ladeada.

—Así que Tami, ¿eh?

Marcus frunció el ceño.

—¿Qué pasa con Tami?

—¿De qué la conoces? ¿Qué me he perdido?

El muchacho bajó la vista al suelo, claramente incómodo.

—Iba a mi clase en el instituto.

—Ya veo, ya... Marcus y Tami… La verdad es que suena bien.

—Déjalo, Abbie, por favor.

Ella soltó una risa por lo bajo y volvió a centrar su atención en la última olla.

—¿Ha sobrado algo de arroz?

—En la nevera. ¿Por qué no has cenado antes?

Marcus sacó un táper del frigorífico.

—Estaba terminando de asegurar la cabaña donde va a estar Daphne.

—¿Ha cenado esa hija de puta?

—Creo que sí.

—Bien.

Marcus empezó a comer de pie, apoyado en la encimera.

—Por cierto —dijo Abbie mientras aclaraba la olla bajo el grifo—. ¿Han sobrado algunos tablones y clavos?

Marcus asintió.

—¿Para qué los quieres?

—Quiero sellar la antigua enfermería. No quiero que nadie interrumpa el descanso de Kim y Thomas.

Marcus dejó el tenedor sobre el táper.

—Lo haré mañana a primera hora. Después tenemos que ir a por mi hermana y a por la Vieja. Lo ha dicho Grizz.

Abbie sonrió sin apartar la vista del fregadero.

Solo pensar que volvería a ver a Keisha era suficiente para aliviar un poco el peso que llevaba encima.

Marcus dio otro par de cucharadas y se sentó sobre la encimera de acero.

—¿Y tú? ¿Cómo llevas lo de Jason?

Abbie permaneció unos segundos en silencio.

—Lo llevo. Sin más. Después de darle muchas vueltas, tengo claro que salir a buscarlo sería un suicidio. No sé dónde está. Ni siquiera sé por dónde empezar. Así que supongo que me tocará convivir con la idea de no poder hacer nada.

Marcus agachó la cabeza.

—Siento mucho que no llegáramos a tiempo.

Abbie se secó las manos, se acercó al chico y le dio un beso en la mejilla.

—Muchas gracias. Eres un encanto. Tami no sabe todavía lo afortunada que es.

Marcus casi se atragantó con un bocado de arroz.

—Tami y yo no… Da igual. —El chico la dejó por imposible—. He estado dándole vueltas a algo.

—Dime.

—No sabemos dónde está Jason.

—No. Bueno, sí. En Canadá, pero no es que ese dato ayude mucho.

—No, no ayuda nada. Pero he pensado una cosa. Si yo fuese Jason, me gustaría saber que sigues viva. Y, sobre todo, dónde estás. Por si algún día consigo escapar.

Abbie lo miró en silencio.

—Eso sí podemos hacerlo. Con mucha suerte, claro.

Abbie frunció el ceño.

—No te sigo.

—Ahora tenemos una radio de onda corta. Tiene mucho más alcance que las que usábamos antes. No sé si Jason seguirá lo bastante cerca como para escucharla ni si tendrá acceso a otra radio, pero si existe la más mínima posibilidad de que ese mensaje le llegue, creo que deberíamos intentarlo.

Abbie guardó silencio unos instantes.

No era el plan que ella habría querido.

Ni siquiera era un plan. Más bien era un intento desesperado.

Pero era algo.

—¿Qué probabilidades hay? —preguntó al fin.

Marcus se encogió de hombros.

—Muy pocas.

La respuesta le arrancó una sonrisa amarga.

—Al menos eres sincero. Supongo que no perdemos nada por intentarlo.

La puerta se cerró con llave a sus espaldas.

Jason dejó los últimos cacharros sobre la encimera y miró alrededor.

Si tenía que estar encerrado en algún sitio, había que reconocer que aquel era bastante mejor que la cocina mugrienta y grasienta del restaurante de Côte Sauvage.

La casa había sido saqueada casi por completo, pero la cocina conservaba buena parte de su antiguo aspecto.

Los armarios, la enorme isla de granito y los grandes electrodomésticos todavía estaban en su sitio, aunque cajones y alacenas habían sido vaciados de casi todo lo que pudiera resultar útil.

No había agua corriente, pero los fogones de propano funcionaban y uno de los frigoríficos seguía conectado a un generador.

El lujo terminaba ahí.

En un extremo de la cocina habían tirado tres colchones viejos y otras tantas mantas. Allí comían. Allí trabajaban. Allí dormían. Y, desde que los habían llevado hasta aquel lugar dos días atrás, también era allí donde los encerraban cada noche.

Jason estaba agotado. Cody tampoco tenía mejor aspecto.

Llevaban dos días cocinando casi sin descanso para toda aquella gente y, por segunda noche consecutiva, la fiesta continuaba fuera mientras ellos recogían las consecuencias.

A través de los ventanales llegaban voces, risas y música country.

De vez en cuando se escuchaba algún disparo al aire.

Cody levantó la tapa de una de las ollas.

—Aquí queda algo.

Jason se acercó. En el fondo quedaban unas pocas cucharadas del estofado de conejo que habían preparado para la cena.

Rebuscaron entre el resto de cazuelas y fueron reuniendo lo que encontraron: algunas patatas, un par de zanahorias cocidas, unos cuantos trozos de carne que habían quedado hundidos en la salsa y media mazorca de maíz. No era mucho, pero servía.

Jason lo repartió entre tres platos. Dejó algo más en uno de ellos y lo apartó a un lado.

Ninguno hizo comentario alguno.

Cody se sentó sobre uno de los colchones con su plato entre las manos. Jason hizo lo mismo. Ninguno empezó a comer.

Esperaron.

La puerta volvió a abrirse varios minutos después.

Faith entró con la espalda rígida y los ojos secos. Caminaba despacio, con la mirada fija en ninguna parte. Aún llevaba el top subido hasta casi el pecho.

La puerta se cerró tras ella.

Jason señaló el plato que habían reservado.

—Esa es tu cena.

Faith se sentó en su colchón, cogió el plato y empezó a comer sin decir una palabra.

Los otros dos hicieron lo mismo.

Durante un buen rato, en la cocina solo se escuchó el roce de los cubiertos contra los platos. Afuera continuaba la fiesta. Alguien gritó algo que provocó una salva de carcajadas y, poco después, sonó otro disparo. Faith ni siquiera levantó la cabeza.

Jason la observó de reojo.

La noche anterior había regresado en un estado parecido.

Había sido entonces cuando les contó lo que había alcanzado a escuchar por la radio: Dwayne Dillinger estaba muerto y alguien había secuestrado a Daphne, la hermana pequeña de Deacon.

Jason había sabido inmediatamente quién estaba detrás de aquello.

La rubia del destornillador.

Abbie.

Desde entonces no había podido dejar de pensar en ella. Si seguía enfrentándose a los Dillinger, seguía viva. Al menos lo estaba la noche anterior. Y ahora Faith acababa de pasar varias horas entre los únicos hombres que podían haber recibido noticias nuevas.

Jason bajó la mirada hacia su plato.

No quería preguntárselo.

No después de lo que acababan de hacerle.

Aguantó unos segundos más, hasta que comprendió que no iba a ser capaz de quedarse con la duda.

—Faith…

Ella siguió comiendo.

Jason dudó antes de continuar.

—¿Has oído algo más sobre Abbie?

Ella negó con la cabeza sin levantar la vista de su plato. El silencio volvió a instalarse entre ellos. Solo cuando terminó de cenar, Faith levantó la mirada hacia Jason y dijo:

—Cacao Vega.

La cuchara se le escapó de entre los dedos y cayó sobre el plato.

—¿Cómo has dicho? —preguntó Jason.

—Cacao Vega —repitió ella—. La radio solo decía eso una y otra vez.

Jason se incorporó sobre el colchón.

—¿Takao Vega?

Faith se encogió ligeramente de hombros.

—Puede ser.

Jason se llevó las manos a la cabeza, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.

—¿Tiene algún significado para ti? —preguntó Cody.

—Takao es mi segundo nombre. Y Vega es mi apellido.

Cody abrió mucho los ojos, sorprendido ante aquella revelación. Faith ni siquiera le dedicó una mirada.

—¿Decía algo más ese mensaje?

—No lo sé.

—Haz memoria, por favor. Puede ser importante.

Faith cerró los ojos durante unos segundos.

—También decía algo que sonaba como… Ariel. Y algo sobre regresar al Olimpo.

—Gabrielle —dijo Jason.

—Puede ser —dijo Faith.

—Olympus —dijo Cody.

—Puede ser —repitió ella una vez más.

—Están en el campamento —dijo Jason.

—Y nosotros estamos aquí —sentenció Faith antes de tumbarse sobre su colchón y acurrucarse contra la pared—. ¿Acaso se os ha olvidado?